Con Madrid a vueltas

Madrid eterno (del XVII para acá), Francisco Umbral en la primera línea de Travesía de Madrid (1966): «Al taxista le entregué una moneda de diez duros y me dio la vuelta de cinco». Hace años, muchos, en el Sol, de Jardines (a cuyo dueño conocí en un manicomio), un argentino me quiso estafar haciéndose pasar por policía (el conocido timo del «pasma ful»)… Los demás tropiezos con camareros, taxistas más o menos piratas, furtivos incluso, porteros, cerrajeros (internéticos), hospederos, matones uniformados, chulos poligoneros son propios de ese eterno juego entre un tonto y un sinvergüenza. Hau saltsa!, dicen en el Valle, pero sí, eso forma parte de la Gran Parada circense, de la fauna urbana.

Travesía de Madrid, Fantasía Borbónica… hace falta ser muy obtuso (esa dramática falta de comprensión lectora que cunde) para no poder apreciar que en esas y otras novelas/memorias de Umbral, además de follar, hay MADRID, que en el fondo es el asunto de Umbral: la ciudad, su callejero, barrios, guetos, su fauna, su paisaje, su clima, sus olores,

Arquitectura del XIX, escachada con diseños del XX pretencioso y diseñador (reflexión al pie de las Torres Colón en obras): «Edificios que son como un puñetazo en la mesa», escribe Rafael Chirbes en sus diarios. Hablando de la Gran Vía, Ramón Gómez de la Serna calificó su arquitectura de «cataclismática».

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