Me acuerdo: Budapest, 2003

A Budapest fui a finales de abril de 2003, recién llegado de un largo viaje por Chile. Fui invitado por el Ministerio de Cultura a una Feria del Libro en la que España tenía no sé qué participación. Dudé en ir porque mi experiencia con las cosas oficiales españolas no era buena e iba a ser mucho peor enseguida, hasta cesar del todo en 2007, como relato en Cornejas de Bucarest (2010).
Estando en Juan Fernández creo haberme escrito con mi agente literaria de entonces y ella consideró que era interesante que acudiera. Fue ella la que reunió un montón de libros, un prolijo dossier de prensa incluidos ejemplares de la revista Quimera en la que me habían dedicado un monográfico. Al final, perdieron todo menos cinco libros (según las fotografías que conservo) y entregaron al hispanismo húngaro una entrevista del diario Egin, paradójicamente seleccionado por la Embajada española. Eso sí, aquellos tres días hice buenas migas con Agustín Cerezales y conversamos mucho en caminatas urbanas y en bodegas nocturnas de bóvedas de ladrillo, con música muy buena y copas. Guardo muy buen recuerdo de los hermanos Cerezales y de Moreta-Lara. Toda la demás gente con la que pululé, se me han despistado mucho, por fortuna pienso ahora.
En Budapest me tropecé con un español que andaba a las clases de español o de algo, un imbécil que estaba agazapado por allí a la espera de que le nombraran algo en el Cervantes. A la salida de un restaurante pincho, el Elysée bistro (si no recuerdo mal… ¿Shakespeare entonces?–, donde habíamos sido tratados con descortesía manifiesta por un camarero —le tiró la propina a un diplomático para hacerle ver que la consideraba insuficiente y que quería más—, desplante que comenté a la salida. Entonces fue cuando el jebo se me encaró y me dijo que no me consentía que hablara mal de un país que consideraba ya su patria… Ahí es nada, patria, consentía… manda huevos, es decir, un rojigualdo disfrazado de húngaro, o un hijueputa gonorrea. La verdad es que me quedé con las ganas de darle un sopapo. Le dejé plantado en la acera. Además, ya estaba yo muy caliente con lo que estaba pasando con la Embajada, con la feria del libro a la que me habían invitado de florero y con una hispanista húngara, una vieja malhumorada, a la que le dio por insultarme al grito de ser un estafador, algo que repitió más tarde por escrito en una carta absurda y rabiosa que recibí ya en mi casa. Otra fue más agradable y trató de tapar las coces. Sigo si entender lo que pasó aquellos días. De no ser por algunas personas con las que me crucé, no fue, que yo sepa, un viaje de recuerdo grato. ¿Mereció la pena el viaje? Y yo qué sé. Alguna estampa sí guardo, como la de los grupos de judíos ortodoxos que se dirigían a una sinagoga, detalles maravillosos de arquitectura, esculturas callejeras, los Goyas del museo… La cena en la Embajada española fue un espanto, por el menú más que mediocre y por la teatral tertulia de sobremesa con adoctrinamiento sobre el conflicto vasco por parte de embajador y la presencia de unos matones de malas pulgas que incomodaban con su sola presencia. Me juré no volver a pisar una Embajada española y he cumplido.
No creo que vuelva a participar en un viaje oficial jamás. ¿Para qué? Espejismos. Recuerdos harapientos. De no estar repasando mis diarios de ese año, hasta es posible que hubiese olvidado ese incidente, y así con todo. Los diarios, ese aliviadero o lo que gustes. Episodios que dudas haber vivido y más olvidos que recuerdos. Debería poner orden en mis diarios, pero me da flojera.

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