Los Novios de la Muerte

 p10609171Si el ministro Margallo compara a Puigdemont con Hitler, y otros de la misma tropa a los independentistas catalanes con ETA, podemos los demás establecer las asociaciones que mejor nos parezcan a la vista de sus andanzas.

 «Los novios de la muerte» fue una cuadrilla de mercenarios y delincuentes de varia nacionalidad, que actuaron como hombres de mano en el narco-golpe boliviano de 1980 a las órdenes del nazi Klaus Barbie. Entre ellos, un protagonista (famoso) de los hechos criminales de Montejurra 76 y un ex legionario del Tercio español, si no dos, que está refugiado en la Costa del Sol, qué casualidad, dedicado al coleccionismo de armas y a los homenajes patrióticos.

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En todo caso, como demuestran los documentos gráficos que se conservan, al menos tres de aquellos delincuentes lucían en su uniforme insignias del Ejército español: Tropas nómadas y Goes (guerrilleros)… supongo que ese detalle no habría pasado inadvertido a la Embajada española.

         Las tropelías que aquellos novios cometieron en Bolivia lo fueron con la música de fondo y de carga del «Soy el novio de la muerte», su himno oficial, berreado sobre todo en un famoso burdel que era su cuartel general.

         Como he dicho somos muy libres de establecer las asociaciones que nos venga en gana cuando una noticia como la patriótica astracanada de los ministros entonando ese himno guerrero que, en tiempos, era muy de bar de trueno y de gente que, padeciendo el prurito militar, había eludido por listos, por familia, por apellido el servicio militar.

         Soy el novio de la muerte no es una canción cualquiera. La cante quien la cante está mucho más asociada al Tercio de extranjeros, fundado por Liniers y Millán Astray, y a la Legión, y esta a las atrocidades cometidas en Asturias en 1934 y en la guerra civil, tanto en Andalucía o Extremadura, como en el norte, cuando llegaron, que en pretendidas misiones humanitarias de cuyo contenido nada que no sea publicitario sabemos, a la espera de que haya periodistas o cronistas de verdad independientes que sobre el terreno se informen y nos informen del qué y del cómo, al margen de las políticas engañosas del Gobierno.

         Las heroicidades marroquís de La Bandera, la novela de Pierre Mac Orlan llevada de manera irreprochable al cine por Duvivier, quedan muy lejos. ¿Qué intereses defendían aquellos soldados que sufrieron lo indecible en el Rif? Por cierto, cuando se estrenó en Pamplona la película, el 3 o 4 de agosto de 1936, hubo bronca en el cine.

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Ver a tres ministros de un país europeo, no confesional, berreando y sacando pecho en una mojiganga patriótica-religiosa en la que se mezclan churras con merinas, no es solo grotesco, sino también indignante, aunque esa indignación a nada conduzca. Cada vez son más los que aplauden o comparten este neomilitarismo autoritario, revuelto con brochazos religiosos a ser posible milagreros, convertido el conjunto en Tradición, es decir, en tabú. Esto, a mi modo de ver, dibuja un país que no ha roto con su pasado y que sobre los cimientos de una dictadura está edificando un régimen turbio. Con ese canto sale a relucir el verdadero rostro de un ministro de Justicia, de otro de Cultura, de otro de Interior… como si hiciera falta. No dejan pasar un día sin que sepamos quiénes son.

         Y ese himno tenebroso, con no ser el oficial de la Legión, es ampliamente compartido de manera arrebatada por un paisanaje poco proclive a la reflexión independiente, laica, y al celo cívico, y sí a la chulería del matarife o del torero, empleada siempre contra un enemigo fraternal. Un paisanaje que necesita episodios épicos que tienen a algún enemigo real o ficticio como objetivo… otros también tienen los suyos. A cada cual su épica y sus himnos.

         No quiero creerlo, pero voy viendo que cada vez son más las cosas que nos separan que las que nos unen, salvo que comulguemos con la doctrina gubernamental del día o vayamos en cuerda de presos… y sobre todo que respetemos en silencio reverencial las ideas y creencias del prójimo mientras este hace burlas de máscaras destrozonas con las nuestras.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias de Navarra (Grupo Noticias) el 1.4.2018

**** Sobre la historia boliviana de «Los Novios de la Muerte» apuntaré esta bibliografía, consultada repetidas veces a lo largo de los últimos años, junto con mucha otra de artículos aparecidos en prensa boliviana:

Gustavo SÁNCHEZ SALAZAR y Elisabeth REIMANN, Criminal hasta el final. Klaus Barbie en Bolivia, Ediciones B, Barcelona 1987.
En concreto el capítulo IX, páginas 135 a 148, titulado «Los Novios de la Muerte».

Peter McFARREN  y Fadrique IGLESIAS, Klaus Barbie. Un Novio de laMuerte. Vida y crímenes de un nazi no arrepentido. Una experiencia personal con el «Carnicero de Lyon», Editorial Plural, La Paz, 2014.

LAB- IEPALA (Instituto de Estudios políticos para América Latina y África), Narcotráfico y mafia en Bolivia, Iepala, Madrid, 1982.
* En realidad el autor fue el sacerdote Gregorio Iriarte (OMI), según reiterada afirmación por mi recogida en nuestros encuentro en Cochabamba. La publicación fue anónima para evitar represalias.

Manuel VAZQUEZ MONTALBÁN, Mis almuerzo con gente inquietante, Ed. Planeta, Barcelona, 1984. Entrevista con el español Ernesto Milá que participó en el apoyo al narcogobierno de García Meza, preso hoy en la cárcel de Chonchocoro por los delitos cometidos durante su mandato presidencial.

 

 

La rojigualda y sus escenarios

DSC_0318* Llevaba días rondando esos descampados en los que las casas de lujo, las colonias, los chalets medianos se dan la mano con escombreras y derribos, casuchas y chabolas, como las que hay debajo de la rojigualda flameante en la tarde, antes de que una patriótica tropa de jitos con sus perros salieran al grito de «¡Están sacando afotos!»

* Perros peligrosos y banderas rojigualdas, las de la monarquía, como expresión y afirmación de una ideología, infundir miedo más que respeto.

* Esa proliferación de banderas rojigualdas en lugares donde la sagrada unidad de España no es atacada ni de lejos, acaba resultando agresiva porque su mensaje se reduce a un estás conmigo o contra mí.

* Todo concuerda con un tono general de culto a lo patriótico gubernamental que deja fuera –la Anti España de nuevo– todo lo que no sea comulgar con esa idea del país sagrado.

Tiempo de bochorno

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Casi peor que los hechos denunciados por la prensa independiente relativos al misterioso master de Cristina Cifuentes, ha sido la manera servil en la que la Universidad Juan Carlos I*, como institución universitaria, se ha prestado al juego político, al menos durante unos días, recurriendo a falsedades manifiestas, silencios y pretendidos secretos, como el de la protección de datos, cuando de falsedad documental se estaba hablando.

         Finalmente la Universidad se ha visto obligada a investigar lo sucedido con el master de la presidenta de la Comunidad de Madrid, acosada por lo que parecen pruebas o datos irrefutables y sonrojantes.

         Lo sucedido ha desvelado una realidad: la autonomía universitaria académica resulta servidora de los dirigentes políticos de una comunidad y una pieza más de la espesa red de favores debidos que explican la solidez de un sistema corrupto hasta las cachas… eso al margen de una devaluación de trabajos académicos convertidos en una especie de moneda de cambio, más cara para unos –los alumnos que han puesto esfuerzo en sus trabajos– que para otros, como Cifuentes.

         No hay día que no aparezcan nuevos testigos o se desvelen datos objetivos, difíciles de desvirtuar, que corroboran lo que de manera benévola se toma como una «irregularidad», cuando lo sucedido ofrece perfiles delictivos o cuando menos poco decorosos en quien ejerce un relevante cargo público. La desfachatez habitual. Esa al menos es la apariencia. Que sea bochornoso no quita para que tenga sus apoyos, más políticos que éticos.

         Por enésima vez habrá que decir que si esto hubiese sucedido en otro país europeo, la interesada hubiese ya dimitido, pero no estamos en otro país, sino en este en el que parece que el mal gobierno es algo que viene tan de lejos que se toma como algo tan habitual que resulta incuestionable y en el que es muy raro que se produzcan dimisiones. No hay sentido de la decencia pública y no importa lo poco o mucho que estén fundadas las acusaciones que se reciban: lo sucedido con el expresidente Sarkozy por financiación irregular es otro ejemplo. Aquí, impensable.

         No recuerdo quién contaba la anécdota, pero el caso es que en plena borrasca de corrupción de hace años, cuando le preguntaron a José Luis San Pedro si creía que sus ex alumnos de Economía habían sido capaces de los desmanes de los que eran acusados, dijo que no podía afirmarlo, pero que resultaba verosímil.  Y eso es lo que ahora mismo sucede, que todo resulta verosímil, que concuerda con un clima político general de impunidad y abusos de poder por mucho que este se encuentre apoyado de manera asombrosa en unas urnas.

         Cristina Cifuentes ha recibido a su prepotencia habitual un duro golpe, que sería raro se solventara con una morterada de demandas y querellas dirigidas contra todos aquellos que han publicado noticias sobre sus master y sus circunstancias, una vez que la fiscalía ha decidido emprender acciones procesales de investigación.

         A Cristina Cifuentes le ha venido bien el encarcelamiento de toda la cúpula política del independentismo catalán porque su chapuza ha pasado a un segundo plano. Una vez más, los escandalazos que persiguen al Partido Popular como insidiosos buscapiés, han quedado apagados por  los avatares del proceso catalán y ahora mismo los de la formación de un gobierno autonómico que cada vez se ve más claro está intervenido por el poder central que no va a parar hasta conseguir un gobierno autonómico a su gusto, lo que pone el sistema democrático en algo más que en entredicho.

         Con o sin órdenes de prisión, y de busca y captura, lo que ha quedado una vez más patente es que resulta muy difícil sostener que el nuestro es un clima civil de elemental de confianza y buena fe sociales. Al revés la sospecha de que las instituciones están tocadas, seriamente dañadas, más acordes con un entramado de negocios no siempre claros cuando no descaradamente fraudulentos, que con el servicio público que más parece una entelequia burlesca.

* En el artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, se decía, por error, que era la universidad Carlos III.

Masereel… y su ciudad

6a00d8341bfb1653ef017ee83feadc970dSiempre me ha gustado esa despedida del grabador Franz Masereel en su libro La ciudad. Vista así es una despedida alegre, que contrasta vivamente con esta otra de Federico Fellini en I vitelone

Hay ciudades de las que no te vas, no porque no quieras o no puedas, sino porque en realidad nunca has estado del todo en ellas, poco importan ahora los motivos.  Ayer mismo un amigo chamarilero que había cambiado de nacionalidad y se había hecho cubano como sus ancestros me dijo: que nacer en donde naces «es una desgracia como otra cualquiera». Irremediable por tanto. Hay un momento en que irse o quedarse no tiene la menor importancia: lo que cuenta es que no estabas, que la mayor parte de los intereses comunes te eran ajenos y que apenas compartías, cada vez con menos gente, algo que no fueran borrosos recuerdos infantiles, porque de los juveniles mejor ha sido hablar lo menos posible y del andar desarbolado menos todavía. Al final no tienes sitio porque no has sabido hacértelo. El desarraigo de fondo, la inestabilidad emocional, la inadaptación social ya sea la corta o a la larga, tienen mal arreglo… esto lo resumiría todo. Y el «adiós a todo eso», de Robert  Graves, se refiere a esto último y nada más que a esto último que solo a mí me compete. La escritura es otra cosa. El escritor donde vive es embarcado en su mesa de trabajo, lo demás, «servidumbres de paso.

Libros destruídos, invisibles…

Libros destruídos, invisibles… en busca de editor alguno de ellos, como esa biografía de Baroja, publicada en 2006, por la editoria Espasa y hoy destruída; y todavía en busca de lectores ese ensayo sobre Pío Baroja y los años de la Guerra Civil y su exilio entre forzoso y voluntario en Francia.

No es ese el primero de mis libros que es destruido y que ni siquiera conoce esa segunda vida de las ferias del libro de viejo. La mayoría de los autores conocemos esta situación, son reglas del mercado: lo que no se llega a vender en un par de temporadas, se destruye. La marea incesante de novedades manda.

Lo de los libros en busca de lector es diferente porque su suerte depende mucho de los periodistas culturales, los redactores de los suplementos literarios con sus filias y sus fobias, y los bonzos académicos que, sobre según qué asuntos, dan o no, su beneplácito, y el de Baroja, hecho trinchera banderiza, es uno de ellos.

Así las cosas, no es difícil pensar que trabajas para poca cosa, por amor al arte, por prurito grafómano, por figurar en el pueblón en el que vivas o en el barrio por el que te muevas con tu tribu. Sobreponerse a esa sensación de inutilidad es un requisito indispensable para seguir dándole a la péñola y alimentando de paso una voraz industria editorial que, con lectores o sin ellos, se mueve entre la apisonadora de gran tonelaje y la modestia del carrito de los helados.

 

Adiós a todo eso

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Una fotografía en pequeño formato tirando a borrosa y no fechada, aunque sí localizada, en Sos del Rey Católico en concreto. Los personajes tuvieron una presencia pública señalada en los años previos al golpe militar de 1936 y posteriores, aunque fueran decayendo poco a poco. El de la izquierda es Fermín Yzurdiaga, el «cura azul de la Falange», el de la derecha el escritor Ángel María Pascual, su amigo y discípulo, fallecido en 1947, de cuya obra literaria y periodística me ocupe hace años de manera acuciosa (más tiempo perdido y más empeños inútiles) para unas ediciones oficiales que es lo mismo decir que clandestinas. Aquellos dos personajes –singulares, cada cual a su modo– tuvieron poder, al menos durante unos años, desde la palestra del diario Arriba España que ellos fundaron y dirigieron, más fascistas (según compruebo en documento manuscrito que poseo) que meramente falangistas. Fueron del entusiasmo del Salón del Arquero –D’Ors, Vivanco, Rosales, Foxá, Torrente, García Serrano…– a la decepción de la posguerra y de ahí, al derribo, al tedio de una ciudad en la que todo era pardo, pardo, pardo. La fotografía estaba entre las páginas de un libro del desbarate de una copiosa biblioteca y no sé a dónde irá a parar porque a mí se me han pasado las ganas de glosar aquella época y a sus protagonistas: ni para execrarlos siquiera en su ideología. La sentimentalidad de la pequeña ciudad que practicó  AMP hoy me asusta más que otra cosa, me remite a un mal sueño que tiene un dédalo de callejas de humo doliente y lluvia como escenario. Es más, siento ese vértigo que acompaña a lo que se percibe como irremediable.

Chuquiago. Deriva de La Paz.

DYWz25hW4AATcNKAcaba de salir de la imprenta y podré tenerlo en la mano en unos días. Es para mí una novedad y no lo es en la medida en que es una versión corregida del libro publicado en La Paz el año pasado por la editorial 3 600. Cambios, pocos, los necesarios para hacer comprensibles algunos pasajes al lector español. El año pasado, ese libro fue un éxito en Bolivia, al menos para mí, inesperado, gratificante. Publicarlo ahora en una editorial como La línea del horizonte es para mí una suerte inesperada desde que su editora lo aceptó con entusiasmo.  Quiero creer que desde ese momento cambiaron las tornas porque  empezaron a llegar bien dadas. Ese libro va a ser un espléndido compañero de viaje.

En esas páginas no está toda La Paz, tan solo la espuma de bastantes viajes y de mucho caminar por la ciudad. Una ciudad ni la agotas ni de verdad la atrapas, se te escapa, está viva, cambia mucho más rápido de lo que tú puedes darte cuenta y lo que hoy escribas, es posible que mañana solo sea reminiscencia, escritura de lo invisible.

Calle del Desengaño

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Gezurtegi, difunto,  personaje de varias de mis novelas, resucitado ahora mismo en «Recuerdos durmientes», solía decir: «Cuando los camareros te tratan de tú, las putas te saludan por la calle y pierdes continuamente al póker, ha llegado el momento de cambiar de ciudad». Lo solía decir cuando aparecía de improviso en escena escapando de alguna trampa, de algún embrollo raro que tenía a una geografía difusa (la del embuste) por escenario y antes o después de que, en la misma barra de bar, un contrabandista de armas tomar me dijera que si lo pillaba le partía las piernas. Muertos, todos muertos y Jesús las cosas que hemos visto en esa calle del Desengaño de nuestra ciudad invisible de la que guardo un adoquín de granito de la mañana muy lluviosa en  que Alfaguara me rechazó un par de novelas y encontré unos cuadros de un pintor que fue famoso en los 70′ y que habían terminado en un contenedor de basura. Podría haberme llevado más, pero los vagabundos urbanos se echaron en montón reñidor sobre el contenedor y se llevaron muchos, toda una época pop, homenaje a John Coltrane decía uno de ellos… pero esta no es otra historia, es la misma historia, la del desengaño y la de los recuerdos durmientes.

Mala calle, mala

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* Hay una edad para todo. Camino de los setenta años no puedes vivir, no vives de hecho, como si estuvieras en la cuarentena.

* Empeñarse en enmendar los errores del pasado es quedar prisionero de ellos. Es preciso echárselos a la espalda y vivir de manera obstinada en el presente. Es demasiado lo que está pendiente como para retocar lo irremediable.

* A cierta edad, el zascandileo de la escena es papel de reparto: el gotoso del sainete.

* Se puede desaparecer de escena sin poner tierra de por medio, aunque sea más saludable cambiar de aires.

* Comentario agrio del amigo Brunster, en Valparaíso, hace ya más de diez años: «Qué suerte la de ustedes, los europeos, que pueden desaparecer cuando quieren, a nosotros nos desaparecen»

Calle de las impertinencias

c impertinencias (2)* Descaro, agresividad, maneras destempladas, desdén por el trabajo del prójimo, descalificación inter pares, apuntación fiscal en lugar de ideas creativas, otros tantos ingredientes del discurso del intelectual puntero… hasta que lo derriban.

*La mano que te tiende con desgana el arrogante y el soberbio tiene mucho de lapo, y si has cometido el pecado de no reconocerle asoma la navaja en su mirada.

* Oh, la jacarandosa impostura del paseante solitario que sin parroquia entregada no es nadie.

*Oh, el alto prestigio de la soledad entre los zascandiles y enredabailes de profesión u oficio

* Apostilla: «No morir como un monarca, rodeado de cortesanos, galenos, prelados y notarios; Morir como un animal herido, en lo más profundo del bosque, en el corazón de la selva oscura, solo, donde no cabe esperar socorro ni compasión de nadie.» Julio Ramón Ribeyro en Prosas apátridas.
¿Bosque? Con la sordidez de un moridero hecho negocio basta y sobra.