Adormidera de Juan Fernández

Adormidera de la isla de Juan Fernández. Las recogí en una caminata que di, en marzo de 2003, entre Bahía del Padre y San Juan Bautista siguiendo la costa, bajó las alturas de Cordón Escarpado. El bote en el que fui por la mañana hasta la bahía donde está la pista de aterrizaje, iba con una peña de artistas plásticos chilenos alborotados, resacosos, felices: Cienfuegos, Sami, Bororo… Nos despedimos a pie de pista, bajo la mirada aviesa de dos uniformados, y yo me eché a andar por un camino que había sido una pista para unir el aeródromo con la población de San Juan Bautista, un proyecto que se quedó a nada, como la mayoría de los empeños de la isla. Oía el oleaje, pero también el entrechocar de las adormideras, los berridos de los lobos marinos se habían quedado atrás, bajé a una lobera que apestaba lobo muerto porque había muchos en putrefacción, con intención de llevarme un recuerdo, pero lo pensé mejor… No me encontré con nadie, un perro enorme de ojos azules que me siguió todo el día… «¡diabóóólico!» decían que era. Subí al mirador de Selkirk y bajé al pueblo, a donde aquella espantosa persona (Jimena Green) en cuya fonda de mierda me hospedaba (se la llevó el maremoto). Me cuesta hablar de lo en realidad vivido en la isla a lo largo de las tres semanas largas que estuve: venalidad, mala intención, latrocinio, gorroneo bravo, embustes más o menos vinosos, todo lo que a la hora de escribir borras para que la escena resulte atractiva… junto a muchos momentos felices y gente cariñosa… Aquel día cené en un chiringuito del muelle con un millonario ruso que parecía bastante bruto y no lo era, y que se dedicaba al negocio de las comunicaciones telefónicas. Viajaba en avioneta particular acompañado de una intérprete colombiana. Hablamos de las Almas Muertas que parecía conocer de memoria. El chiringuito se lo llevó el mar. Me dijeron que aquella profusión de adormideras que estaban a lo largo de mucho trecho del camino, eran restos de una plantación que había hecho un gringo californiano y marigüano. A saber. Aquella gente mentía o fabulaba como respiraba.

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