Noche de Reyes

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Nunca he podido olvidar aquella tarde-noche de los Reyes en el Hospital de Navarra del año 1957 o 1958 –¿Por qué allí? Algo relacionado sin duda con uno de mis tíos abuelos que tal vez estuviera ingresado en un pabellón que todavía  sigue en pie, decorado para la ocasión con reposteros de aparato–, con monjas, militares, curas y canónigos, y bandejas de mediasnoches y polvorones, algo, rico…
Tampoco he olvidado el día, muchos años más tarde,  que hice de rey Melchor en una cabalgata oficial, siemplemente para probar que la funcionaria municipal cinéfila que, cuando soplaba en el calderete de las listas negras  y sostenía que yo gastaba pose de maldito, era y es una tufarra.  Eso de maldito, en Madrid, en un pueblón manejado por riquitos golpistas, como los de su familia, es patético. Pero me di el gusto de entrar en mi pueblo por el Portal de Francia, a lomos de un camello o dromedario, en medio de volatineros y humazos, y de ver una caras que había olvidado. Fue una noche memorable. Como no te reconocían, me tropecé con un filósofo de «la lucha contra el Mal», ya muy pasadico de copas, que me cerró el paso al grito de: «¡Abajo todas las monarquías!»; qué ferocidad republicana la suya para acabar lambisconeando en El País con artículos ilegibles. Claro que la del artista abertzale profesional asomado al balcón de su casa de lujo, gritando no sé qué muera el rey y las monarquías, y no sé qué goras de aparato, sobre un mar de cabezas de críos que aullaban de placer con sus reyes magos, también fue guapa.  Vi muchas cosas y no me vieron.  Era mi despedida de trueno de la ciudad, pero fue en falso, cagüen… Al día siguiente, casi sin pegar ojo, estaba en Madrid, en un bar de la calle Ayala, cerca del Pelaéz, pero esta es otra historia.

Tengo el olvido difícil, se lo dije en La Paz a una funcionara de la Embajada que se agarró un rebote de aúpa. Me gustaría ser magnánimo, siempre, pero me cuesta. Me lo decía el otro día día mi amigo Freddy: «La mara es como es, chico, ni puedes cambiarla ni puedes tomártela en serio». Igual es cosa de las porfirinas, de la genética, del qué sé yo.

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Me pusieron barbas postizas, cuando las propias eran entonces de Robinson. Es verdad que también lo hice a modo de jactancia de hacer lo que me viene en gana sin ajustarme a los cánones de la jerarquía al uso, sea de izquierdas, a la que le molestó mucho la mojiganga, o de derechas: no sé cómo hay que ser ni quiero saberlo, nunca he marcado bien el paso, creo, ni pude enseñar a marcarlo… y mucho menos a aquellas bandas de navajeros de Vallecas de comienzos de los setenta que me tocaron en suerte, pero esta es, de nuevo, otra historia.

El rosco de Arrasate de otros años y la noche de espera alborotada son inolvidables… Dejaban la ventana entreabierta del comedor y ponían tres copas a medio llenar de anís y coñac, y un plato de pastas en el alfeizar, y allí entrábamos en tromba, emocionados. A mí me extrañaba que si en todas las cas se echaban un copazo no acabaran culecos perdidos, pero magos eran.

Y mucho menos he olvidado el año que los Reyes trajeron el teatro de guiñol –llevo toda la vida viéndolo en su rincón–, rojo y verde, con cortinas correderas –conocí años después al carpintero que lo hizo–, por los curriños que colgaban del escenario, un japi, una bruja, qué más, no me acuerdo,  por El Tesoro de la Juventud y por el disco de La isla del Tesoro para poner en una radio pikú vetusta y que acabé sabiendo de memoria. Regalos, muchos, de reyes y de no reyes, más de los que he podido y puedo disfrutar.

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