Mayo de 1968

DcM9lsbX4AMrx_0Hace cincuenta años. No hay mucho que celebrar y hace ya años que quienes recordaban haber estado en aquellas calles de las que arrancaron los adoquines para montar barricadas, dejaron de hacerlo. Desmemoria y nómina, pompa, senequismo. La inmensa mayoría vivimos aquellas semanas desde lejos, desde muy lejos habría que decir, tanto que hasta los hechos y las voces concretas quedaban muy desdibujados por un presente que nos tenía acogotados con una policía política que maltrató por sistema y un Tribunal de Orden Público que envió a la cárcel a miles de ciudadanos. Aquel espectáculo lejano venía a ser un golpe de aire fresco. Nunca he entendido el encono hacia aquel recuerdo, porque recuerdo es, de gente que aquellos días era un niño de parvulario, ni siquiera un adolescente, pero saber, saben más que nadie, y pontifican de lo no vivido o se burlan, eso a capricho.

         Aquellos de mayo de 1968, al menos en los recortes de prensa que conservo –la prensa del régimen execraba solemne de aquel levantamiento callejero–, fueron días de rebelión callejera, de barricadas, de gritos, pedradas, banderas, utopías, ni Dios ni amo, gases lacrimógenos… los parachutistas y los tanques del general Massu, el responsable confeso de las torturas en la guerra de Argelia, estaban apuntando, desde Baden-Baden, hacia París por si había que repetir la masacre de la Comuna de 1871. Se olvida. Todo se olvida. Se recuerda, es más cómodo, una épica juvenil que el tiempo ha convertido en un mascarón de cartón piedra y enviado a sus protagonistas al olimpo de la derecha malencarada, en el mejor de los casos, el más común. La banderas rojas y las banderas negras tenían otra cara, otro futuro, que no pasaba por la calle y sí por caja. Dura lección. Muy extendida esta.

         61Wwf6pPlPL._SL1200_Mayo de 1968. «Nobleza de calendario» cantaba años más tarde Léo Ferré, emocionado después de haber visto por primera vez en su vida la bandera negra de los anarquistas flamear en las calles de París, en el atardecer del viernes 10 de mayo de 1968, la noche de las barricadas, la víspera de una huelga general que paralizó un país y se disolvió en humo. Dura lección, insisto, que hemos tragado a cucharadas soperas. El nuevo mundo que parecía nacer aquellos días tardó poco en hacerse viejo. Palabras, muchas, miles de páginas, iconografía de adorno y culto… hechos, pocos, condenados de antemano a transiciones pactadas, al juego parlamentario, al lenguaje de las urnas, al más de lo mismo o muy parecido.

         Puedo preguntarme qué queda de aquello, pero no tengo más remedio que contestar que, como mucho, unas fabulosas tragaderas para los empujones que propinen los poderosos de ocasión o algo peor, el olvido más completo, la lírica utopía de la rebelión y del apropiarse de las calles hoy proscrita por la religión del orden y de la democracia, por una reacción de buen tono que no quiere líos, ni calles incendiadas. Nunca más. Debajo de los adoquines no está la playa sino la porra, la cárcel, las multas. La autoridad no se deja así como así y eso que los motivos de rebelión callejera se han multiplicado de manera alarmante. No hay día que no suministre un pretexto para la sedición más completa. El orden es el desorden más la fuerza, el poder, conviene tenerlo presente. No vivimos tiempos de barricadas, sino de represión del terrorismo, porque toda repuesta por muy aleve que sea al poder y sus excesos, lo es, terrorismo. No levantes los adoquines de las calles, allí donde queden, para buscar la playa porque te morderá el Código Penal azuzado por un centurión togado.

         Y sigo preguntándome qué queda de todo aquello, cincuenta años después. Como mucho, canciones y una melancolía intensa de lo que no pudo ser y no fue… «antes de hacer la revolución en la calle, hay que hacerla en la cabeza», decía el mencionado poeta, Léo Ferré, y eso es más complicado, mucho más, sin comparación. Espolinar esas telarañas de convenciones, sectarismos de banderín y tribu, dogmas, consignas, prejuicios, autoritarismos caseros, machismos, sexismos y xenofobias de puertas para adentro, donde nadie te ve, es mucho más costoso que salir a la calle a pegar voces para regresar por donde se ha venido.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, el 13-V-2018

Ver «París no siempre era una fiesta», de Antonio Pérez

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