MigUeL SáNCheZ-OSTiZ O LaS LeCTuRAS dE uN cOnVaLeCiENTe _________23 de mayo.

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23 de mayo de 2017  · 

MigUeL SáNCheZ-OSTiZ O LaS LeCTuRAS dE uN cOnVaLeCiENTe _________23 de mayo.

Por fin, a sorbos (y como un convaleciente, a ras del suelo, porque la poesía, por buena que sea, soy todavía incapaz de leerla; necesito evadirme, antes voy y me escapo a ver una película, deseo mundos de ficción) leo unos viejos diarios de Miguel Sánchez-Ostiz, a quien transito desde hace ya bastantes años, aunque de forma parcial y poco seria, muy a salto de mata. De su obra __amplísima: deja un día su despacho de abogado en Pamplona y se pone a escribir hasta hoy__ sólo conozco en realidad algunos (y aun pocos) de sus diarios, amén de artículos sueltos leídos de casualidad en la prensa.

Pero su escritura me resulta cuando menos auténtica, unida como va a una composición y unas formas, unos significantes y un estilo que me atraen. Y al hombre que es o que por lo menos compone en sus diarios (por real o imaginario que lo consideremos al conocerlo tan sólo a través de las palabras) le veo con una independencia tan radical como la mía; quiero decir: con esa distancia y lucidez (insólitas en nuestro país) que acompañan a los mejores. Y en su caso con una honestidad y coherencia que le honran, pues llega a denunciar con puntería esos lugares irrespirables que hoy forman, incluso institucionalmente, la política y los partidos, las familias y los clanes, las fratrias y patrias de cualquier índole, con las relaciones de poder a la postre nauseabundas que en todos los ámbitos sociales acaban por generar. Contemplar a Miguel Sánchez-Ostiz como un escritor de denuncia no es exagerar: es coger el toro por los cuernos. Denuncia que se halla también presente en los diarios, igual que en los artículos.

Me agradan pues sus reflexiones. Ésas sus crisis y «rumias» continuadas. Sus amarguras y estados saturnales, sus humores o sus alegrías, ciertos instantes únicos y dichosos, ese hablar de la meteorología al tiempo que del termómetro sutil de un cambiante estado de ánimo __aunando de manera sólida y en unos pocos y rápidos trazos lo psicológico y lo estético, lo histórico y lo intrahistórico, lo crítico y lo moral. Y es que todo se modula aquí en una «durée» psicotemporal. Y desde una temporalidad básicamente narrativa; en rigor, lejos de estar ante un producto heterogéneo __como sucede en ciertos diarios, que mezclan géneros y formas y hasta experimentan__ en los de Sánchez-Ostiz estamos sustancialmente ante un relato, no sé si decir a la manera clásica, porque los dietarios tienen no pocas ramas y vertientes, y los suyos (que van mutando, como el hombre mismo) no se hallan exentos de ciertas polifonías. De modo que prima de un modo u otro lo narrativo, por mucho que ese «continuum» temporal se disuelva o fragmente en una serie de archipiélagos y momentos discontinuos, como hace siempre el diario.

Quiero decir que estamos ante un autor (figura, no se olvide, simbólica, y en buena medida imaginaria, mediada, construida siempre por el lector) que consigue interesarnos no sólo por su lenguaje, sino su persona, que guarda semejanzas, pero que es muy distinta al cabo de la nuestra. Y con la persona vemos emerger y subrayarse el estilo __la personalidad__ porque «el estilo es el hombre», como decía aquel otro.

Añádase la particularidad en Sánchez-Ostiz de que esa «persona» o «personaje» que narra en primera persona y se convierte en protagonista y aun asunto mismo del libro no es cosa fija __esto puede comprobarse con el transcurso del tiempo, en ese sucederse de sus diarios. No estamos ante una máscara más o menos verosímil creada para gustar a un público y tenerlo fiel y satisfecho. Menos, ante algo convencional o impostado y con grandes porcentajes de invento o estereotipo, moldes retóricos y compositivos de lo autobiográfico que tienden de un modo u otro a lo ficticio y que tanto abundan.

Al contrario. Hablaba antes de esa duración, plastificación de lo temporal y contingente que tan unida va a la novela: como en Montaigne (que empotra un autorretrato en el discurso ensayístico, asunto autobiográfico que queda encabalgado con lo reflexivo y se desliza sobre él y progresivamente lo modifica, incluso formal y artísticamente), asistimos también aquí a un flujo, una temporalidad, conciencia de un devenir que es de raíz heraclitiana y a la postre también cristiana y estoica. Asistimos pues a un proceso, a una evolución, más o menos rápida o lenta, pero marcada y continua: vemos cómo el autor cambia y se va modificando. Y con la persona, al mediar períodos amplios de tiempo, vemos modificarse también a los diarios: de los primeros a los últimos __pasando por los del medio__ se producen cambios a su vez temáticos y compositivos; los diarios últimos, más reconcentrados, parecen despojarse hasta de las lecturas y las citas que caracterizaban y daban lustre y riqueza a los anteriores, sin que en apariencia se hayan mudado las circunstancias ni cambiado mucho la vida del escritor.

Los adláteres del grupo literario de la «experiencia», en sus tiempos más trepas y belicosos __allá por los 90__ ponían a Miguel Sánchez-Ostiz a veces en sus listas, pero él hizo siempre oídos sordos y nunca picó ni se reconoció en esa pandilla, que resultó ser al cabo un tanto turbia y mafiosona. Al contrario: a este escritor no le van los grupos ni las sectas, ni siquiera las literarias, y confiesa a menudo su ineptitud para prosperar en ese mundillo, sintiéndose incapaz de hacer esa carrera de «éxito» y en realidad sociopolítica a la que muchos aspiran y que a algunos nos produce náuseas. Y a la que él __que pudo__ acaba renunciando, para refugiarse ya a mediados de esa misma década en la soledad de una casa en el Baztán o bajo la luz líquida de esa costa vasco-francesa que, de Bayona a Fuenterrabía, Barthes pondera a menudo y yo amo también.

Miguel abandona Pamplona, declina venirse a Madrid y acentúa por contra sus paseos campestres ( «Promenades» que a su vez me devuelven a Rousseau y a mí mismo, con más o menos botánica y ornitología). Y explora en un preciso y hasta precioso vocabulario, como el coleccionista; sensibilidad lingüística la suya que tiene acusados relieves y con la que hay que estar atento, ojo avizor, porque leyéndole saltan de repente vocablos para paladear, como cuando en una ensalada rica irrumpe de pronto el apio o el dátil o el perejil, o tal vez es el mango salpicado con unos granos deliciosos de granada. Hallazgo, sorpresa y finura, porque ese antiguo vocablo se repristina, fulge un instante ante los ojos, resuena ya en nuestros oídos y tiene un no sé qué de neologismo y aun de nueva e insólita creación verbal __»Dios está en los detalles», decía aquel fabuloso arquitecto alemán que dejó la Bauhaus acosado por el nazismo.

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En fin, que ando leyendo de forma ahora digamos continuada «La Casa del Rojo». Antes, hará unos quince años, lo había hecho a saltos, de modo que también puede decirse que al hacer esto releo, y que lo hago para mayor lujo y placer.

Llevo más de doscientas cincuenta páginas y el libro, aunque a ráfagas (y pese a lo torperas que ando: incapaz de leer poesía, insisto, y con eso ya está todo dicho todo), el libro, digo, parece que funciona. Es más, me imanta y hasta ha encendido mis motores, porque he cogido el lápiz y anotado cosas en esos papelines recortados y destinados a apuntar lo doméstico que tenemos en la cocina. Y ante la falta de papel como Dios manda, la he pedido a la asistenta que si sale a por algo traiga recado de escribir.

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Miguel Sánchez-Ostiz, aparte de novelista, se me antoja como uno de nuestros mejores diaristas de las últimas décadas. Tanto o más que Andrés Trapiello, que con el tiempo ha ido engordando demasiado sus diarios, sacándolos barriga, escorados en su caso hacia lo puramente narrativo, ampliándolos, dilatándolos innecesariamente, quitándoles variedad, lírica y menudillo, hasta perder buena parte de su primitiva magia. Este libro que leo no se da en cambio mucha importancia, pero tiene garra, estilo y sensibilidad, y con muy poco (con un espacio y un mundo recurrentes y ciertamente muy reducidos: «Mi pequeño mundo, mis cuatro cosas», dice en efecto su autor) consigue interesarte, asunto por cierto difícil, aunque a veces a Sánchez-Ostiz le pierde lo histórico, la actualidad, las simples noticias del momento, que parecen importantes, pero que enseguida van y se vuelven viejas y se nos enrancian.

¿Hablaremos un día de Eduardo Moga, cuyos viajes y diarios han captado también mi atención en los últimos años?

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Lectura equivale a relectura. Si se mira, para volver a andar por los caminos del lenguaje, recurro a «La Casa del Rojo» y me pongo también unos pantalones viejos (pantalones de «mielero», como diría el propio Sánchez-Ostiz mostrándonos los suyos) y una botas literarias que ya estrené hace mucho y ahora enseñan arrugas, marcas de lápiz, dobladillos en la esquina de la página, hebras de tabaco rubio (por aquel entonces yo fumaba mucho) o un cabello fugaz y seguramente nuestro, que de repente se yergue como una culebrilla y nos hace una interrogación sobre el tiempo y la vida puesto sobre las letras y el papel.

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«La Casa del Rojo» no es sino un diario escrito entre 1995-1998 que gira sobre la vivienda comprada entonces por el escritor en Zozaia, en el Baztán, cerca de la raya de Francia. De manera que yo, que hace años viajé por esos parajes haciendo continuos zigzags por la frontera, que contemplando a aquellos hombres barbudos y solitarios meditar o pescar ante paisajes agrestes e increíbles bajé del pico del Oso y por Laruns y Bielle llegué hasta Pau (maravilla, ¡aquello era como en el Romanticismo, todo se conservaba casi igual que en el siglo XIX!) y por Ascain hasta la bella y misteriosa Bayona… Yo, que haciendo luego dédalos y tortuosas sendas barojianas visité Vera y Sare y Cambó y Etxalar (porque de Baroja uno se lo ha leído casi todo, incluidos los articulejos que publicaba en los periódicos) y me interné por carreteras solitarias y dormí en algunos de esos pueblos que constituyen el territorio del autor, me veo ahora abriendo esa Casa del Rojo batida por formidables vientos y con su sempiterno olor a humo. Camino de Vera pasé un par de veces a su lado. Y al ir las yemas de mis dedos de una página a otra y errar mi imaginación de nuevo por aquel paisaje, recreando sus detalles, su atmósfera y topografía, sólo que ahora a través de la palabras de Sánchez-Ostiz, parecen encenderse un poco mis bombillas, mi pobre memoria y mi fantasía, y me siento mejor.

La buena literatura tiene eso: que nos absorbe y pone en marcha y hace cuando menos imaginar __crear. Como receptores ciertamente nos eleva, y la verdad es que nos afina y nos cura, lo cual es de muy agradecer. (Aristóteles a esto lo llamaba creo que catarsis).

Máxime si nos transmite de paso (puestos en primer plano) un asunto de formas, de significantes, y con cierto relieve, provocando una experiencia imaginativa y estética que en las obras de arte o al menos con cierto estilo verbal se vuelve única e intransferible, pues esa experiencia estética la construye a su vez cada lector __eso, aparte de que nos multiplicamos, pues vivimos intensamente otras cosas y otros otros que hay dentro o fuera de nosotros mismos.

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Reparo en que al dejar de escribir crítica (como protesta, y por razones políticas y sediciosas) abandoné o dejé en el tintero las investigaciones sobre los géneros autobiográficos que llevaba en curso y en las que andaba metido a principios de los años 2000. Pienso pues y de nuevo en ese imaginario, metáfora autobiográfica que tiene que ver no poco (según los teóricos) con los reinos movedizos de la memoria, que tienden aun sin querer a la transformación. Y en definitiva, con todo lo que atañe a la imaginación y la ficción, por muy históricos o «reales» que estos géneros autobiográficos nos puedan parecer, pues como la propia novela en primera persona __de la que derivan__ gozan de un poderoso «efecto de realidad».

Yo mismo, al tratar de esclarecer con el recuerdo las rutas que por esa Navarra y esa Francia, País Vasco de ambos lados y esos Pirineos hice en mi viaje de hace ahora ocho años, ocurre que me hago un lío y se me cruzan unos tiempos y lugares con otros: surgen así fogonazos, momentos imborrables, ciertas imágenes y destellos de extraordinaria nitidez, llenos de matices y con asombrosos detalles: me veo de repente conducido por Carmen en el descapotable rojo y cruzando por una carretera mínima, interminable y enteramente sinuosa (íbamos descapotados; el avance era lento y solemne, y a veces nos bajábamos a contemplar) tras ver el Parque Natural del Señorío de Bértiz: tarde de sol plateada y espléndida, en lo más profundo del Baztán, hasta empalmar de nuevo con la nacional a la altura de Urdax y Zugarramurdi y caer entonces un oro líquido sobre nosotros, y entrar de nuevo por Dantxarinea a Francia, hasta escuchar los golpes que rítmicamente daba la pelota en el frontón de Ainhoa a la caída ya de la tarde, lo que me hizo recordar a mi abuelo materno, Félix Rubio, que fue un notable jugador de pelota y disputó a los navarros la final del campeonato de España con la selección de Castilla en los años cercanos a la Primera Guerra Mundial. Cayeron en Pamplona con honra ante los ases de la época, y mi abuelo, durante un tiempo, se convirtió en jugador profesional.

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Miguel Sánchez-Ostiz tiene una prosa poco común y pienso ahora que, para los tiempos que corren, estupenda. Yo ando disfrutando con su tono y esos altibajos emocionales suyos. Le invitan a cenar a la Moncloa con Aznar recién entrado en ella y rechaza la idea porque entiende que no tiene los pantalones adecuados para tan alta ceremonia, amén de que no sabe de qué puede hablar en realidad con el presidente del gobierno (y más con esos platos tan horteras que ponen allí a los comensales, con el escudo nacional en medio, según nos cotillea el propio Trapiello, diarista que en cambio picó con esa invitación y fue a cenar a La Moncloa con el bueno de José María, pero para avergonzarse y aburrirse).

No sólo eso: a lo largo de su trayectoria Sánchez-Ostiz consigue premios y reconocimientos. Se le puede considerar como un escritor de relativo éxito __pero él se ve a sí mismo como un fracasado que interesa a muy pocos. El mundo literario le aturde y decepciona __pero en cambio se muestra exultante ante un paseo, unas buenas anchoas, un vino o una conversación. Lúcido e insatisfecho: como hortelano, le vemos también quejarse de sus propias cosechas: esas hortalizas, ay, están insípidas, se echa en falta el abono… Y todo así, porque por la mañana, al cabo de trabajar en «La flecha del miedo», pasa en pleno invierno a faenar en el jardin, dando cuenta minuciosa de su actividad. Qué tipo.

Grosso modo, compartimos aficiones y aun sensaciones vitales. Amén de que posee una cultura fina y hasta sofisticada, porque conoce bien la literatura francesa y a muchos de los grandes escritores autobiográficos (De hecho, nos conocimos en Córdoba durante un congreso sobre los géneros autobiográficos celebrado en otoño de 2001, y cenamos una noche junto a otros amigos. El escritor navarro, de quien este ignorante no había leído nada, me llamó de inmediato la atención, por su simpatía y lucidez. Carecía absolutamente de arrogancia, algo que es raro en los hombres de letras).

A todo esto se añade una óptica y sensibilidad muy barojianas que amo. Y una forma de vida aislada en la naturaleza __a lo Robinsón__ que yo mismo cultivo, pues soy cuando menos jardinero de Majalhorno, aunque comparado conmigo Miguel sea un todo terreno y hasta un tractor y desbrozador poderoso, visto que trabaja como un mulo no ya escribiendo (tenemos la misma edad, y él ha publicado más de sesenta libros, y yo pues pienso ya que ninguno y aun que los he abandonado todos, Bartleby), sino que labora y hace de todo y penca de lo lindo a lo que vemos en sus diferentes casas.

Le veo ir de una en otra por su pequeño territorio franco-navarro y en esto también hacemos igual, giróvago como soy entre la que tengo en Cáceres, la de Gredos y la de Madrid. Quiere decirse que además de ser un buen cocinero, Sánchez-Ostiz empuña si es preciso el pico y la pala y se trabaja esas casas suyas a conciencia, mientras Pla, por ejemplo, con absoluta «nonchalance» __fuera por solterón y tacaño o por cultivar una elegante indolencia, pero en cualquier caso mucho más perezoso__, dejaba entrar las goteras en la mismísima biblioteca de su masía y quizá alguna vez hasta en su propio cuarto de dormir. (Siquiera sea para que te paguen los editores __nos diría__ viendo tus penurias, y tener de paso algo dramático que contar.)

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Viene esto muy a propósito. ¿Cuánto tiempo me habrán llevado a mí preparar la casa y el jardín de Majalhorno, en las faldas de Gredos, sobre el Valle del Tiétar, y ello desde 1995 en que compré también la finca? Y eso a pesar de ser ya un jardín digamos maduro, puesto que el sotobosque y la cabaña estaban hechos por María Revenga, pintora del 27 que fue su dueña y tenía a uno del pueblo al cargo de todo, porque en Majalhorno hay hasta que regar y que segar y que…

Ni se sabe. Sólo la creación de la cocina partiendo de una digamos leñera me llevó un verano entero, pero fue obra que valió la pena, y no me arrepiento.

Y es que en todo ese lapsus de tiempo __más un mantenimiento que todavía continúa__ podíamos haber escrito al menos cinco o seis gruesos volúmenes, grandes y pesadísimos tochos (dicho con tono estudiantil). Tochos a los que renuncié, desde luego, igual que a una cátedra en Cáceres no querida por mí. Y a la que planté solemnemente al pie mismo del altar, cuando todos me empujaban a una boda de conveniencias…

En cambio me puse a cultivar azaleas, dalias y hortensias, girasoles, una gran variedad de flores y de arbustos… ¡Y con notable éxito! Llena de desinterés y de belleza, una naturaleza pródiga me ha devuelto el triple de lo que la di, y mira que estoy en un lugar cada año más seco y caluroso.

Labor que me serenaba más el alma que aquella piara universitaria de la que al cabo me fui alejando, y que acabó por quedar sin sentido, en una facultad fantasmagórica y hoy casi vacía…

Por lo demás: yo soy uno de esos que fracasan y se pierden por completo en la vida contemplativa, bajo el pretexto de azacanear en no sé qué…

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(Olor a humo … Los diaristas buenos dan a todo esto precisas notas olfativas: si Gorritxenea, la nueva «Casa del Rojo», dice Sánchez-Ostiz que tiene desde el primer día un persistente olor a humo, en clave ahora reticente e irónica recuerdo aquel olor a maderas quemadas __pero frecuente alrededor de su masía__ en el que insiste el propio Pla a lo largo de sus dietarios. Olor que se manifestaba según soplase el viento y fuera su dirección, y que provenía de una corchera que había en la zona, corchera seguramente contaminante, pero que él __dandy, payés y en todo sumamente exquisito__ prefería no nombrar. Y aludía a ese olor con cierto misterio y cierta coña, pero sin dejar claro su origen).

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Siento a todo esto profundos deseos de evadirme, pero la realidad del escritor navarro __problemática y no muy distinta de la mía; somos unos disidentes y estamos lejos de cualquier clase de poder, secta o pandilla__ es también muy complicada. Está claro: algunos iremos siempre a contrapelo, incluso por pura vocación filosófica, se diga socrática o sofista, crítica, cínica o escéptica…

Habrá que humorizar, desde luego. Aunque sea amargamente. Y cuanto más, mejor.

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No somos sino lo que leemos. Que me pregunten no por lo que escribo sino por lo que leo __diríamos parafraseando a Borges.

Tras «La Casa del Rojo», ¿tendré que retomar a Chandler? (del que me he hecho por cierto con nuevos volúmenes en una librería de viejo) ¿O habré __paralelismos y diagonales sutiles__ de continuar con la lectura ahora urgente de «Las pirañas»? (Novela del propio Sánchez-Ostiz que se acaba de reeditar y de la que José Antonio Llera me hablaba hace poco de forma muy elogiosa, mientras comíamos en un restaurante que a su vez me descubrió, no lejos del Retiro, en la calle O’ Donnell: «Esa novela tienes que leerla __me dijo__ y ya verás: es la mejor de todas las suyas».)

Eso, aparte de la paliza que, a manera de premio, y sólo por escribirla, recibió posteriormente su autor. A esa paliza __coz de un mundo estúpido y bestia__ hace todavía referencia en diversas líneas de «La Casa del Rojo», que llevo a estas alturas camino de terminar, pese a la desgana y situación tan dolorosa en la que me encuentro.

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Diagnóstico: entre enfermo y convalenciente, tratando a todas luces de evadirme de la realidad.

Y así y todo, feliz y agradecido si consigo leer y escribir al menos un poco, aunque sea al hilo si se quiere tosco y desgarbado de unos diarios que muestran no obstante un mínimo de sensibilidad y contienen hasta pepitas, vetas de lo poético, lo que no es poco.

La poesía que amamos requiere en cambio tal afinamiento de nuestro violín espiritual, tal temperatura íntima, un compromiso tan profundo para empezar con sus formas que, al igual que la tragedia, no podemos leerla sino cuando estamos inspirados y rebosantes de salud. Y eso, contando además que, cuanto mejor, más huye, más se nos escapa, más anímula e hipsipila.

(Caramba… María Salgado, Sonia Bueno, Cecilia Quílez, Alejandro Céspedes, Julio César Galán, José Luis Torrego, Vicente Luis Mora __¿prosigo?, esto es ya una lista tremenda__ me han enviado sus últimos libros, algunos desde hace un siglo, y este idiota va ahora y se nos deprime y ni siquiera les puede contestar, el muy capullo, lleno de abulia y de pereza. Y sale encima con Sánchez-Ostiz. Pues qué).

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César Nicolás, texto perteneciente al libro inédito «Meteoritos», diarios de 2017.

[En la imagen, Miguel Sánchez-Ostiz. Foto de autor desconocido.]

[Del álbum NoTiCiAS y rELaToS (jUgUeTES dE NiCOLáS)/ 55]

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27José Antonio Llera, Teresa Sanchez Ostiz y 25 personas más

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El olor de la aventura

Hay quien piensa que la aventura, sus preliminares, sus vísperas, huelen a choto o si no, no huelen, pero eso no es del todo cierto. Los que de verdad saben de este negocio espeso de la vida intensa que nos puede esperar al cabo de la calle, que ya nos está esperando la cabo de la calle, incluso cuando vamos llegando a la cincuentena, mitad sabios, mitad tontilocos, dicen que la aventura huele al humo de una hoguera alimentada con hojarasca del bosque y encendida casi, casi en su corazón, y que ese olor acre e intenso, la provoca. 

Otros, que también sabían del asunto y que por eso mismo se callaban los detalles concretos, escribieron aventuras ajenas, porque sabían que aquellas páginas de padecimientos e infortunios que parecían no ir con ellos, les absolvían de los propios, restañaban dolores lejanos, aliviaban la propia memoria. Estos aventureros, pasivos a la fuerza, hablaron de ese perfume extraño que flota alrededor de la mala suerte, los errores y las zonas crepusculares de la conciencia, alrededor de la inquietud de partir, del malestar difuso, de la incomodidad de la propia piel y los papeles de identidad ciertos. Así, el Manual del Perfecto Aventurero, del olvidado Pierre Mac Orlan, quien por cierto escribía que además de ese olor a zorrera cierta de nuestras borrascas del alma, la aventura estaba en los aromas que venían de más allá del canal de Suez y que acababan flotando en el aire espeso de las alhóndigas de las especias, por encima de los profundos cajones donde se exhibían estas, hechas un Rotko (o varios) de colores intensos, inimitables casi. Eso decían, pero concluían amargamente que al final sólo era un cuestión de paga, un ir para volver, un camino circular de huida, un viaje al fondo de una caracola. 

Cuando éramos más jóvenes la gente que se iba a la aventura se alistaba en el Tercio o se enrolaba en la pesca del bacalao en Terranova en unos barcos pasablemente herrumbrosos que brincaban sobre las olas como saltimbanquis, y unos volvían, por lo general baldados, y otro no, y se quedaban por esos mundos de Dios, metidos para siempre en el corazón de alguna selva, y las palabras de la noche, en la ciudad vieja cada día más lejana en el mapa de la memoria, les amueblaban la vida, les decoraban la casa, les poblaban el harén y hasta la despensa, y aquellos aventureros, hechos de la misma materia que la cárcel donde Morgana encerró al mago Merlín, las palabras, se iban haciendo una leyenda tan cierta como impalpable, pura invención, moneda de curso legal en los mostradores de esos otros mundos que están en este. 

Otros, otros seguían olfateando en el aire de la ciudad vieja, en el del país ancho también, un perfume intenso, turbador, excitante, que les empujaba a irse, a quedarse, a regresar, irredentos culos de mal asiento, siempre de aquí para allá, en pos de sus propias sombras –vuelta enorme esta, enorme–, de un escrúpulo o de un zacuto de ventura, de dicha, de poca, frágil fortuna, cuando todavía no había descubierto la codicia, el daño, la crueldad, la falsa supervivencia. Escalaban volcanes cerca de Java en alpargatas y la lava les chamuscaba el esparto como si fueran la mecha amarilla de un chisquero de aquellos que había en un país que sigue siendo este, aviadores de fortuna en Manaos –«¡¿Pero qué te ha pasado en la cara?!» «Ná, que ya me he caído dos veces con el avión en la selva… ¡Echa otra copa!»–, navegantes en veleros desvencijados empujados por velas del color de la bergamota, del color del sueño profundo, en los escenarios de Conrad, en el Índico, en el mar de las Célebes, huaqueros, clandestinos siempre, místicos del desierto ardiente que encendió las oraciones del padre De Foucauld o de los monasterios colgantes del Monte Athos, exploradores de los confines a la búsqueda de esa soledad que cabe siempre entre las manos, en un paisaje barrido por el viento o quieto, quieto, con un intenso olor a algas y a salazones y a ese, tan sutil, del musgo que cubre las lápidas de los loberos australes, en la latitud de la isla del Elefante, lejos, a la deriva, vidas hechas de palabras, hechas ahora de papel. Ay, las palabras de la noche. Ay, la aventura y sus aromas. 

*** En la imagen ruinas de la casa Wolf House de Jack London, en Glen Ellen (EE UU).
W. Bibikow (AWL)

Breves veraniegos

Es igual que los haya habido iguales o peores, lo que cuenta es el como nunca del calor y la sequía que arruina pastos y el paisaje, ese que está ahí para tu disfrute ¿o no?

El tramposo, además de vivir de manera ostentosa de la trampa, reclama que le trates como un hombre de bien. Es un maleante pero solo cree que es un listo.

Los de fuera (veraniegos) y los de aquí (de todo el año). Los de fuera andan aburridos, en grupo, gritan, comentan estupideces sobre las casas y sus habitantes, husmean en casa ajena, arrancan lo que les parece y, sobre todo no saludan, hacen como que no te ven ni te oyen unos buenos días que les deben de parecer ofensivos y responder algo inmerecido. Los de aquí, ya sean del pueblo o del valle, saludan cuando se encuentran por la calle o en los caminos y, si no lleva prisa, se detiene «a cambiar unas palabras» o a hacer unas risas, aunque no haya trato cercano. Veo, oigo, me encojo de hombros, cierro la ventana y le echo una cadena a la cancela para que nadie entre a ver lo que hay dentro de mi propia casa.

«Más allá de la victoria y de la derrota», G. Benn, citado por Peter Sloterdijk en sus cuadernos de notas 2008-2011 «Las líneas y los días»: conviene citárselo a menudo.

Las redes sociales, el mejor escenario para tener la  certeza de que los amigos de tus enemigos es más que dudoso que puedan ser tus amigos… o algo así, algo rotundo,  bárbaro, como de artista de variedades amagando un desplante al borde del escenario, que le hace dar unos traspiés que provocan las carcajadas de los cuatro borrachos que le escuchan en el bar de trueno donde actúa. (Guiñol de costumbres)

¿Por qué vas a respetar a quien no te respeta y del desprecio hace estilo?

Tu vida en harapos colgando de enlaces de la Red que un día desaparecen rotos, borrados y tu jirón de vida con ellos.

La prueba del doble

                                    

FECHADA en 1910, El copartícipe secreto, es una de las novelas de Joseph Conrad que tienen su materia en las experiencias de sus primeros viajes como capitán de un barco. Es una novela muy breve, pero de una intensidad y una precisión en la descripción de las pasiones (y en la muy hermosa del entorno marinero) que conmueven a sus protagonistas que la colocan al lado de los libros, digamos, mayores. Por no hablar de un asunto de fondo que late en esta obra con más fuerza que en otras y que atosigaría a Conrad a lo largo de toda su vida de escritor: el doble. Ese otro que podría haber sido de haber rolado el viento de la suerte. Qué habría hecho el propio Conrad de haberse visto metido en el papel del otro.

El narrador de El coparticipe secreto ha sido el joven capitán de un barco que hace su primer viaje en esa calidad y está orgulloso de su primer mando. El buque le gusta (más que la tripulación), aunque no lo conoce lo suficiente, pero ese viaje de regreso a casa desde las islas del Índico, que se promete feliz, cambia por completo por la inesperada llegada de un fugitivo, otro marino, un oficial joven, tanto como él, que va camino de convertirse en uno de esos vagabundos de las islas que darían los mejores personajes de Conrad y que huye de tener que dar explicaciones, más que de comparecer ante la justicia, por la muerte airada de un indeseable a bordo de otro barco. Se sabe condenado de antemano. Un fugitivo, un vagabundo en ciernes, que pide poco: una oportunidad, no la impunidad.

El de ese capitán y el de su huésped indeseado será un drama que permanecerá oculto al resto de la tripulación, ajena por completo a la pugna que tiene al camarote del capitán por escenario y que conducirá a que ese marino británico rompa las amarras que le unen a los suyos y acepte el castigo de convertirse en un hombre libre, lejos, pero en otro mundo.

            Joseph Conrad reflexiona de manera vibrante sobre la toma de partido por aquello que se estima justo aunque no sea, o a pesar de ello, lo convencional, lo que se espera de un caballero británico. La propia conciencia está por encima del debate de una justicia administrada desde el prejuicio. O lo que es lo mismo: la justicia no siempre está en las salas donde aquella se administra. Conrad. El corazón de sus tinieblas.  

**** Publicado en ABCD, noviembre 2005 (?)

Un juramento oscuro

8-1024x751Rescato este texto publicado a origen en un blog que mantuve abierto hasta julio del año 2019. A origen se publicó el 16/06/2013 para ilustrar esta fotografía de la que es autor Alejandro Merletti y ha circulado por las redes sin problema alguno, de modo que no veo que derechos asistieron a quienes de manera abusiva solicitaron su borrado (junto con muchas otras imágenes).

Hace unos meses, limpiando el ordenador, iba a tirar esta fotografía a la papelera, pero reparé en un pequeño, en un mínimo detalle: en la mano herida del personaje que aparece, brazo en alto, de frac (?) y con la cabeza gacha, a la derecha, bajo las puntillas de algún magistrado que no sale en la foto, aunque sí lo hagan D’Ors, Eijo Garay, el general Gómez-Jordana, Carrero Blanco, Juan Aparicio, José María Pemán (creo)… No me había fijado: es Pío Baroja.

Aquellos días de enero de 1938, cayó en Salamanca una fuerte helada y era fácil resbalarse y caerse en las calles casi a oscuras de la ciudad, como ya se había caído en Burgos unas horas antes. [Tiempos de tormenta, págs. 173 y sgs.]

A ese personaje de la mano herida se le ve abrumado, apesadumbrado y no creo que sea necesario señalar ni recalcar lo evidente. Tal vez esté dudando entre jurar, prometer o lo que sea costumbre. Tal vez esté deseando estar a muchos kilómetros de donde se encuentra en ese momento, en compañía de una gente que el pie de foto califica de: “Autoridades saludando brazo en alto en un acto oficial”. En realidad se trata del acto de constitución del Instituto de España, el 6 de enero de 1938.

El juramento redactado por D’Ors, decía: “Señor académico:  ¿Juráis en Dios y en vuestro Ángel Custodio servir perpetua y lealmente al de España, bajo Imperio y norma de su Tradición viva; en su Catolicidad que encarna el Pontífice de Roma; en su continuidad representada por el Caudillo, Salvador de nuestro pueblo?

“Responderá el Académico: ” Sí juro” [Boletín Oficial del Estado, Orden de  1 de enero de 1938, (Presidencia Junta Técnicadel Estado).

Y Baroja dice que dijo: “Lo que sea costumbre”; y dicen (Serrano Suñer) que dijo: “lo que manden”.

No sé lo que yo hubiese hecho de encontrarme a su edad y en su situación, pero entiendo bien que Baroja, ya que no podía hacerlo desaparecer del todo, intentara borrar las huellas o dar las menos pistas posibles de ese episodio que el tiempo y las trincheras convierten en algo bochornoso. Si la foto estaba en el copioso archivo fotográfico de Bera, o no la vi o no me la enseñaron, porque hasta ahora no había dado con ella ni había oído hablar o leído sobre esa estampa entre siniestra y grotesca. Lo intenté explicar en Tiempos de tormenta (Pío Baroja, 1936-1940), pero esta es otra historia.

Todos leen a Pío Baroja

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El cartel, obra de Julio Caro Baroja (Julito) que celebraba el centenario del nacimiento de Pío Baroja y la puesta en marcha de la nueva editorial Caro Raggio, me lo regalaron en 1986. Estuvo en la librería El Parnasillo, de la calle Paulino Caballero, y antes en Elur, de la calle Chapitela, en un. primer piso.  Desde que Lola Aldabe me lo regaló lo tuve en mi cuarto de trabajo hasta el año pasado cuando lo descolgué harto de Baroja, barojianos, barojianadas y canalladas del Kapritxines.

«Los caprichos de la suerte»

Nunca mejor dicho. Caprichosa, tornadiza la suerte… tanto como la amistad basada en la sumisión, el culto y el clero.
Asisto al bombardeo publicitario de la salida de Caprichos de la suerte orquestada a todo trapo. Es curioso, cuando en 2006 publiqué Miserias de la guerra, una novela más hecha y acabada que esta, acompañada de un largo trabajo, tanto una como otro fueron en la práctica silenciados; como lo fue la biografía Pío Baroja a escena, editada por Espasa Calpe, que no la presentó en ningún lado, y Tiempos de tormenta, el  ensayo exhaustivo sobre Pío Baroja y la guerra civil… como le consta de manera cumplida a José Carlos Mainer. Él sabrá por qué, seguro.
Esta novela de ahora, que es muy poca cosa literaria, por no decir muy mala, grotesca y plataforma de unas ideas zarrapastrosas sobre la guerra (pura senilidad) no fue “hallada” de manera sorpresiva y novelesca, sino que estaba repertoriada y descrita en 1987, y en parte ya publicada en otro lugar. La leí en 2005-2006 y si no la describí al detalle fue porque convine con la familia en que era mejor esperar a que se hiciera la edición de la obra. Estoy harto de explicarlo.
¿Me quejo? No, ¿por qué motivo iba a hacerlo? No pido nada, solo cuento lo vivido alrededor de esos originales, tras incontables horas de trabajo dedicadas a Baroja y a su mundo (un par largo de miles de páginas publicadas, conferencias al margen).
Aquí está visto que según quien firme las cosas, el trato es uno u otro. De la misma forma que la verdad depende del aplauso y de la fuerza, y del dinero. Cuando salió Miserias de la guerra dije que era un acontecimiento literario y un mafiosete de Asturias se me echó encima y me abucheó. Con Mainer no se atreven. Todos andan a ver que se sacan unos a otros. Mainer dice que es un acontecimiento mundial, estupendo, magnífico, pero hace unos años, cuando andaban disgustados entre ellos con motivo de la edición del último tomo de las obras completas, dejó escrito que Baroja era como “un tren de mercancías”. Igual es un elogio, pero no creo, más bien una muestra de ingenio despectivo.
La familia Baroja  se quejaba de que Mainer no había ido a rendirles pleitesía y a hacerles el rendevú con motivo de la publicación de las Obras Completas en Círculo de Lectores; Mainer por su parte lo hacía de que le habían dejado colgado el último tomo, el XVI, con una correspondencia, de la mucha que guardan a buen recaudo en su archivo*, que iban a publicar y al final no publicaron, de modo que los editores tuvieron que rellenar ese último tomo de cualquier modo, como bien sabe Mainer, aunque ahora calle (con el bolsillo caliente).
Las páginas de mi diario escritas en Itzea y alrededores, entre los años 2005 y 2006, son muy jugosas y creo que esclarecedoras. Las voy a publicar en breve. Guardo muy malos recuerdos tanto de la familia Baroja como de José Carlos Mainer y de sus amiguetes del hampa académica. Ellos dirán lo mismo de mí. Qué importa, eso ya no tiene remedio. La escorredura va para abajo. Caprichos de la suerte no sé, miserias y tristezas sí.

* Correspondencia esta que si un día ve la luz, dejará obsoletas muchas de las páginas de su biografía que hemos escrito.

** En la imagen mi dormitorio  y mesa de trabajo en Itzea, a comienzos de 2006, cuando preparaba la edición de Miserias de la guerra.

[8.XI.2015]

 

 A la desbandada (Los caprichos de la suerte)

 

Este no es el título anunciado para el «último inédito» de Pío Baroja, pero es el que en algún momento tuvo (Véase Guía de Pío Baroja, 198) y el que a mi juicio mejor se acomoda a las peripecias de los personajes que Baroja pone en escena, que Los caprichos de la suerte.
El cambio de títulos no tiene nada de particular porque Miserias de la guerra, según información de Pere Gimferrer, se iba a llamar Horas finales en un edición que ya tenía apalabrada con Julio Caro y que se frustró.
Baroja detestaba el boniment, es decir la palabrería de los charlatanes de feria para embaucar palurdos. La utiliza a menudo para referirse al hampa literaria nacional y extranjera. Dejando pues a un lado la puesta en escena de la noticia –convertida en eficaz anuncio publicitario–, lo cierto es que la existencia de esos originales inéditos que trataban de la Guerra se conocía desde hacía mucho, cuando menos para cualquier estudioso de Baroja, y no cabe hablar de hallazgos misteriosos ni de misterio de ninguna clase.
En 1972 los inéditos fueron exhibidos en la Biblioteca Nacional y creo que Juan Pedro Quiñonero dio la noticia de que Amorós poseía un ejemplar del que nunca más se volvió a hablar, tal vez porque alguien le hizo ver que no disponía de los derechos de autor. Los inéditos de Baroja, de manera más o menos precisa, aparecieron citadas en distintas publicaciones, así Pío Caro Baroja, editor de Guía de Pío Baroja (Cátedra, 1987), en el apartado «Obras inéditas», da cinco títulos y ninguno es Los caprichos de la suerte: «A la desbandada (Saturnales), Miserias de la guerra (Saturnales), Madrid revolucionario (Saturnales), La guerra civil en la frontera (Saturnales) y Pasada la tormenta». El autor de este breve catálogo fue Julio Caro Baroja.
Al repertoriar y describir los originales, Caro Baroja dijo:
«4. Una carpeta gris con el título: Novelas de la guerra (Inéditas). Contiene: Iª. Las Saturnales. Madrid revolucionario, 301 folios, fechado en Madrid, enero, 1951. IIª. Miserias de la guerra, 258 folios. IIIª. A la desbandada, 101 folios.»
Y en el apartado 10.:
«Una carpeta azul, en octavo, con esta indicación: Pío Baroja. Los caprichos de la suerte. Dentro dos paquetes. Iª. Saturnales. Miserias de la guerra (fragmentos). IIª Saturnales. A la desbandada (Fragmentos). Que llamó primero Los caprichos de la suerte».
Dado que ese trabajo es de Julio Caro Baroja, hecho con las carpetas de originales delante, alguna credibilidad habrá que conceder a lo escrito… ¿no?
¿Es relevante la elección del título? En absoluto. Creo que en este caso se impone el criterio de los herederos ya que el autor no fijó de manera firme el título. Además, quisicosas al margen, lo que cuenta es poder leer esa novela, todo lo crepuscular o mediocre que sea, y continuación de Miserias de la guerra. Una pieza más del rompecabezas barojiano y una muestra de su voluntad manifestada en varios lugares, de llevar la guerra a los papeles.

 

Entre 2005 y 2006 trabajé en los originales inéditos cuando establecí el texto de Miserias de la guerra y así pude comprobar que la novela unas veces se llama de una manera y otras de otra, y que está formada por tres paquetes de cuartillas mecanografiadas, cosidas con liza. Sobre el estado del mecanoscrito ya advertí en el año 2007 que es delicado, dada la calidad del papel empleado.
Como digo, Los caprichos de la suerte vendría a ser una continuación de Miserias de la guerra, aunque en todo o en parte hubiese sido escrito antes, durante el exilio parisino de Baroja. Y desde luego está estrechamente emparentado con otros títulos de esa época, cuando no habla de lo mismo: El hotel del cine, El cantor vagabundo, la ya citada Miserias de la guerra, todos los libros de memorias que tratan de su exilio parisino (como Aquí París), y Los caprichos del destino, de 1948 (incluido en Los enigmáticos), no ya por el muy significativo título, sino por los personajes (femeninos) y las situaciones: el hotel donde el protagonista vive en París, Rue des solitaires, donde jamás hubo un hotel llamado «Del cisne»; en cambio, en la plaza del Castillo de Pamplona, sí, y Baroja lo vio, en la rue des Solitaires, no. Como humorada me parece fantástica.
A ‘Los vascos en su rincón’, del capítulo VIII de Los caprichos, podemos encontrarlos en Rojos y blancos y en Extravagancias (inédito, pero utilizado); la defensa de no haber firmado el manifiesto de apoyo a Rusia que hace Goyena, está en Miserias de la guerra y en Pasada la tormenta.
Los personajes que en Miserias de la guerra padecen esta en Madrid, han conseguido huir del Madrid rojo en Los caprichos de la suerte, y tras errar algo por tierras españolas llegan a París donde sufren los rigores del exilio (como el autor). Sonámbulos, extraviados, atrapados, con pocas posibilidades de salir del callejón en el que están metidos.
Vuelve a aparecer Carlos Evans, el militar inglés ya recurrente, Escalante, de la tertulia del Club del Papel, Elorrio, contrafigura de Baroja, que se convierte para la ocasión en Goyena; salen a escena Gloria y Flora con sus dramas, en los que se ve mezclado Goyena que cree vislumbrar el espejismo del amor hasta que las circunstancias se lo llevan por delante. Sobrevivir en un medio hostil, de eso se trata: la vida de Baroja y lo que Isabel Criado llamó sus «estados confusionales», desde los que escribió.
La actitud de Pío Baroja ante la Guerra Civil expresada en la novela no puede ser más catastrofista. Para él, que se pretende neutral, pero salta a la vista que trata mejor a los blancos que a los rojos, la única salida es la fuga, algo que hacen sus personajes.
De dos de ellos –su contrafigura Goyena (Elorrio) y Evans, el militar inglés–, escribe Baroja: «Uno y otro pensaban que la única solución que habría podido tener la República Española habría sido la dictadura, una dictadura inteligente… sin opresión espiritual de ninguna clase».
A mi modo de ver tiene más interés el estado de ánimo de Baroja (a través de sus contrafiguras), es decir su sólido trasfondo autobiográfico, que sus opiniones sobre la guerra, la República y sus hombres ya expresadas hasta la saciedad en libros de aquella época, o las esquemáticas peripecias de sus personajes que sonarán a muy conocidas a los lectores de Baroja.
Hablé de esta novela inédita en varios artículos y en el ensayo Tiempos de tormenta (Pío Baroja, 1936-1940), del año 2007.
«El último Baroja inédito verá por fin la luz»
Ese es un titular del diario ABC de días pasados, muy parecido, si no el mismo en cuanto al fondo, al de otros artículos publicados en otros medios de comunicación acerca del «descubrimiento» de un inédito de Baroja, del que se dice que es «el último». No es así. Presumo buena fe en el autor del titular, pero no estaría de más saber con certeza de dónde han salido o desde dónde se han echado a rodar los bulos, algo más que ignorancia, o si solo han sido maneras del barullo mediático.
Los caprichos de la suerte no es el último Baroja inédito porque entre los últimos libros de memorias publicados no aparece Pasada la tormenta, de modo que este está pendiente de publicación, con las correcciones que figuren en la copia mecanografiada y las cuartillas manuscrita añadidas en varias ocasiones… incluso alguna acotación como «Esto queda para otro libro» que hace pensar en el trabajo febril de Baroja, componiendo y recomponiendo libros.
El libro pertenece a ese periodo crepuscular, no tan falto de vigor y chispa como decía Isabel Criado, hacia 1972, cuando escribió de las obras de ese periodo sombrío, y desde luego después de la publicación del Pascual Duarte, de Cela, a cuyo prólogo (que no hizo) se refiere.
Entre el año 2005 y 2006, pude leer una versión de 261 (más o menos) cuartillas apaisadas, casi todas mecanografiadas, menos unas pocas que son autógrafas.
Pasada la tormenta es un libro de recuerdos, opiniones y digresiones de índole diversa –, políticas, históricas, literarias–, episodios autobiográficos, y ajustes de cuentas y defensas literarios –uno muy divertido contra Ángel María Pascual, el poeta falangista de Pamplona, que le había acusado de dormir vestido en casa de una marquesa a la que había sido invitado y de no lavarse–. Cuartillas entre las que hay siluetas de diversos personajes –Lequerica, Cossío, Chaves Nogales…– y dos versiones que me parecen particularmente interesantes: la del «enjarretamiento» (genuina expresión barojiana) del libro Comunistas, judíos y demás ralea –cuartillas 171 a 175– y otra no menos interesante del asesinato de Federico García Lorca, con un retrato cruel del poeta que no pudo ahorrarse –cuartillas 237 a 240–, porque aduce «haberla oído explicar a dos paisanos suyos». También este título estaba censado por Julio Caro Baroja en la Guía de Pío Baroja, entre los trabajos inéditos. Di cuenta de él, después de haberlo leído, en diferentes trabajos publicados en los años 2006 y 2007 que ya me resulta tedioso hasta citar, pero que los doctos no ignoran.
Diré también que Pasada la tormenta no sería el último «inédito encontrado» porque con el material reunido en las carpetas repertoriadas por Julio Caro Baroja todavía se podrían «enjarretar» uno o dos títulos más, empezando por Extravagancias y siguiendo por Hombres extraños. Y si no, al tiempo

*** Artículo publicado en Cuarto Poder el 2-VII-2015, cuatro años antes de la arremetida de los herederos de Baroja.

El Café Viena

Café Viena - Archivos de la Comunidad de Madrid

El Café Viena de la calle de Luisa Fernando y Mendizabal, de Madrid, abrió sus puertas en 1928, a cargo de Manuel Lence, «un galleguito muy panadero» (según Baroja), que les compró la panadería a los Baroja porque esta no daba y con la que Lence se hizo rico (Viena Capellanes). Durante unos años la panadería funcionó en la casa de los Baroja y el mismo Lence vivió en el inmueble. Luego en los locales se instaló la imprenta y editorial de Caro Raggio. El solar lo compró Lence después de la Guerra Civil.