El tranvía fantasma

Esta mañana le envié a mi editor la versión definitiva de ese artefacto narrativo, un nuevo desbarre, que lleva por título El tranvía fantasma. Ha sido un alivio darlo por terminado. ¿Purga del corazón? No lo creo, ya no me creo esas rimbombancias, por no decir que no me las creí nunca. Palabrería de escritor a la promoción de su mercancía. «No es ni venganza ni desprecio», escribía Céline en Guiñol’s band. Llevaba meses con él, desde comienzos de año. Es el libro que más me ha costado escribir y algo de salud he dejado en él. Me ha envejecido o baldado. No sé si los juegos, las travesuras que propongo y que me han hecho disfrutar en el momento en que las he imaginado, van a merecer la pena. Supongo que siendo un libro difícil tendrá los lectores justos. Lo que sí sé es que con este tranvía que va por donde me conviene y con el cabaret I Gobbi, queda cerrado el camino del desbarre de la memoria. No creo que vuelva a recorrerlo nunca más. Lo que venga a partir de ahora está por ver… Valparaíso, Madrid, «El secreter del indiano», el viaje de invierno que es el de la vejez y el de las limitaciones que surgen a diario, los diarios, Bolivia de nuevo… Lo ignoro. Tampoco sé en qué va a parar la guerra en la que estamos metidos, con chatarra, pero metidos.

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