Breves de la chicharrina

A cierta edad, esta, ya saben, escribes de lo que es más tuyo: de lo que has perdido y no vas a recuperar. Sí, sí, no cabe duda, también escribes con evidente gratitud de lo que tienes, pero, ay amigo, lo que has perdido, qué riqueza…

A esa edad en la que has caído de golpe (y porrazo) escribes más de lo imaginado que de lo vivido y mientes y dices sí, yo viví aquello, yo estaba, yo estuve… como aquel bandarra que tenía una baraja de recuerdos ajenos para seguir bebiendo y que con tal de beberla, y gratis, coincidía hasta en el interior de los sueños ajenos: «¡Oh, qué casualidad, yo también…!», decían, y el palomo le miraba hermanado, con admiración rendida.

«Lo mejor que nadie puede conseguir de esta vida es un sueño. Y un bribón que solo precisa de unas pocas víctimas admiradoras, es el más fabuloso de los soñadores , gracias a sus portentosas dotes de imaginación», J.P. Donleavy en un prólogo a Barry Lindon.

Olvidar y sobre todo que te olviden, que no te recuerden ni de niño, ni de mozo, ni de adulto, ni sano ni enfermo, ni aquí ni allá, nada… menudo regalo, un impagable alivio.

Olvídate tú de ti mismo para empezar (dice el apuntador de la farsa)

«¿Ese quien es?», preguntó la ética filósofa.
«Bah, uno», le contestó displicente su marido, el erudito Paquito Pucela, un pitotieso envuelto en humo.
Eso uno… una cara perdida.

2 comentarios en “Breves de la chicharrina

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