Callejero de Biargieta

Noche (alta madrugada de los cursis de profesión u oficio) memorable aquella de invierno y furia de 1985. La ciudad era una pileta de sardinas bravas, un laberinto en ruinas, una bosque ahogado de maleza. Noche a noche, y mañanas con mucho humo en los ojos, se iba urdiendo mi novela Las pirañas, se iba tejiendo su red de estropicios y delirios. Eran, como digo, los felices ochenta. Las andadas de castigo, los extravíos, Mal Alma, Pito de Oro, el cantante italiano Genaro no me acuerdo, Gezurtegi, Freddy, el Justicia y su caverna espantosa, la Charito, la Bugs Bunny, la Rampone, Irigoyen y sus novias, Alberto Arana , el Acuarius Segurola, infaltable este, José Mari Zabala y la perica a cucharadas, el Paco, el Juanito, Urralburu y la Olivia Balda, Conan el Bárbaro (un travesti que hacia la noche frente a Palacio), el Zaborras, tan parecido al Zakilixut de Egin (al que siempre daban ganas de decirle que se fuera a reír de su madre), Tanger Bar, muertos en extrañas circunstancias, La Quinta del Americano, La negra provincia de Flaubert, Mundinovi (Gazeta de pasos perdidos)… antifaces, máscaras, detrás estaban Las pirañas y sus cortejos, su danza de la muerte a plazo fijo, No conviene engañarse. El despeñadero. Verdades y fantasías, embustes, ocultaciones, vergüenzas, armas abisinias de cómicos en derrota

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