Luz de cruce

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Esa imagen no dice nada de quien está detrás de la cámara, ni del antes ni del después que, al menos para mí, sería lo que podía ofrecer algo de interés –esa «continuidad física entre el objeto representado y el sujeto que toma la fotografía», de la que habla Tzvetan Todorov al glosar a Susan Sontag–,  ni del por qué de enfocar la cámara en ese momento, ni quién es el que caminaba por la playa bajo una lluvia intensa y ha entrado de pronto en el campo de visión de quien estaba tomando un café, más abstraído que otra cosa, ojeando un libro que acababa de comprar… Dos historias que se cruzan para no volverse a encontrar y se alejan de hora en hora para ir a parar a otros ojos y otras manos.

14 comentarios en “Luz de cruce

  1. La disolución de la autoría, sueño erótico de los persecutores, o así lo vio Nabokov. .

    La disolución de la autoría, sueño erótico de esa nada sin niebla, todo luz de blando yo, que Oriente vierte a espuertas sobre una Europa anémica de sí, sin necesidad alguna de hambre.

    El autor, concreción de estilo o nada.

    Cordialmente,
    José A. Martínez.

  2. Sagaz fue su observación de que a esa playa nebulosa y pieandada por caminante sin nombre le faltaba la sustancia que da la mano que la tomó. La distancia es buena compañera de viaje, qué le voy a contar que no sepa, más aún en tiempos como estos, cuando todo se ha vuelto pétreo, incontestable. Lo dice uno a quien siempre le gustó sentarse en la última fila del circo, en la última butaca del cine o del teatro, para desde allí verlo todo un poco mejor; todavía más los detalles. Uno que reconoce que a veces le cuesta abrir brecha con la disolución de la singularidad que pretende el hoy, y admito que fracaso siempre que me acerco. Pero ver que otro vio en esa playa la ausencia que yo vi ha sido reconfortante en esta fría mañana de trabajo al pie del papel.

  3. La «sustancia» en lugar del efecto esteticista que puede ir de la historia particular –una residencia de ancianos medicalizada, es decir un moridero, por ejemplo– a un anuncio de perfumes. Exagero, sin duda.

  4. No creo que exagere, no. Me vienen a la memoria (esa habitación despoblada en el desván de mi casa vacía) las conversaciones sobre la imagen que el director de cine Andrei Tarkovsky mantenía con el escritor y guionista Tonino Gerra durante su estancia en Italia (cortesía forzosa del gobierno ruso), de las que se da breve cuenta en el artículo que enlazo. No digo que le faltara o le sobrase gracia o acierto, pero si alguien saturó de sí la fotografía de sus películas fue Tarkovsky: nada de morgues, nada perfumes baratos, con una cierta modestia, pero sin falso pudor. Vale, a qué negarlo: me gusta casi todo el trabajo del ruso.

    https://elpais.com/cultura/2016/09/14/babelia/1473862836_747495.html

  5. Su diario me gusta mucho, la persona que en él aparece; pero no he visto todas sus películas.
    Hace unos años en una morgue (la de muertes violentas o de NN de La Paz) saqué fotografías que ni he mostrado ni voy a publicar y que apenas he vuelto a ver en alguna ocasión porque me impresiona más la fotografía que aquel indudable espanto que vi y que relato en Chuquiago. Deriva de La Paz. Nada que ver con Tarkovsky, sí con Céline

  6. Cuánto hay en Céline que no cesa… Bisectar al ideólogo y leer al escritor, pequeño esfuerzo de distancia que hoy en día se considera contaminación, como si la literatura sólo debiera ser cosa vicaria y sierva de lo social. Pues no. Como si René Char no hubiese dejado altos rastros iridiscentes en sus versos; como si Cicerón fuera un gramático risible, como si a Pau Morand hubiera que penarlo atado a un león calizo veneciano y dejarlo morir de sed. Pues no. Cada cosa por su camino, y la distancia, ponerla sólo cuanto toca. Bien delimitada a ser posible, con mojones y humilladeros que indiquen a amigos y a extraños por dónde se llega al jardín, o al bosque, y con un cartel clavado en monda calavera que rece: “Quien entre aquí que abandone toda ideología”.

    En el bosque, pájaros, ladridos de cuervos, hongos y álamos, cantiles, pedreras, acaso una escopeta de sal para espantar a quien se acerque con chaleco reflectante, que al fin y al cabo uno es de pueblo, y una formidable ausencia de ideas para poder mirar en paz, soñando tontamente que todo allí un día se vuelva diccionario.

    La densidad de sí que acumuló Tarkovsky en la fotografía de sus películas no fue escasa: la que pueda haber en las que Vd. tomó en la morgue, dejadas a la imaginación se hacen duras de masticar.

  7. Lo leí, lo leí, advertido por un anuncio general del Sr. Peyró, y lo disfruté, caramba si lo disfruté, porque está rematadamente bien escrito. El comentario al punto de D. Ignacio fue muy justo, como siempre, con excelente criterio. Será pues coincidencia que dentro de tres libros tuviera uno en agenda releer las Cornejas de Bucarest.

    Y de paso lo repiqué a cuatro amigos, o a dos, que se han librado del veneno de la decantación, ponzoña cutre, pero ponzoña, que corre por ramblas y avenidas de toda España. Cada idea en su sitio y su momento, hablada o escrita con una cierta convicción desapegada a ser posible, y desde ahí, que reine sobre uno el María Moliner, y que los cuervos de Castilla se nos coman huesos.

    O fue uno, a qué mentir.

  8. Entre la presbicia y la procastinación y el poco juicio, algunos vamos de cráneo.

    Y no solo corre la decantación, sino una furia tribal de varia dirección, que me resulta repugnante.

    Las cornejas, ta y como lo veo ahora, es un esperpento gamberro y una burla de géneros literarios, como el de la autoficción, la intertextualidad y, según los rumanos, que estaban encantados con eso, con el «posmodernismo», asunto este del no tengo noción clara, pero que a los rumanos les encadilaba.

  9. Que nunca nos falte poco juicio, para que nunca sepamos cómo sabe la Luz.

    La sombra fresca de los chopos, la umbría de encinada, la esquina umbrosa donde crece el quiosco en ese barrio que vivimos en una ciudad cuajada de tórtolas turcas, a las que Dios confunda, la helor de ese recibidor donde cosía la abuela junto a un saco de algarrobas y una romana trucada para el estraperlo, la tersura del mármol palaciego, que modera los ojos cansados de ver fachadas Le Corbusier. Me pregunto cómo hubiera sido un Tratado de la Sombra escrito por un Marsilio Ficino tocado de Cioran y elevado a la Hernández.

    Mientras tanto, permita que no altere mi agenda de lectura, que eso ya lo hace el cutre día a día, y que vuelva a sus cornejas, que a los pájaros de negro les tengo mucho aprecio. También a los jilgueros y a los castrati, no tanto a las sopranos engoladas.

    Y la tribu terruñista… el Neandertal se llevó mi corazón cuando lo vi, tan alto y triste cazador, en los cromos de mi infancia. Desde entonces no tengo más filiación. Si acaso un deseo bobo de que lo general no se coma a lo particular, ni viceversa. Ser localista cosmopolita, o cosmopolita localista, es hoy en día profesión de riesgo; conduce necesariamente a una cierta y moderada reacción, sabiendo que todo empeño es vano, en la senda dejada por, digamos, Pla.

  10. Mil gracias, veré lo de los comentarios que me dice, ahora que los he puesto en abierto, sin aprobación previa.

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