Umbral en días crepusculares

Leo a Umbral en su otoño vital que es el mío, te cuenten lo que te cuenten. No hagas caso, has envejecido. Vas para abajo de cara al invierno. Todavía hay días de oro, de una luz que enciende tu entusiasmo por la vida, pero la verdad asoma, el invierno aguarda con boca de lobo, por muchas cucamonas que hagas para olvidarlo. Leo a Umbral en páginas vitriólicas, de una amargura que no tiene nada de impostado porque es la tuya, aunque no haya dos amarguras iguales, como no hay dos dolores o dos soledades iguales. Se me figura que Umbral escondió detrás de la máscara de un personaje que resultaba odioso, frivolón, descarado, cínico, a un escritor soberbio, que se la jugaba de continuo, en su prosa, con ideas sobre su oficio y sobre casi todo, que destellan entre las líneas de las crónicas del melonar nacional condenado al olvido. Umbral se medía con los grandes y eso se nota. Sus personajes serán hojas muertas, sus palabras y sus ideas sobre la persona y su escorredura vital, no: el tiempo, las falsedades del trato humano, la enfermedad, la muerte… ahí se muestra un escritor de primera, me cuenten lo que me cuenten: «los últimos días o años de nuestra vida se nos vuelven a todos mágicos y luminosos». El diario como novela, la escritura como invención del personaje, el juego de espejos trucados, la farsa…

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