Gorramendi y Bozate

Gorramendi y Bozate, y el ventarrón que no para. Tres meses ya a su vista y a saber hasta cuándo; pero como convine con una vecina: «como para quejarse». De nada. Es una forma de sobrevivencia, que dicen allá lejos, donde vete a saber cuándo podré regresar. La monja dicharachera que saca a diario la basura del monasterio y se queda admirada del paisaje que ve desde la infancia, es de la misma opinión. Ni somos los mismos de antes ni lo vamos a ser cuando esto termine. El antes se esfumó. No hace falta ser Gil de Biedma para sostenerlo ni escuchar alguna canción francesa de las que enardecieron nuestros veinte años. La nueva normalidad era un barullo oscuro. Pasó el tiempo de los filósofos y sus augurios, pasó el de que íbamos a salir mejores que la calamidad nos iba a hacer más humanos… causa sonrojo acordarse e ira asistir por fuerza al alarde de mala fe de algunos gobernantes con poder sobre algunos millones de ciudadanos.