Francis Jammes, Elizondo y las angulas

cvoqv8ewoae3ovy-jpg_largeEntre las jugosas páginas de las memorias del poeta Francis Jammes me he encontrado unas divertidas, referidas al lugar donde vivo. Es un episodio de hacia 1900. Jammes, en compañía de un conocido, hace una excursión a pie hacia Alduides y de ahí, después de haber compartido con un párroco contrabandista que les ha propocionado un guía y unos puros de contrabando,  llega a Elizondo donde intenta hacerse con provisiones de boca para seguir camino, y lo hace en un “Ultramarinos”. Jammes a la vista del cartel espera encontrar productos coloniales –algo que también aparecía en las viejas enseñas: “Ultramarinos y Coloniales– y solo encuentra unas latas de conserva de contenido enigmático, porque no logra descrifrar la etiqueta, y que compra a la buena de Dios, además de un Oporto pasable y pan. Camino adelante, en plena montaña, cuando llega el momento del almuerzo, los caminantes abren la lata y se encuentran un contenido indescriptible:
“En un aceite pútrido maceraban innumerables serpientillas, del grosor y el color de los fideos, de unos cinco a seis centímetros de largo, provistas de unos ojillos negros extremadamente vivos y malvados. Nos echamos atrás instintivamente. Ni Fontaine ni yo nos atrevimos a probarlas, pero por lo visto eran deliciosas a juzgar por el uso que hizo de ellas nuestro guía, que no dejo un átomo en el fondo de la lata”.
Más adelante, Jammes se enteró de que aquellos “extravagantes animalillos” eran las famosas angulas que se pescaban en Urt (todavía…es llamativo ver las luces de los apostaderos de pesca en la noche) y se enviaban por vagones al otro lado de la frontera… De niño vi comer en varias ocasiones bocadillos de angulas… las circunstancias ya las cuento en no sé qué novela… Leo que  hoy andan por encima de los 1.000 euros el kilo ( a veces muy por encima).

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Francis Jammes y Robert de Montesquiou

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En el tomo tercero de Les caprices du poéte, las memorias de Francis Jammes que me faltaba, encuentro, a propósito de Robert de Montesquiou –el barón de Charlus de La Recherche y el chevalier Des Esseintes en À Rebours, de Huysmans–, una idea que no está mal. Francis Jammes está en Pau donde va a encontrarse con Montesquiou, algo que no le resulta grato, por que el conde nunca le perdonó la repuesta a una invitación al castillo de los d’Artagnan, donde el conde estaba pasando las vacaciones, y que a este le pareció insolente. Francis Jammes dice que no conservaba recuerdo alguno de ese agravio, pero dice que «en algunas personas quisquillosas, el recuerdo de la ofensa se agría con el tiempo tanto más en cuanto que no existe».

 

Ciro Bayo, vagamundos boliviano

ciro_bayo_web-31195557_stdciro-bayo Enlace a un artículo, publicado en Cuadernos Hispanoamercianos (diciembre 2016), sobre Ciro Bayo y Segurola y su paso por Bolivia, entre 1893 y 1897 o 1898: Sucre/Chuquisaca, y su trato con la mejor sociedad sucreña de la época, su revista El Figaro, su colejio en la calle de las Educandas, su trabajo de taquígrafo-redactor del Congreso la biblioteca y claustros de la Recoleta, ese convento que, según Tristan Maroff, “olía a carlistas y a Pamplona”, en una novela estrepitosa, La ilustre ciudad que fue su pasaporte para no poder regresar jamás a Sucre.
Y de Sucre a Riberalta,y su paso por la barraca San Pablo Alta, la de los “temibles” hermanos Salvatierra en el Madre de Dios, una zona insalubre de lagunas y marismas, y la explotación de la goma y de los gomeros en estado de semiesclavitud, como denunciaron  Fawcett, Balzan y él mismo.
En realidad el artículo es un avance de una “Cirobayesca” que ando rematando estos días.

 

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Luces

_dsc0019Anda, sí, ponte a trabajar con un crepúsculo como ese delante de tu mesa de trabajo… y cuando no es eso, es cualquier otra cosa… sobran los pretextos.
¿Contemplación, ensimismamiento o que el trabajo se te hace cada día más cuesta arriba por falta de otro sentido que no sea el trabajo mismo, la escritura, una febril grafomanía…?

La brouillarta

c3rpqtuweaei473De ese golpe súbito y violento de viento, que trae consigo la galerna,  hay que huir como de la peste… lo malo es que, mucho más a menudo de lo que te gustaria, lo llevas en el equipaje, también llamado, de bárbara manera, “zacuto de pensar”. Hay quien parece no paderlo nunca… a puerta cerrada no sé qué harán.  (Pulgas de Quintaou)

Algo más que cifras

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Las cifras de daños sociales que contradicen con tozudez el optimismo gubernamental van apareciendo a diario en los rincones del escenario, como si este, decorado como lo decoren, fuera incapaz de contener esa avalancha que apunta al abuso y la miseria.

Así, fuentes de la magistratura han hecho público que entre julio y septiembre de este año se han ordenado 12.148 desahucios, siendo más de la mitad correspondientes a alquileres. Esas cifras, unidas a las de años anteriores, nos hace ver que existe una población flotante que va con sus bártulos de un lado a otro, y que quien no puede pagar hoy, es dudoso que pueda hacerlo mañana. Unas cifras que sin duda esconden tanto dramas como picaresca de supervivencia, lo que no deja de ser un drama. Ambos hablan de una inseguridad vital tan extendida que hace de lo previsto en la Constitución papel mojado o mera bambolla: una parte importante de la ciudadanía está empujada a situaciones límite de manera irremediable.

(SIGUE: Artículo publicado en el diario Cuarto Poder, 14.12.2016, aquí enlazado)

 

 

 

Luz de Iquique

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Va para cinco años que saqué esa fotografía, que se dice pronto… jour aprés jour, les jours s’en vont. Qué hacía yo hace cinco años en Iquique, al norte de Chile, sobre esa costa abrupta y desolada, con rincones que guardan el recuerdo de los viejos balleneros, de las guaneras… Pues ir de Valparaíso a La Paz con parada obligada en ese aeropuerto militar antes de entrar en Bolivia y tropezar con problemas de inmigración. Pasé unos días en Iquique en el 2004, camino de La Tirana y de las nitrateras, días de temblores de tierra y de piscosauers quitamiedos; pero ese de 2010, después del último gran terremoto de Valparaíso, pasé por allí con el temor a no regresar nunca a Valpo y de haber dejado a mi espalda páginas pendientes que no sé si podré concluir alguna vez. Ahora, con Bolivia, me pasa lo mismo. Esto ha sido sorpresivo. No me lo esperaba. Acabas por ver la propia vida como una historia tan embrionaria como inacabada, una riada a la que es difícil resistirse. Y eso no tiene remedio. Ninguno. Te aguantas. No es nostalgia, es desvelo de senectud. Entre tanto te agarras al barullo del presente, a su ruido, a su cuadrilleo, al vivir el espejismo de la falsa camaradería, y en el fondo desertas, de la luz de Iquique, de la taberna de Sveijk, de la melopea del ventarrón de Magallanes, de la luz de la Pequeña Sofia, de las botas de Stevenson, en Edimburgo, emblema del viaje y de la fuerza y las ganas de vivir, y hasta de la verdadera mesa de trabajo sobre la que sueñas y deliras, mesa de pino, de matanza, esa a la que los estropajos y la sosa hicieron de sus vetas pentagramas.

Texto publicado en Vivir de buena gana, 17.2.2015