La noche de Robinson

beach.jpgLo pensé hace unos días camino de mi encuentro con el pintor y escritor Carlos García-Alix en su estudio de la parte de Tetuán. Salí del metro en la plaza de Castilla y me acordé de la primera vez que pasé por allí a llevar no sé qué papeles de algún pleito chungo en los juzgados. Fue hace mucho, antes de colgar la toga claro.
Unos días, madrileños, que me han cundido como si fueran meses: incitaciones, retos, proyectos nuevos, apuestas…  Bueno, a lo que iba, que yendo a mi encuentro con el pintor me acordé de pronto del único texto que de verdad me gusta de Rafael Sánchez Mazas, esto es, de La famosa noche de Robinson Crusoe en Pamplona. Se lo comenté también a César Nicolás y a José Antonio Llera con quienes me encontré más tarde en un jolgorio de carcajadas,  burlas y veras: la soledad, la creación, el tiempo perdido y ganado, cómo saberlo con certeza.
El texto de Sánchez Mazas fue a origen una conferencia que dio en San Sebastián. Lo publicó la RIEV en el número de otoño de 1929, antes de que las plumas se volvieran no lanzas, sino pistolas y casi para siempre. Anduve regalando ejemplares hasta que me distrajeron el último que tenía, el mío. Ese episodio de Defoe es misterioso porque poner a Robinson en escena y en Pamplona tiene su guasa, tanta que cuando lo cuentas, piensan que les estás tomando el pelo (una prueba más de que muchos lectores no han llegado a ese capítulo).

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Sánchez Mazas fabuló con ese pasaje y puso en escena a Robinson en la posada del Papagayo Verde donde coincidió con  Cosme III de Médicis y su séquito de geógrafos, pintores, músicos,  gente de mundo ante la que Robinson con su loro y sus pellejos y collares a cuestas se muestra alelado, estólido, adormecido… La soledad hace estragos, como los puede hacer la vida mundana, la pachanga de los salones y las capillas. Las geografías nada significan suscribía yo hace treinta años… No estoy tan seguro. Lo que sí sé es que en la isla de Robinson o en la de Selkirk, las soledades creativas se vuelven rutinas de encierro, manías suicidas.  Allí estuve y lo vi, lo escuché, sin fantasías. He pasado años en el corazón de la niebla y sé también de qué hablo. En el apartamiento, voluntario o forzoso, esa no es la cuestión, te puedes perder muchas cosas valiosas, puedes perder tu capacidad de sorpresa y entusiasmo de la que hablaba Nicolás Bouvier, y entonces estás perdido.
No sigo porque para qué.

La famosa noche de Robinsón en Pamplona

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