René-Guy Cadou/Jorge Teillier

«Quien entra por azar en la casa de un poeta», de René-Guy Cadou en Les biens de ce monde (1951).

Quien entra por azar en la casa de un poeta
No sabe que los muebles se apoderan de él
Que cada nudo de la madera encierra
Más gritos de pájaros que el corazón del bosque
Y basta que en la tarde sobre un rincón brillante
Una lámpara pose su cuello de mujer
Para liberar de pronto mil enjambres de abeja
Y el olor a pan fresco de cerezos floridos
Pues tal es la alegría de esa soledad
Que una caricia cualquiera de una mano
Devuelve a los muebles pesados y taciturnos
La levedad de un árbol en la mañana

Traducción de Jorge Teillier

Texto original:

Celui qui entre par hasard dans la demeure d’un poète

Celui qui entre par hasard dans la demeure d’un poète/ Ne sait pas que les meubles ont pouvoir sur lui/ Que chaque noeud du bois renferme davantage/ De cris d’oiseaux’ que tout le coeur de la forêt/ Il suffit qu’une lampe pose son cou de femme/ A la tombée du soir contre un angle verni/ Pour délivrer soudain mille peuples d’abeilles/ Et 1’odeur de pain frais des cerisiers fleuris/ Car tel est le bonheur de cette solitude/ Qu’une caresse toute plate de la main/ Redonne à ces grands meubles noirs et taciturnes/ La légèreté d’un arbre dans le matin.//

El poeta de este mundo (A René-Guy Cadou), de Muertes y maravillas

«Poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente, 
reunías palabras que eran pedernales 
de donde nace un fuego que no es olvidado. 
René-Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero, el aduanero y el contrabandista, 
vivías en una aldea de seiscientos habitantes. 
Allí eras profesor rural, 
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases 
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro. 
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas de greda, 
caminar descalzo, 
ver jugar a las cartas en la taberna. 
En la noche a la luz de un fuego de espino 
abrías un libro mientras Helena cosía 
(«Helena como una gota de rocío en tu vaso»). 
Tenías un poeta preferido para cada estación: 
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas de Ronsard, 
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Meaulnes 
y la estación violenta 
el ruido de espadas entrechocándose en una posada de Alejandro Dumas. 
Tú nunca estabas solo, 
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en el invierno. 
Y mientras tus amigos iban al Café, 
a la Brasseire Lipp o al Deux Magots, 
tú subías a tu cuarto 
y te enfrentabas al Rostro radiante. 

En la proa de tu barco 
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos, 
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia. 
Tus palabras llegaban 
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta 
al fin del mundo. 
Y los poemas se encendían como girasoles 
nacidos de tu corazón profundo y secreto, 
rescatados de la nostalgia, 
la única realidad. 

Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo que nos desborda, 
que no significa nada sino permite a los hombres acercarse y conocerse. 
La poesía debe ser una moneda cotidiana 
y debe estar sobre todas las mesas 
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo. 
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán frente a los árboles, 
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender a los mercados a la moda, 
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas, 
ni el pobre humor de los quieren llamar la atención 
con bromas de payasos pretenciosos 
y que de nada sirven 
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen nada que decir. 
La poesía es un respirar en paz 
para que los demás respiren, 
un poema 
es un pan fresco, 
un cesto de mimbre. 
Un poema 
debe ser leído por amigos desconocidos 
en trenes que siempre se atrasan, 
o bajo los castaños de las plazas aldeanas. 
Pocos saben aquí lo que es un poema, 
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal; 
pocos saben lo que es un poeta 
y cómo debe morir un poeta. 
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda la primavera 
mirando un cesto con manzanas. 
He visto morir a un príncipe 
dijo uno de tus amigos. 

Y este Primero de Noviembre 
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo 
y pienso en tu serena y ruda fe 
que se puede comprender 
como a una pequeña iglesia azul de pueblo 
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan. 
Tú hablabas con tu Dios 
como al pobre hijo de un carpintero, 
pues sabías que también se crucifica todos los días a un poeta 
(Jesús tenía treinta y tres años, 
Jean Arthur también era Cristo 
crucificado a los treinta y siete). 
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran 
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro 
que cante en la más alta cima, 
y el poeta derribado 
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.

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