Coincidencias

Las coincidencias las carga el diablo, decía Ramón Rocha Monroy, allá lejos y hace tiempo, pero en Cochabamba.

Estaba leyendo la formidable biografía de Marcel Proust, la de Jean-Yves Tadié, y al llegar a las páginas finales, me doy cuenta de que hoy es el centenario de su muerte, que el escritor había, digamos, aplazado para poder terminar su obra corregida hasta el último momento, Albertine disparue, en estado semicomatoso, dictando la muerte de Bergotte.

Y esa muerte me recuerda la de uno de mis personajes favoritos, Ablitas, radicalmente proustiano, alojado, hacia 1972, en un hotel «como de monsieur Jupien» decía, el Flamel, de la calle del mismo nombre en París. Un hotel vetusto a más no poder y dedicado a la prostitución. Un sitio asombroso. Ya de mayor y hecho mierda se fundió la herencia en el Georges V, pero esta es otra historia… Ablitas conocía al dedillo la obra de Proust, tal vez por ser pariente de alguno de sus personajes («Pastiches»), y aunque estuviera bebiendo en solitario en un tabernón sórdido, veía con toda claridad los salones proustianos y los describía con detalle, era fascinante… luego se lo tragaba la noche. No he podido leer a Proust nunca más sin recordarlo y verlo entre líneas. De su siniestro velatorio ya hablo en El tranvía fantasma.

El dibujo es de su amigo Paul-César Helleu.

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