Viaje interior, dicen…

Glorioso ese empezar el día con una hora o más de marcha (de palos dicen en el Valle) a buen paso por el parque del Borbón priápico. Dejas al celebro que vaya a su aire, que trabaje solo, luego ya escribirás tú si te acuerdas de algo, sin preguntarte, sobre todo esto, para qué escribes, porque a cierta edad, esa es reflexión venenosa. No sabrías reponderte ni responder al entrevistador que no te ha leído una sola línea con un vete a la mierda, cabrón. Escribes, los asuntos vienen solos porque están en el aire, bullen o han dormido en tu sesera, e incluso puede pasar que mientras tú duermes, tus personajes, sombras y fantasmas se vayan de copas, como le pasaba a O’Brien, irlandés. No hay cuidado.

Mi difunto amigo, Carlos A., y enemigo del alma de los 3 a los 70 años, decía que él participaba en las redes sociales para hacerse enemigos y ma foy que lo conseguía. Yo no llego a tanto ni lo pretendo, aunque tal y como están las cosas, a nada que tomes partido tienes como mínimo morros sociales. Nos puede la tribu y la secta.

A Carlitos A. le echo mucho de menos para reír y para reñir. Cosas que pasan. Me gustaba su Madrid tan de alcurnia como canalla, y sobre todo inesperado. No hay día que no me acuerde de alguna y me eche a reír: los falangistas de Guinea, grandullones, elegantorros y cubiertos de rojigualdas, simpáticos, mucho, noches del Patas y del Candela, altos discursos patrióticos del Peláez, tras patanear un rato con los de nuestro pueblo en el Jurucha, la prodigiosa morterada de copas que le levantamos a un cazador de bichos raros (y de dotes) que andaba con el maleante de Rodríguez Meléndez; el día que le tomó el pelo bien tomado a García-Posada, punto fuerte de la crítica literaria y solemne mala sombra en lo personal; el piso de su amigo Narváez (encima del Bar) que le dio dos hostias bien dadas a Hermann Tertsch, aquellas tabernas de Argüelles de hace cincuenta años… Ni él va a regresar, ni lo va a hacer aquel tiempo, aunque lo rescate en la escritura y sea invención pura.

Hablar con los difuntos, eso es lo que hago cuando escribo, pero no a la manera de Quevedo, o no solo así, sino con los amigos, camaradas, enemigos también, del tiempo ido todos.

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