Mañana de Magos

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Digamos que a la noche de Reyes le sigue la mañana de Magos. En la catedral de mi ciudad se celebra una ceremonia muy castiza –es decir que el que acude es porque sabe y es más de la ciudad que cualquier otro: nos pirra la autenticidad–, con capilla de música y piezas recónditas e inéditas que solo conoce el canónigo prefecto de música sacra. En los claustros hay una representación gótica de los Magos de Oriente y sacan a que les de el aire, helado hoy, los bultos de unos santos locales que tienen cara de compatriotas, muy raciales, muy de «santicos de pan y chistorra». Olvidado. Eso fue en la vida de otro, equivocada, claro, pero no más que esta. A lo que iba, ¿Acaso hay que pedir perdón porque nos guste la mañana de Reyes, con o sin nieve, como ahora mismo, con algún regalo de los buenos tiempos y con los de los malos también? Por comentar, eh, sin acritud. ¿Acaso hay que vivir a caraperro de continuo? ¿Acaso el bocao es sinónimo o expresión cumplida de la vida auténtica? ¿Acaso hay que llevar a los nuestros a un perpetuo funeral de cuerpo presente en el que somos nosotros los muertos para celebrar que el mundo es siniestro y solo eso? Me pregunto, a mí mismo, por si me da por andar de hermano fosor y fastidarle a alguien la mañana.

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