Escrituras del yo

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Francisco Umbral decía que el yo debía dar para cuarenta mil páginas, algo así, ni recuerdo la cifra exacta ni me importa. El caso es que a él su yo le dio para mucho y de ese hablar de su vida sacó sus mejores páginas, las que de verdad le sobreviven, páginas de la memoria y de afirmación del presente y de sí mismo. Suscribí esa afirmación durante años, sobre todo cuando no me atrevía a hablar de verdad de mí mismo, pero a cierta edad sucede que te das cuenta de hay yos y yos… y yoyós, y el tuyo en escena te da más grima que otra cosa. Te ves perdido por aceras que colindan con desmontes, anuncios publicitarios, hipermercados monstruosos como si hubiese estallado el cuerno de la abundancia, chabolas de ayer e infraviviendas de hoy, y urbanizaciones de lujo con instalaciones deportivas múltiples protegidas por uniformados, y pensando en que tu famoso lugar en el mundo no está en parte alguna, y que eso no le interesa a nadie, ni a ti mismo. Hace falta algo más, algo que a cierta edad se te escapa porque en el carro del heno de ir perdiendo interés vas tú mismo demediado, usado como quien dice, fatigado como un libro de segunda mano a la venta. Tiene guasa que escribieras en tono agónico del caminar desorientado e inseguro (Melville), cuando pisabas firme y corrías por trochas y caminos, flambeur más que flâneur… Dejémoslo por hoy.

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