Patriotismo madrileño

A quién quieren avisar, de qué quieren advertir, banderas como amenazas,  balcones y más balcones engalanados con la rojigualda, algunas colosales, como esa entre tapias de conventos, chalets de medio lujo o cuando menos muy caros. ¿Es realmente necesario? ¿Qué mensaje envías a quien pasa por la calle? ¿Que eres español? ¿Solo eso? No, no lo creo.  Abruma. Ese despliegue no es acogedor, es hostil, excluyente, tiene  más resabios autoritarios de lo que parece, se enmascare como se enmascare.  A mí me resulta algo penoso, me recuerda las época de las procesiones religiosas casi desfiles militares y de los desfiles militares con algo, mucho, de procesiones religiosas. A mí  me gustaría vivir en un país de verdad  laico y plural, que hubiese abandonado sus manías cafileñas,  pacificado, no en su sentido guerrero y militar, sino en otro más profundo, convivencial, civil, donde nadie quisiera convencer a nadie  de nada, por la fuerza que sea, ni enterrarlo en su sagrado y hacerlo hasta vivo; un país en el que fuera inncesaria por obsoleta, por enigmática incluso, la dicotomía entre buenos y malos españoles manejada como garrota de gañán. Si esto  fuera algo liquidado o careciera de importancia, no estarían en el aire reflexiones templadas y graves como esta del magistrado Martín Pallín: «Debemos repensar qué significa hoy ser español».

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