Mohoso

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Me acordé de Mohoso el otro día porque en casa todo olía a moho, a encierro, a invierno… hasta la taza del café.
Mohoso que se escurre de ir a la guerra en la maltrecha tropa de sir John Faltstaff, pícaro avant la lettre cuyo ejército estaba compuesto de harapientos y borrachones: «los desperdicios de un mundo cómodo y una larga paz». Falstaff que va a la caza de desgraciados para rellenar sus filas de manera abusiva: Mohoso, Novillo, Sombra, Débil…
—¡Mohoso, ya es tiempo de airearse! –le dice Falstaff al interesado antes de reclutarlo a la fuerza; pero Mohoso protesta y aduce que está débil, no come y su madre se va a quedar sola y nadie le va a poder hacer la labranza… por suerte  tiene unas monedas para rescatar su pellejo y logra de ese modo salvarse entre chanzas y empujones… Algo que me hizo acordarme de aquellos Baquedano que se escaparon del castillo de Amaiur donde estaban presos, untando a los guardianes… ¿O me lo he inventado? Yo qué sé. Fue hace mucho. El olor a moho está hoy encerrado entre los libros.

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