Vuelta de Gorostapolo

Esta tarde fuimos por el camino de Gorostapolo, aquí al lado, como quien dice, al fondo se veía el Auza, imponente y misterioso en sus luces según Pilar Rubio Remiro, y el caserío palaciego de Iñarbil, un barrio de Erratzu. No estoy para alardes de caminante, porque de subida no podía ni con las tabas, ni para ejercicios de recio y apretado discurrir a propósito del caminar, algo que está de moda (el discurrir, el caminar menos), tanto que se aplauden como iluminaciones poético-filosóficas auténticas sandeces. Ni me siento más libre ni más subversivo por poner un pie detrás de otro, con respirar y dejar volar lo que se me ocurre y de seguido olvido me basta… también pongo atención en lo que hago, pero no por nada japonés, sino para no darme un porrazo.

Me he acordado de los caranchos en las cercas de Magallanes, entre Punta Arenas y Puerto de Hambre, con un viento que te tumbaba.

 

¿Hay algo, verdad? Algo que no sabes muy bien cómo expresar o si hacer aquello que decía Paul Valéry (Cahiers), señalarlo en silencio con un gesto de la mano y pasar de largo, para no estropear el paisaje… Stevenson también era de esa opinión. Seamos furtivos en nuestra propia casa. Cuanto menos alborotes, mejor.