Vicente Lizarraga (novelas que no escribiré).

Muchas. Demasiadas. Historias que se quedan a medio camino por falta de medios unas veces, pero sobre todo de ganas, por pereza, por estar siempre azacaneado de proyectos. Una de ellas es la de Vicente Lizarraga Isturiz, pamplonés, jefe de las Milicias Vascas Anti Fascistas durante la Guerra Civil y el militar que rindió Valencia a los franquistas. Vida azarosa la suya.

Vicente Lizarraga (izda.) ?

A quien primero se la oí contar fue a Carlos Castilla del Pino que me remitió a sus memorias, en las que le dedica unas páginas intensas (Pretérito imperfecto,  páginas 452 a 456). Carlos Castilla recibió en herencia los diarios o memorias Lizarraga, las que pensaba entregar en el Koldo Mitxelena de Donosti, porque, después de la guerra, Lizarraga estuvo encarcelado con Mitxelena. Recuerdo que me dijo que le había desaparecido uno de los cuadernos.  A Lizarraga, su familia lo ingresó en un manicomio, propiedad de otros navarros, para que no se metiera en líos… que se metió.  Castilla me contó que a los pocos minutos de hablar con él se dio cuenta de que aquel hombre no tenía nada. Todo quedaba entre amigos, parientes, contraparientes y gente de la misma clase social, alta.  ¿Fue él quien me contó que la esposa de Lizarraga era la propietaria del Piso de la Sabiduría, ese en el que estuvieron alojados Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco y Pedro Laín Entralgo cuando vivieron refugiados en Pamplona en el primer año de guerra? Creo que sí, pero no estoy seguro.

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Rafel García Serrano, segundo por la izquierda, arrancando el cartel de Izquierda Republicana y Vicente Galbete, en el centro, poniendo la Bandera de Falange Española.

¿Fue Vicente Lizarraga el famoso Garrafalis, crítico taurino del que me habló Vicente Galbete un día, a propósito del cartel «Ausente» que, distraído de un confesonario, se colgó del cuello unos sanfermines o estoy equivocando personajes? Es posible. Acabas traficando con los recuerdos ya traficados por otros y fomando una maraña de falsas historias. No me voy a detener a investigar nada, ya no; eso lo dejo para los profesionales. Son, como digo, jirones de novelas que no escribiré y mucho menos en ese escenario y con esos personajes, como me juré hace ya más de dos años.  Nevermore. Eso pertenece a un mundo y una vida ya pasada. Prefiero la pintura de Remedios Varo y su vida, pero como espectador y lector.
Mundo muy pequeño y muy mezclado aquel. Como me decía Carlos García-Alix hace unos días: al final sabían lo que habían hecho o dejado de hacer unos y otros, y se tenían miedo.

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Muchos años antes, en París, en La Palette, cuando era un bar de vinazo, mucho humo, estudiantes de Beaux-Arts y poco más, un pintor español ya muy trotado me contó que tenía algún cuadro de Remedios Varo porque esta había estado casada con un pintor y hombre de teatro de Pamplona, de donde él decía ser, aunque se mostraba evasivo si de hablar de su familia se trataba. Soltaba nombres de calles al buen tuntún. ¿Un impostor? No le hice mucho caso, la verdad. Me interesaba la pintora surrealista y genial, y poco la vida del artista pamplonés. Supongo que el pintor habría vendido con ventaja aquellos cuadros porque el artista fue, en vida, un consumado marchante de obras ajenas, ya fueran originales o falsificaciones.

Esteban Fránces Remedios y Lizarraga

Enrique Esteban (izda.), Remedios Varo y Gerardo Lizarraga.

Pero el pintor pamplonés Geardo Lizarraga, esposo de Remedios Varo durante un tiempo, me apareció cuando estaba escribiendo El Escarmiento al hilo de un arquitecto excepcional que tuvo Pamplona, Javier Yarnoz, que proyectó el edificio del actual Teatro Gayarre y  diseñó el mobiliario de sus salones y el del contiguo Café Niza (el de D’Ors y García Serrano). Gerardo Lizarraga hizo los decorados de la función de inauguración del teatro con un grupo en el que había gente que iba a acabar no ya en bandos contarios sino a tiros. Yarnoz se fue al exilio, junto con su esposa, Carmen Húder, hermana de médico fusilado y prima de policía foral (Von Húder en burla de García Serrano) igualmente fusilado, pasando por la casa de Javier García-Larrache, en Bayona, donde construyeron las maletas del exilio, y nunca regresaron a su ciudad. Su hermano, en cambio, también arquitecto, se quedó e hizo carrera en lo que llamaban «la situación». Como digo, que lo escriban otros.

Un comentario en “Vicente Lizarraga (novelas que no escribiré).

  1. Sí que son intensas esas páginas de tu admirado Castilla del Pino sobre Lizarraga.
    Impresiona la frase..”De todos los no locos,quien más me interesó fue..”.
    Asusta pensar en la cantidad de no locos recluidos contra su voluntad (a petición de la familia) en instituciones psiquiátrica en la época de la que habla el escritor.
    ¿Y qué hace un hombre de acción en sus cabales ingresado a la fuerza en un manicomio?
    Montar una tertulia y ayudar en la desgracia de sus compañeros de reclusión.
    Un ejemplo de coraje y entrega.

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