Martínez Sarrión

Feliz quien sin anhelo
aguarda la mañana.
Y, en llegando, se dice
sereno: ‘Ya viví’.
Ése empieza ganado
un día y otro día.
Ni se jacta con ello,
ni publica su suerte,
ni menos aún mendiga
aplausos, pompas, humo
con que hacerse una estatua
”.

Lo traté muy poco, un encuentro para mí memorable en Córdoba y durante un tiempo muchas llamadas telefónicas, pero lo leí mucho, en sus poemas y memorias. Viviendo donde vivo, me acordaba muy a menudo de él porque visitó Baztan en compañía de Benet (tal vez se alojó en esta misma calle, en Echeverría) y habló de los verdes del valle y sus matices y tonalidades con una precisión envidiable. Preguntaba por él a gente que lo trataba a menudo y me hablaban de depresión y retiro, de vejez. El panorama de los vivos que son tus puntos de referencia se clarea de mala manera y cuando no es uno es otro.

Ayer mismo trabajaba en un poema que trata del ni esperar ni ambicionar nada. Es más fácil escribirlo que llevarlo a la práctica. La tentación es senequista, en la práctica el alboroto te puede, por no hablar de la zorra y las uvas verdes. Hacerse un poema a uno mismo sereno y despegado de vanidades cuando no tienes nada que perder ni que ganar, es de tartufos. No era el caso de Sarrión.

«Los poetas no aspiramos a tener muchos lectores, sino los mejores», A.M.S.

*** La fotografía es de Luis Sevillano, publicada en El País

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