El aplauso

Siempre que tengo ocasión me acerco al monumento a Delacroix, en los jardines del Luxemburgo. No por el pintor o por monumento –ese potente Cronos que alza en brazos a la faMA–, sino por un detalle que me fascina: las manos de Apolo suspendidas en el aire del aplauso. Me hacen pensar en los artistas, poetas y demás hampa literario-pictórica: a ver quién es el guapo que renuncia a una buen sesión de aplausos.
—¿Y usted para qué escribe?
—…
—No siga, que me lo imagino.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s