Vuelta de Beltzerreka erreka (otoñal)

Hacía meses que no andaba por esas trochas, más allá de la casa de Ursua. En el aire, la danza no sé si muy pacífica del milano negro y el milano real.
Hace un año, una tormenta de viento de otoño tumbó cantidad de árboles de ese lugar, algo tremendo. Hoy quedan pocos rastros de aquello, la motosierra, la maleza y los renuevos han dado buena cuenta de las huellas de los destrozos.
—¿Cruzaste la regata?
—La crucé… si te mojas casi todo se puede cruzar, y me interné por un camino y luego por una senda hasta que la encontré cerrada por uno de esos árboles derribados por el viento del último año. Ha sido una andada de verdad feliz. A ratos no se oía nada, ni el correr del agua en la hondonada. He disfrutado de la caminata y del silencio sin reflexiones líricas o de recio y apretado discurrir que me descomponen. Camino y ya lo dije, el poco o mucho de sesera que me quede, va a su aire. El caminar me enseña o me invita a admitir que he envejecido y que puedo hacer lo que puedo, no más, porque si no, lo pago. A veces se oía el ruido bronco de alguna ráfaga de viento fuerte en las copas que dejaban en el aire, dando volatines, las hojas de castaños, robles americanos y las sutiles de los alerces (que ya siempre me van a recordar a los pequeños astilleros de Chiloé)… el otoño avanza más rápido de lo que tu crees, y los matice de luz y color que viste ayer, ya han desaparecido, oscurecido, cambiado…

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