El camarote del María Celeste

EL CAMAROTE DEL MARIA CELESTE

            Hace mucho que oí decir que fue Lezama Lima quien sostuvo que poca gente había viajado tanto como él dentro de las paredes de su biblioteca. Esto, con ser una frase redonda, y probablemente por serlo, es también un fantasía. Queda bien, es redonda más que hermosa, poética por tanto, ¿no?, pero realmente sabemos que viajar es viajar, es decir, que entre echarse a los caminos del vagamundos, del viajero sin rumbo fijo para quien la errancia es su ley, y quedarse entre las paredes de una biblioteca visitando países que casi al modo de los del célebre barón de Münchausen tal vez o muy probablemente no nos van a ver jamás, hay una diferencia enorme.

            Es atractivo sin embargo ese viaje por el tiempo y las geografías emprendido desde la penumbra habanera de la casa de Lezama, desde esa biblioteca imaginada y vivida, en la que además de libros flotaba, decía él con delectación, el aroma del café, el del asado y los frijoles. Y el de los habanos, claro, y el de los libros, el del papel cuando la humedad y los insectos y los hongos empiezan a hacer en él de las suyas. Fue muy expresivo Lezama en ese sentido. Mutatis mutandis, cada cual tiene su biblioteca ideal, su rincón, su gabinete de lector, su camarote de este María Celeste de los viajes y su lectura, y hasta sus olores o perfumes predilectos que acompañan al viaje.

            Y a propósito del María Celeste. Ese fue el nombre de un buque, una de esas leyendas de los mares, el del barco fantasma por excelencia, encontrado a la deriva en el Atlántico, en 1872, sin nadie a bordo y con la carga casi intacta.

            Pero cosa distinta de ese viajero que viaja como camaleón nocturno por los anaqueles de su biblioteca y visita la Persia de Struys o del Caballero Dujardin o sigue las hazañas cazadoras de aquel gigantón escocés que se llamaba Mungo Park, o esas andanzas americanas de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, es el que se echa de verdad a los caminos, el que se echa a los caminos para despés contarlom, aunque no siempre. 

            A esta clase de vagabundos pertenecen Javier Reverte y Gregorio Morán, autores de dos estupendos libros, sin reservas. 

            El primero el de Javier Reverte –El sueño de África-, libro extraordinario donde los haya, entre la vida cotidiana y la erudición, la exploración de las propias fascinaciones, un recorrido por los mitos literarios, legendarios también, del África negra, la historia positivamente desconocida, un libro del encantamiento, de la pasión por el viaje -la de Javier Reverte es indiscutible- y por la literatura, y a la vez de reflexión sobre ese viaje que se reputa al día de hoy imposible. Y escrito con un entusiasmo contagioso, además. Rien que la terre, escribió Morand, en una exclamación de desencanto y desolación, de no tener nada más que descubrir sobre la tierra. Morand, escritor viajero a quien sólo leen los incondicionales. Las chicas de Penagos quedan demasiado lejos. Un poco excesiva con todo esa desolación, viene a demostrar el libro de Reverte. Es posible el viaje y es posible alimentar en nuestro corazón un saludable espíritu de mzungo, es decir de vagamundos.

            Y en otro extremo, el viaje a pie, con cielos más bien bajos, desmitificador, tremendo, de Gregorio Morán en su Nunca llegaré a Santiago. Un viaje invernal, descreído, durísimo, sin concesiones a la mala poesía del camino, al paisaje abrumador, sin otro propósito que el de recorrerlo de cabo a rabo o el de recorrerlo a secas; nada religioso ni catártico ni esotérico. La errancia no tiene objeto preciso alguno, los caminos del vagabundos no van a ningún lado, en todo caso son circulares. Moran recorre el camino de Santiago en invierno y tropieza con ese país real de la mala fé, la patraña mejor o peor urdida, las pejigueras, el despoblamiento, el país profundo de la quietud, la brutalidad y el aburrimiento pardo, el que no se ve o se ve poco. 

            Y entre los dos, otro viajero, otro travel-writer, como rezaba la tarjeta de visita que me alargó uno de estos trotamundos en el Rìnek de Cracovia, un día de invierno y de nieve, Cees Nooteboom, y sus estupendos viajes por la geografía española, certeros, visiones que nos reconcilian con lo que no vemos porque nos abemos o proque hemos perdido la costumbre. Cees Nooteboom quien con relativa sorna siembra su camino de pistas falsas. Cees Nooteboom y El desvío a Santiago -de lectura imprescindible su «Enigma para Creonte»: sobre la guerra de las banderas y las ceremonias funerarias de este país de todos los demonios-, y los paisajes y misterios que tenemos delante de los ojos contados como pudo contarlos don Jorgito, el inglés -el rol de viajeros ingleses que nos vieron con asombro y doctas antiparras es demasiado largo para esta deriva veraniega, como lo es el de los viajeros de otro tiempo, Dana y sus Dos años al pie del mástil, a la cabeza, o ese deslumbrante Navegando en solitario alrededor del mundo de Joshua Slocum…

            Y más lejos, uno de los más brillantes, de los más seductores también, Peter Matthiesen, el naturalista, el filósofo, en su Leopardo de las nieves, que es un viaje a uno de los territorios más recónditos del Tibet en busca entre otras cosas de ese lugar bajo las estrellas que nos corresponde, que nos aguarda, que puede estar lejos o estar cerca. Un viaje que no tiene nada que envidiar a los narrados por Michel Peissel –Mustang reino perdido del HimalayaLos Khambas…-, al contrario, de quien por cierto decían que no había viajado ni la mitad de lo que decía haber viajado, cosa que la lector le da un poco igual, que ese es uno de los misterios de los viajes de papel. Y a propósito de Tíbet, imposible dejar fuera de esta deriva a esos Siete años en el Tibet (no sé si está filmada ya la película) de Heinrich Harrer, el alpinista alemán que quedó atrapado en la India al tiempo de la declaración de guerra de 1939 (ahora resulta que era nazi o de las SS… vaya por Dios).

            Y en otro lado, dos de las mejores narraciones de viajes, en las que vida e invención literaria se confunden. Las de Luis Sepúlveda -que como Matthiesen habla de ese lugar bajo las estrellas que nos reconcilia con noostros mismo-, Patagonia Express y Mundo del fin del mundo, que nada tienen que envidiar a las de Bruce Chatwin, el enigmático, el minucioso, en los confines del mundo, en la Patagonia y Tierra de Fuego, el último territorio de los hombres libres con sus sueños entre cielo y tierra, eso dicen al menos… (y si dicen, será).

            Toda está prolija literatura de los viajes, a pie, en automóvil, en trenes innombrables, este rodar y merodear por  territorios que acaban teniendo exitencia para nosotros porque han sido llevados a los papeles y casi sólo por eso, tiene un encanto irresistible. El viento que alienta y empuja esas páginas es el viento del vivir para contarlo y lleva aparejado casi siempre un entusiasmo por las cosas de la existencia que es saludable, que es contagioso también, que puede echarnos al camino, al camino de arena -al de De Foucauld por ejemplo, al de Killian- o al de barro espeso y zancadillas arteras de ese peregrino de Santiago que tal vez lance en la noche muy rudos juramentos y se sienta por un momento un Aymeric Picaud redivivo -ay, Morán, Morán, quien esto escribe no habría llegado ni a Puente la Reina-, y a los caminos de papel que también nos sacan de nosotros mismos, hechos vagamundos en la errancia de la literatura que no corren el peligro de padecer hambres, naufragios y desamparos en los mares del Sur, como los padeció Selkirk en las islas de Juan Fernández, modelo de Robinsones. Decía De Maistre (eso se cuenta) que de los viajes alrededor de nuestro cuarto no se regresa. Valga esta estupenda conclusión teñida de melancólica ensoñación para el viaje de la biblioteca, el viaje del camarote del buque fantasma por excelencia, el María Celeste, a través de sus geografías y de sus vidas hechas de papel o de algo menos que de papel. Viajes reales, viajes imaginarios, cómo saberlo, ambos son tan seductores y tan ambiguos como toda la literatura, como la misma vida.

*** Artículo publicado en el Cultural del diario ABC el 29-VI-2000

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