El gabinete de los letraheridos (Patrick Mauriès)

Hace años que buscaba esta cita, pero lo hacía en el libro y en el autor equivocado, en Charles Nodier, y no en esta especie de epílogo de Patrick Mauriès a su edición de La chute de Jonathan Edax que volví a abrir (después de veintiséis años) hace unos días a propósito de la bibliofilia: «La fiebre del bibliófilo» es uno de los dos textos que conforman el volumen. Me ha alegrado el día tras buscar inútilmente los diarios de prisión de Céline… ¿Dónde están los libros que no encuentras? A veces desaparecen para siempre. Encuentras otros, pero esos no. Las bibliotecas están hechas para perderse en ellas.
Me gustaría reconocerme en ese letraherido (lettré) de Mauriès, pero más me creo un lector «saltatumbas», caprichoso sí, pero con largos periodos de sequía lectora que cubren una escritura urgente que se me lleva el tiempo. Conozco lectores-escritores-eruditos-juntalibros como esos de los que habla Mauriès, autor al que sigo con admiración desde un desgraciado 1990 o por ahí (ya hablaré otro día, ya lo hice en Viaje alrededor de mi cuarto).
El libro de Connolly lo leí en el otoño de 1996, en Gorritxenea, la casa de Baztan (La casa del rojo) en la que entonces vivía, entre humos, vientos y escombros. Una animación. Iba a montar en aquella casa ruinosa mi biblioteca… menuda fantasía. Lo compré en San Juan de Luz en uno de aquellos viajes semanales de entonces (45 kilómetros). Geografía de una vida: Pamplona-Baztan-San Juan de Luz-Bayona… todo lo demás es provisional y pasajero, aunque tenga la suerte de haber pasado mucho tiempo en La Paz (Bolivia).
Muariés dirigói durante años la colección Le Promeneur, de Gallimard, unos libros preciosos y unas obras y autores irresistibles.

«Aquellos que aman apasionadamente los libros constituyen sin saberlo una sociedad secreta. El placer de la lectura, la curiosidad hacia todo y una maledicencia sin edad los une.
Sus preferencias jamás se corresponden con las de los tenderos, los profesores y las academias. No respetan el gusto de los demás y se instalan en los intersticios y los pliegues, la soledad, los olvidos, los confines del tiempo, las costumbres apasionadas, las zonas de sombra.
Por si solos conforman una biblioteca de vidas breves. Se leen mutuamente en el silencio, a la luz de las velas, en el rincón de su biblioteca mientras la clase de los guerreros se mata entre ellos y la de los mercaderes se entredevora chillando bajo la luz que cae a plomo en las plazas de los pueblos.»

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