El éxito, según Stefan Zweig

Semejante éxito público se prestaba peligrosamente a desconcertar a alguien que antes había creído más en sus buenos propósitos que en sus capacidades y en la eficacia de sus trabajos. Mirándolo bien, toda forma de publicidad significa un estorbo en el equilibrio natural del hombre. En una situación normal el nombre de una persona no es sino la capa que envuelve el cigarro: una placa de identidad, un objeto externo, casi insignificante, pegado al sujeto real, el auténtico, con no demasiada fuerza. En caso de éxito, ese nombre, por decirlo así, se hincha. Se despega de la persona que lo lleva y se convierte en una fuerza, un poder, algo independiente, una mercancía, un capital y, por otro lado, de rebote, en una fuerza interior que empieza a influir, dominar y transformar a la persona. Las naturalezas felices, arrogantes, suelen identificarse inconscientemente con el efecto que producen en los demás. Un título, un cargo, una condecoración y, sobre todo, la publicidad de su nombre pueden originar en ellos una mayor seguridad, un amor propio más acentuado y llevarlos al convencimiento de que les corresponde un puesto especial e importante en la sociedad, en el Estado y en la época, y se hinchan para alcanzar con su persona el volumen que les correspondería de acuerdo con el eco que tienen externamente. Pero el que desconfía de sí mismo por naturaleza considera el éxito externo como una obligación de mantenerse lo más inalterado posible en tan difícil posición.
Stefan Zweig, El mundo de ayer

Que la publicidad nos desgasta, lo tengo claro. Me acuerdo de ello cada vez que me hacen una entrevista, cuando en tu pirvacidad, a boca cerrada, sabes que ya muy poco puedes añadir a lo tantas veces dicho. Me pasa lo mismo en las presentaciones de mis libros cuando veo las caras de decepción de alguno de los asistentes que sin duda esperaba otra cosa. Cuando no puedes convertirte en una empresa o en un negocio, la publicidad y tu permanente exhibición te usan, pero no ante el público, sino ante tí mismo, sobre todo cuando no has perdido de vista quién eres o quién no eres ni por asomo. El pudor te impide mostrarte dubitativo, inseguro, misántropo, tímido, perplejo… y acabas saliendo en los escenarios como la sombra de ti mismo.

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