Carnaval

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Creo que los últimos carnavales a los que asistí fueron los de hace siete años. Hubo otros, antes, con y sin máscara, con y sin vino, con y sin accidentes, y sin escenas de una brutalidad asombrosa: sangre y mierda a raudales, carroñas, pellejos, elogio de la brutalidad y lo selvático, de lo monstruoso, de lo que está del lado de la muerte y a las postrimerías pertenece. Los lugares poco importan. Entonces vi escenas de Carnaval que, sin lugar a dudas, hoy llevarían a la cárcel a las «máscaras» que montaban aquellas escenas de akelarres del pavor por apologías e incitaciones diversas: odio, terrorismo, violencia… los motivos concretos poco importan. Yo no me atrevo a publicar muchas de las fotografías que tomé entonces y que reflejaban asuntos que están en el aire de esos lugares y que el público, fuera o no vecino, identificaba sin risas por muy simbólicos que pudieran resultar. Un fondo espeso de agravios, enconos, abusos… implacable. Máscaras ofensivas aquellas, mucho, pero más para unos que para otros ¿Pero no es ese el sentido del Carnaval? Transgresión, exceso, irreverencia, revancha,  subversión al menos por un día… o dos. ¿O solo es espectáculo y folklore de departamento de promoción turística? ¿Todo vale y si no es así, quién decide lo que vale y lo que no, antes y después de la mascarada? No me extraña que en algunos lugares los habitantes hayan prohibido sacar fotografías porque pueden utilizarse como trofeos de caza mayor y como pruebas documentales de lo que le venga en gana a quien quiera practicar un escarmiento. Como lo viví, lo cuento. Las cosas han cambiado mucho en los últimos diez años y la verdadera transgresión es peligrosa.

6 comentarios en “Carnaval

  1. Los Hijos de La Luz, los prometeos de barrio, los puros, los progresistas, los avanzados, los beatos que apuntaba Ortega, han convertido todo objeto de este mundo en mero soporte de una idea, luego nada importa de por sí. La reductio ad ideologiam convierte al hombre en cabestro, y a la mojiganga, en adefesio civil.

  2. Muganga, mullaga, muyanga, son formas pseudovalencianas reocgidas en Alicante de mi padre, que no he vuelto a oír más que de un tío y que no encontré en diccionarios. Algo semejante a “muyanga”, que no precisé por no ser impertinente con el paisano, lo escuché de nuevo en la montaña de Castellón que mira hacia Teruel, a principios de los años 90. La definición anotada en Alicante es de una precisión rural inapelable: “Eso del Carnaval”.

  3. Me dirá lo que guste, pero esas palabras que no están en los diccionarios son para mí las más expresivas porque vienen de la infancia, de la calle, de la familia, del lugar donde has crecido…

  4. Son palabras santas, sin duda. Y su imantación, la radiación densa que despiden, su carga telúrica, apunta directamente al objeto significado, vuelve precisa la definición, que en otro ámbito sería vaga.

  5. De eso se trata, de precisión… y de tartufería porque se toleran sin rechistar palabras de otros lenguajes de la lengua castellana y se considera propio de catetos utilizar las de la propia tierra.

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