Juan Carlos Eguillor

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A Eguillor (1947-2011), Juan Carlos, le van a hacer un homenaje en Bilbao. Hay gente de la que vas a guardar un recuerdo sonriente de por vida ,por muy poco que las hayas tratado. Juan Carlos Eguillor es de esos. Me lo encontré por primera vez en 1977 o 1978, al hilo de aquel libro de autores dispares, 21, que urdió José Luis Merino, desde su librería, junto con la editorial Hórdago, la de el Zurdo. Eran los tiempos de EE, de los primeros periódicos y colaboraciones, de las revistas,  del «hay que hacer algo» y del espejismo del estar todos en el mismo barco, sobre todo de este. De algunas cosas me enteré, de otras no. Congeniamos porque yo era de Pamplona y él ñoñostiarra (decía) trasplantado a Bilbao. Había pasado por Pamplona porque su familia le mandó a estudiar algo, no sé bien qué. Eguillor, como otros cuantos, huyó a la carrera de aquella ciudad de los sesenta, vinosa, militar,  clerigoide y pastoril. Una  ciudad en la que los pijos y niños y niñas bien, autóctonos o de fuera –Azúa, Jimmy Giménez-Arnau, Cruz Conde, el marqués del Cuarterón…–, se arracimaban al atardecer en la cafetería Florida de Carlos III, asunto este que le hacía partirse de la risa a Eguillor y que me recordaba con detalles cada vez que nos veíamos, cuando éramos convocados para algo por parte de Merino, ya fuera un nuevo proyecto vagamente literario o la presentación de algún libro. Que estuviera Eguillor por allí, importaba poco el motivo, era una garantía de que no nos íbamos a aburrir.  Hoy sería imposible una de aquellas reuniones, la vida y su historia, la nuestra, nos ha distanciado o enemistado y enconado para siempre, digan lo que digan.

images (1)Le perdí de vista y la última vez que le vi, en 1997, él iba en compañía de Juan Carlos Salaverri y yo andaba por Bilbao con una exposición de libros de fotógrafo e iba camino de una cena de artistas, escritores, marchantes y hampones de la banca vasca que recuerdo con auténtico asco. Me dijo entusiasmado que había leído mi libro Literatura, amigo Thompson y que quería ilustrarlo, en una edición a la italiana. Lo tenía todo proyectado.  El editor al que le propuse aquel proyecto no quiso porque Eguillor se había manifestado repetidamente en contra de los excesos del nacionalismo radical y del terrorismo,  y en consecuencia era antivasco, un traidor y un judas, y por si lo anterior fuera poco, se estaba permitiendo el lujo de reírse de lo más sagrado con los entrañables personajillos de sus dibujos-
—¿¡Miquelarena!?
—¡¿Quééé?!
—Que ese era el país, ese… o este, aunque estés lejos

Y luego hay gente que no quiere acordarse de nada, aunque yo si me acuerdo de quién no quiso, con cuquería de tendero limapesas, firmar el manifiesto por el asesinato de Yoyes que redactamos entre Juarristi, Txemez Larrea y yo, en un piso de Amara, junto al Urumea.

 

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