Peaky Blinders

Sí, es una buena serie, convengo con la afición. Los maleantes  llegan a poderosos y los poderosos lo son por ser  maleantes peligrosos en sus trastiendas. Maleantes, marginales, excluidos… quién no desearía ser, al menos durante un rato, un maleante con poder,  de esos que tienen matones a sueldo, pequeños ejércitos de pistoleros (soldados los llaman los mafiosos), manejan bancos, escaños, trastiendas… y cuando pueden, unos y otros se cobran la justicia por su mano o la imponen porque están por encima de la ley del común, y sobre todo, son poderosos más incluso que ricos… ¿Mera ficción? No creo. «Es el mercado, amigo», nada más que el mercado, y el público se entretiene remedando al de plata o plomo, pensando que a más de uno con los que se ha tropezado o le han perjudicado, le daría plomo sin pestañear, pero sin consecuencias, eh, con ese pistola que tenía entre ceja y ceja el escritor colombiano Fernando Vallejo  que se iba bajando hijueputas y gonorreas unos detrás de otros. Pero nosotros no somos los Peaky Blinders, en todo caso somos los Palomos Blinders redomados, y no una banda, sino una legión, amorrada a la barra del bar de nuestra tribu o de la pantallita de turno, soltando cuchilladas cibernéticas con nuestras gorras de marca. Fantasías de baldados.

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