Javier García-Larrache, en su recuerdo pamplonés

Garcia_larrache1Hay personas que se te quedan prendidas en el recuerdo aunque no las hayas tratado hasta la rutina.  Así para mí Javier García-Larrache, a quien tengo presente en mis ejercicios de gratitud.
Unos meses antes de fallecer, en su casa de Bera me dijo que  se había reconciliado con Pamplona, la de su infancia, la que también saqueó su casa (consta documentalmente), echó a su familia al exilio o a un vivir en un segundo plano sin sacar mucho la cabeza. Por fortuna la familia de Javier tenía su casa de Bayona. Por fortuna Javier encontró luego a Francine, su pareja de toda una vida.
A Javier lo echo en falta porque no puedo rememorar con nadie –como no sea con El Ruso– pamploneserías como las que con él desgranaba y eran cosas, personas, calles y casas de un  tiempo desaparecido por completo; otra ciudad y otra vida digamos. Pamploneserías y complicidades con quien me daba la impresión  haber conocido de toda la vida, como si fuéramos vecinos del mismo barrio o parientes. Lo recuerdo como una persona elegante y bien humorada, tan zumbón como yo mismo a veces, y ese es el recuerdo que voy a mantener. Veo su caligrafía en las pocas cartas que me envió. Rememoro, a veces a carcajadas, nuestras conversaciones telefónicas, que eran largas. Javier sabía de genealogías y tenía una información preciosa de quién era quién del otro lado de la frontera, los habituales o residentes en San Juan de Luz, Biarritz, Bayona, Pau… Por ejemplo, cuando en un anticuario de Bayona encontré los restos viajeros del marqués de Alcedo.
Lo recuerdo mostrándome la casa de Bayona donde, gracias a su familia, vivió Pío Baroja en 1940, uno de los muchos episodios que Baroja no contó o lo hizo a medias. Fue en su casa donde Baroja dejó su equipaje de más precio a la espera de poder pasarlo de matute la frontera: los libros de bibliófilo que vio Gregorio Marañón cuando fue a Bayona a fisgar si los cuadros de los García-Larrache eran producto del saqueo rojo en Madrid; o hablándome de otra familia navarra exiliada que vivió en su casa, antigua, balzaquiana, de Bayona: el arquitecto  Javier Yarnoz y su esposa Carmen Húder, tras el fusilamiento en las Bárdenas del hermano de esta, antes de partir al exilio definitivo a Venezuela.
Hace unos meses, en casa de unos amigos, me puse a hablar de aquella ciudad pequeña de mi infancia hasta que me di cuenta que mis interlocutores no sabían de qué estaba hablando: faltaba Javier y yo hablaba como si estuviera presente y pudiera compartir aquellos recuerdos dormidos. Me quedé callado y hasta ahora.
Hoy pasé por uno de los espléndidos edificios proyectados por Yarnoz cuando Javier era un niño, por el Café Niza, que lo mismo, pasé por la casa de Navas de Tolosa donde vivieron los García-Larrache, políticos republicanos, y tuvieron su farmacia. Pasé y me fui, me vine, y ahora no sé  si me estaba despidiendo de Javier o encontrándome con él en esta otra mejor realidad de los papeles y con lo mejor que me dio.

 

 

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