Carlos Edmundo de Ory

Esta mañana he pasado por el librero de la plaza de Santa Bárbara a charlotear un rato con él de manera festiva. Me gusta empezar mi callejeo madrileño desde la plaza, a la salida del Metro. En la mesa de saldos he encontrado esa biografía de Carlos Edmundo de Ory. Curioso, en ella aparece apenas el Ory que yo conocí –salvo su natural caprichoso, arbitrario, maniático y sus displicencias ególatras–, ni la Laure Lachéroy que también conocí, en su célebre cabaña de Amiens, en París, en su vetusta casa de Montmorency, en la Pamplona siniestra de finales de los setenta, cuando pasó por la ciudad, de la mano de un tesinando de Avignon o Montpellier, que le tenía devoción, para no sé qué. Aparece otro, un estafermo de los altares literarios, un genio a contracorriente, un artista descubierto y aclamado de manera tardía, una atractiva rareza de las letras hispanas…  A mí –desde 1971, cuando le conocí, a 1978 o 1979 cuando dejé de verle para siempre–, me ha quedado el recuerdo de un personaje con más oscuridades que claros.  Esa gente a la que tuviste devoción –la suya fue la primera carta de escritor que recibí en mi vida– y acabaste teniendo si no franca antipatía, poca simpatía, algo que siempre es mutuo.

La biografía me ha parecido una hagiografía más acrítica que otra cosa –salvo algunas pinceladas ineludibles del caracter del poeta– en beneficio del bulto subido a los altares de su Fundación, que me parece muy bien, cada cual en su mundo, y el título, aerolítico, Prender con keroseno el pasado, muy apropiado, porque el queroseno, como el pasado, atufa. Me acuerdo de cómo se organizó su viaje a España (omitido) de febrero de 1976, la edición de su lujosa plaquette y quién lo pagó y dónde. ¿Cuál es la verdad de tus recuerdos? ¿Cuando intentas congraciarte con una parroquia o una camorra literaria, o cuando te enfrentas en solitario a tu pequeña verdad? No está claro. ¿Y qué más da? Pero no da igual, y eso lo sabemos todos. Veo que para mí fue una relación de espejismo puro, una de esas ficciones que nos sostienen en los peores momentos y no pasan de ser otra cosa que humo, adornos. Sin contar con que el texto plantea un problema irresoluble: ¿Cómo somos? ¿Cómo nos pintan o como estamos a puerta cerrada?

Eso sí la biografía me ha servido para enterarme de que colaboré en una revista de nombre Caleta con un artículo sobre Ory que no recuerdo haber enviado y desde luego jamás recibí el ejemplar donde aparecía mi colaboración.

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