Carmiña

C-vEhbvXUAAZQksHoy apareció Carmiña Martín Gaite en escena. Nunca voy a olvidar aquella vocecica: «¡Vete de aquí, que aquí te vas a morir de asco!». Me lo dijo en la Estación del Norte un día que bajé a acompañarle a coger el tren de Madrid. No le hice caso y sé que lo lamentaré mientras viva. Encuentros de Madrid y Pamplona, en el Luarqués, entre dos sesiones de biblioteca del Ateneo, en Chicote y algún otro café, otro día saldrán otros escenarios y otras conversaciones, llamadas, regaños,  regalos, consejos, críticas feroces, lecturas lápiz en mano –la de El pasaje de la luna–, paseos, como aquel por el de Ronda hasta meternos en las ruinas de Capitanía donde nos salió un yonki cuchillo en mano que se cayó de espaldas nada más pedirnos la guita y era el aniversario de la muerte de su hija; la mañana de la Cafetería Florida, rancia, el día que discutimos y desplegamos la idea de poner en escena (y el cómo) a don Tristán de Barraute y Elío, aventurero carlista, 1873-1876, y en la guerra ruso-otomana, 1877-1878, Bulgaria, París, Pau, Paul-Jean Toulet, todo lo que años más tarde acabó en En Bayona, bajo los porches; otra comida en el Luarqués la víspera de que yo viajara a Varsovia en el otoño de 1989, su presentación de La gran ilusión en Chicote, los poemas de Travesía de la noche que tanto le gustaban; aquel manuscrito de Macanaz que encontré en un anticuario… Supongo que habré contado estos jirones en alguna otra ocasión. A cierta edad te repites, los recuerdos van y vienen, perdidos y recurrentes,  y más que contar, te cuentas, para no olvidar, fragmentos de lo vivido que lo mismo dan calor que acusan y ponen un nudo en la garganta.
«Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa… Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía…» No sé si ha venido Carmiña de la mano de Zitarrosa o ha sido al revés.
Y Zitarrosa, que estuvo acompañando esta mañana de nieblas y frío: «dile a la vida que viva».

Platillero de la banda (por Claudio Ferrufino-Coqueugniot)

 

Cierta vez me preguntaron qué me hubiese gustado ser. Pensaron que mi opción de quién, más que de qué, estaría entre Günter Grass y García Márquez, pero no. Contesté que platillero en una banda. ¿No lo oyeron? Platillero, haciendo piruetas con los platos dorados, girándolos entre mis manos como si fuesen mariposas, en la celebración del Señor del Gran Poder, o del Gran Joder, vamos.

Lo recordé este amanecer lluvioso -llueve menos que en Macondo- mientras la casetera tocaba La Motilona, cumbia de Los Alegres Diablos. Chas, chas, que aquí viene el ritmo, platillo en la cabeza, media vuelta, giro y contragiro, arriba, con los dedos, igual a los negros basquetbolistas norteamericanos que de la pelota hacen un mundo que da vueltas sin parar. (Sigue, en el blog de Claudio Ferrufino-Coqueugniot, Lo coq en fer, aquí enlazado)

Ese golpe (golpazo) de platillos que pone en marcha el cortejo, la entrada… en mi caso una diablada de papel, trasladada de Oruro a La Paz, pero con sus Chinas Supay de reglamento, sus diablos, sus pecados capitales y virtudes, su san Miguel, su banda de bombos, tubas, trompetería y platillos, todos mediados, baldados… ¡Platillazo! ¡Tuba!… si como escritor no arriesgas a cada intento o no intentas caminos nuevos, estás perdido.

Tartufos librescos

18767747_506300532827206_5995812273367244873_n«Tengo buena suerte, pero mala racha…», rezaba la pintada de la noche de Zaragoza.

Firmes partidarios de la «alta literatura» frente al bestseller, te dicen sin venir a cuento para halagarte, les ves de seguido perdiendo el culo por fotografiarse al paso con los autores de moda, los que venden, aquellos a los que los medios de comunicación les hacen pintar algo, sonriendo, inclinados para salir en la foto… Ay, amigo, la propia existencia de relieve para engañar a la nadería necesita pruebas y a cierta edad hay que ir pensando en la posteridad, en el dichoso relato.

Rumbo a no sé dónde, en Youtube

 

Qué es y qué no un dietario se explica mejor leyéndolo (no el autor, sino el lector de ocasión). Todo lo que diga su autor es parcial, interesado y me temo que oculta más de lo que puede revelar lo escrito. El día a día y sus bote prontos se explican por sí solos.
Para quienes estén interesados hay otros fragmentos en Youtube.

 

Va para largo

unnamedMejor no engañarse y admitir que a pesar de las euforias, esto va para largo. Esté uno u otro arriba o abajo en la rueda de la fortuna electoral del PSOE, me temo que las cuestiones de fondo van a seguir donde estaban y que la coalición PP-PSOE ya armada en cuestiones concretas sigue siendo una amenaza para cualquier cambio social y político de los que se ambicionaban hace cuatro años. Para empezar, el nuevo líder socialista, cuyo triunfo fue aplaudido hasta por los que lo han padecido, ha aplazado la puesta en marcha de su política al otoño, cuando lo cierto es que las acciones políticas de calado no admiten demora ni sesteo. Malum signum.

         Hace años se hablaba mucho de desencanto, no sé si se acuerdan; más adelante, cuando una buena parte del país despertó de manera brusca de su letargo, la palabra mágica para hablar del clima social fue indignación. Las dos cayeron en desuso y no tanto las palabras como su sentido, origen y oportunidad.

         Quien ha conseguido una victoria pírrica te dirá que los cambios van viento en popa, pero está claro que una moción de censura está condenada al fracaso mientras el PSOE no la apoye, y que el referéndum catalán corre serio riesgo de acabar de mala manera. Lo primero significa la posibilidad de cambio político, casi de régimen (al extremo al que ha llegado la situación), y de devolver a la democracia lo mucho que Rajoy y los suyos le han quitado; lo segundo que el modelo de Estado es inamovible, es decir, que las cosas van a seguir como están ahora mismo, o peor, con más ejercicios de fuerza, y con ellos otros cambios no menores. Dudo mucho que sea derogada la ley Mordaza, que se reviertan las privatizaciones, que se fiscalicen y auditoríen empresas públicas o semipúblicas, que se reforme la educación en profundidad a riesgo de ser considerados regresivos, que se detenga el saqueo de la ciudadanía en beneficio de la banca, la contratación basura, los despidos; que se garantice la vivienda por encima de políticas económicas asociales; que no se transforme la administración de justicia en una sucursal del ministerio de la policía y de gobernación, o lo que es peor, de la sede del partido político en el Gobierno, en una alarmante consolidación de la dictadura parlamentaria y de la impunidad.

         La acción política parece reducirse a la burla, el chiste, el insulto, la demanda, el desahogo, la greña, los numeritos de gallera parlamentaria, más deplorables unos que otros, el imparable baile mediático de dirigentes, que marea, y mucho, mientras que cunden las demostraciones de fuerza de la derecha, en algunos casos apoyadas de manera asombrosa por la propia policía, algo que hubiese resultado intolerable en sentido contrario. ¿Tienen las Marchas de la Dignidad la misma fuerza que en su primera convocatoria o también ahí ha cundido el desánimo? ¿Cuál es la fuerza que puede hoy ejercerse desde la calle y cuál la capacidad de aguante de una oposición condenada a envejecer siéndolo?

         Cierto, no todo es así, no seamos derrotistas, pero prefiero no olvidar que en estos cuatro años los motivos de indignación no solo no han desaparecido, sino que han cundido de manera alarmante, tanto como los modos de represión. Los abusos gubernamentales ya rutinarios no han debilitado al poder político actual, al contrario, han provocado una explosión de bulla cómplice, como sucede en toda dictadura que se precie. El próximo asalto será sin duda a los espacios donde sí se han conseguido cambios, por mínimos o modestos que estos sean, con la ayuda de una población que ve siempre con malos ojos las disidencias, los cambios y las rebeldías, aunque sean institucionales y estén amparados en las urnas; una población y unos medios de comunicación que hacen de la violencia un arma eficaz y aplaudida.

         No se trata de conspiraciones de clase alguna, sino de la triste realidad de que una mayoría política, que se confunde con una mayoría social, no quiere cambio político alguno, en defensa explícita de los intereses económicos que representa la casta gobernante. Y así vamos tirando, a trompicones.

*** Artículo publicado en los diario del Grupo Noticias, 28.5.2017.

Las pirañas y los «eitis», Je me souviens*

Portada-PirañasJe me souviens de la época en que escribí Las pirañas. La comencé a mediados de la década de los ochenta –felices, década prodigiosa– y la acabé cuando la farra empezaba a oler a chamusquina.

Me acuerdo de que un año antes de empezar esas páginas había colgado mi toga de abogado para siempre, o casi, porque aun me costó unos años sacudirme los últimos pleitos.

Me acuerdo de que para mí fueron los años de mis primeros libros –Trieste, Seix Barral, Anagrama–, años de luces y de sombras.

Me acuerdo de que fueron años de euforias, de proyectos culturales que dieron en nada o en poca cosa (por suerte algunos cogieron alas y sobrevivieron), de espectáculos, de mucho aborrecer «lo muermo», de agitación, de crímenes, de arrebuches económicos, de negocios sucios, de especulación salvaje, y en los que «el más tonto hacia relojes de madera», eso se decía mucho. Lo mismo el «hay pasta en el aire, solo basta…» y aquí se amagaba un cuco gesto con la mano en forma de cazuela.

Me acuerdo de que el país se sacudía el pelo de la dehesa como podía y florecían los gastrósofos, los filarmónicos, los taurinos, los catadores, los philosophes, los morrofinos y los hedonistas bulliciosos.

Me acuerdo de que la Transición invitaba a dejar los viejos uniformes de campaña en la consigna del otro barrio y apuntarse a la arruga es bella, en lo ideológico o de la mano de un estilista rompedor, o mejor, de las dos cosas.

Me acuerdo de que los pensadores de Bandera roja o Estrella roja o algo, no sé, pero radical, descubrieron, con idéntico entusiasmo, la buena vida, los pesebres del Gobierno y hasta el neo-pop.

Me acuerdo de que las ejecutivas regionales del partido en el Gobierno eran trampolines olímpicos para dar en le gloria de las eléctricas.

Me acuerdo de que unos iban ya de mano y ganaban, y otros perdían nada más salir a la pista porque ya venían con una perdigonada de mala suerte o de impericia en el ala.

Me acuerdo de que las euforias y el «vivir la vida a tope» se llevaron a unos cuantos por delante.

Me acuerdo de que fueron los años de la perica a cucharadas soperas, del jaco, de las andadas mayúsculas, las comilonas, el estreno de la política profesional que a la postre beneficiaba despachos profesionales de todas clases, desde los que luego se compraban billetes de lotería premiados para enjuagar dinero negro.

Me acuerdo de que los promotores-constructores neoliberales, y feroces, antiguos maoístas, ORT o LCR-LKI, te hacían pagar la mitad de la compra en negro con una desfachatez mayúscula. Así lo vi y así lo recuerdo. Los corruptos estaban en su apogeo, forrándose y nadie parecía darse cuenta.

Me acuerdo de la noche en que uno de los protagonistas de la novela entró en el bar de la tribu al grito de «¡He descubierto que el mal y el bien ya no existen!» y pidió, feliz, un gin-tonic bien tirado, antes de ir «a visitar a Roca».

Me acuerdo de los guardias de seguridad de una autovía del norte amenazada por ETA que llegaban de madrugada, borrachos, a la zahúrda que les servía de oficina, entre blasfemias y carcajadas y se les caían las pistolas por las escaleras. Era una empresa pufo, de socios fantasma, como tantas otras (1º, izda.).

Me acuerdo de que había político del partido en el Gobierno que en sus fiestas regalaba hachís envuelto en un sobre de la Dirección General de la Policía…

Me acuerdo de la llamada de Pere Gimferrer que leyó las primeras páginas de borrador cuando yo estaba terminando Tánger bar en una habitación del Monasterio de Leyre…

Je me souviens, también aquí. Sería mejor un escueto inventario de recuerdo como meteoritos que un sesudo tratado sobre aquellos años cuyo oro pinta el tiempo de mugre, y que alcanzó su culmen en los despropósitos de la Expo 92 de Sevilla.

No me acuerdo como si fuera ayer porque no quiero, porque prefiero que fuera hace más de veinticinco años, porque las barracas de aquella feria esperpética cuelgan el cartel de «Cerrado por defunción», «Liquidación por derribo» o «Cerrado», a secas.

* Ejercicio a la manera de Georges Perec

Después del después

Imposible no comentar los resultados de las elecciones en el ya muy denostado PSOE, tanto que daba la impresión de que todo el mundo sabía más de sus entresijos y ambiciones políticas que los propios militantes y dirigentes. Yo no sé lo que sucede dentro del PSOE y fuera apenas, pero espero que quien se ha alzado con el triunfo, Pedro Sánchez, sea de verdad consciente de quiénes han sido sus encarnizados opositores dentro, y sobre todo fuera de su partido, desde posiciones de poder económico, mediático y político. Resulta inquietante que hasta los enemigos naturales del partido socialista apoyaran la descarada candidatura progubernamental y prosistema de Susana Díaz, y manifestaran de manera ferviente su deseo de que perdiera el hoy ganador: políticos de la derecha y de la extrema derecha, comentadores volatineros, medios de comunicación gubernamentales, una parte significativa y poderosa de su propio partido… por no hablar del público que ha volcado su furia, su humor, su esperanza y su mala leche en las redes sociales, a favor y en contra de unos y de otros.

Visto lo sucedido hasta ahora resultaría muy raro que ese conglomerado de enemigos políticos se conformara con el resultado de las urnas socialistas y no pasara a la acción del acoso y derribo.

Fue memorable un post de redes sociales del domingo pasado que decía que El País había perdido las elecciones. Su editorial del día siguiente se comenta solo. Triste, como poco, al haber sido ese un medio de referencia de una España que parecía progresista y tal vez lo fue en algún momento. (Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 24.5.2017, aquí enlazado)

Presunción de inocencia

Vergüenza ajena, como poco, es lo que produce la defensa de la presunción de inocencia por parte de quienes durante años han practicado el linchamiento más impune, tanto en medios de comunicación como en redes sociales, en las que se ha difamado a placer. Todo es válido si de tus enemigos, que no adversarios políticos, se trata.  Ah, eso sí, si el dedo acusador te señala, a ti o a tus compinches, es otra cosa, el reclamo y la petición de amparo son inmediatos,  y la puesta en tela de juicio de la actividad policial lo mismo, esa que habían elogiado y alabado sin recato en otros casos que los beneficiaban.

Durante años ha sido habitual ver portadas de prensa, leer titulares y escuchar declaraciones oficiales sangrantes, todas acerca de detenidos utilizados como trofeos de la lucha antiterrorista que o bien han salido libres sin juicio, después de largas permanencias en prisión o han sido absueltos por el tribunal que los ha juzgado. Silencio. Los mismos medios y los mismos comunicadores que se cebaron con ellos y los lincharon, callaron luego, como callan ahora mismo cuando eso sucede.

Me fio de Michel Onfray cuando en un ensayo reciente sostiene que la prensa, hoy, equivale a un tribunal de excepción. No se trata de informar, sino de derribar al enemigo político, al objeto de nuestra animadversión, se trata de ganar la partida, de amañarla. Prensa y redes sociales, todo depende del alcance y del poder que va con ellas, y de las servidumbres político-económicas que tengan.

Pero si esa presunción de inocencia resulta cosa de tartufos, no le va a la zaga lo sucedido ahora mismo con los informes de la guardia civil remitidos al juez instructor acerca de las actividades de la Cifuentes y otros conspicuos miembros de la casta pepera gobernante, implicados de lleno en casos de una corrupción y un mal gobierno que exceden en mucho lo económico y tienen impregnado el tejido social: la doblez y la falta de escrúpulos en lo público y en lo privado.

En este caso, lo más chusco ha sido que quienes han dirigido la brutalidad policial –ampliamente documentada de manera gráfica, hasta que esto fue prohibido–, multado, amedrentado, pergeñado y aprobado una abusiva ley Mordaza y unas reformas del Código Penal propias de un régimen policíaco, hablen ahora de la amenaza de un estado policial y se rasguen las vestiduras porque una institución administrativa pueda suplantar las decisiones y actos judiciales, algo que ellos mismos han practicado en propio beneficio. Tartufería en estado puro, que no siempre lleva aparejado el descrédito de esa casta política y social, porque hay quien silencia sus mañas toscas y quien las aplaude como si de faenas taurinas o manos de poker bien jugadas se tratara. Que no hablen del bien común porque cuando lo hacen están refiriéndose a joder a alguien.

Además, indignante es que una ley represiva, y sin otra motivación que esa, sea a la vez una fuente de saneados ingresos para el Estado en manos de quien la ha puesto en circulación, que redunda en la más completa inseguridad jurídica para la ciudadanía, cuya presunción de inocencia o inocencia a secas está siempre en entredicho.

El nuestro es el país del esperpento, eso lo tengo claro, pero un esperpento de derrota, más que un verdadero sacudimiento de conciencias que invite a actuar de manera urgente y directa, en la calle y en el Parlamento hasta donde se pueda.

Hace unos días, Felipe Alcaraz escribía que «es una pena que en una situación como la que sufrimos haya connivencia e incluso se moteje de frivolidad y circo a una moción de censura». Estimo que tiene razón, pero por mi parte añadiría que más pena es que una parte significativa de la ciudadanía no «sufra» la actual «situación» o no parezca hacerlo, sino que por apoyo expreso o por un viejo fatalismo de refranero y perro apaleado, la sostenga como si no pasara nada, confiando en que quien tiene el poder, tiene por ello la razón con él y que nada es nunca tan grave como parece mientras no te toque, y aun así.

*** Artículo publicado en los periódicos del Grupo Noticias, 21.5.2017

Biarritz, pasos perdidos.

DSC_0094.jpegHace ya un año que tengo que pasar un día a la semana por Biarritz por motivos no del todo agradables ni propios del flâneur. Es más, el flâneur escapa de esas residencias de ancainos que en realidad son morideros de los que si nos libramos es de milagro o por haber reventado antes: Je voudrais pas crever... A veces me asomo al mar, salpicado de surfistas, otras deambulo por calles solitarias, de silencio,  flanqueadas de villas muy hermosas, en estilos neo-vasco, modernista, paliego-pomposo, cortijero andaluz… que están cerradas la mayor parte del año y hablan de un pasado cada vez más remoto y más convencionalmente novelesco, poblado de personajes que parece salidos, y a veces lo hacen, de alguna novela de Patrick Modiano. Los nombres de esas casas son vascos, rusos, franceses, ingleses… Hace treinta años (1987) utilicé alguna de ellas como decorado de una novela La caja china que tardó muchos años (demasiados) en ser publicada y que no he vuelto a abrir. Novelas que no podría volver a escribir, aunque quisiera. Mi idea de la escritura y de la invención novelesca, hoy es otra, por mucho que me sigan resultando atractivas esas incógnitas de las casas cerradas, los nombres desaparecidos y los objetos que como toda huella dejamos a nuestra espalda.

Unas semanas atrás di con  esa Villa Cocodrilo, pero no llevaba la cámara. Hoy he acudido con ella y una mujer mayor que estaba tirando un paquetón de periódicos a la basura, me ha preguntado si buscaba algo. Cuando le he señalado el nombre de la villa ha exclamado con una pronunciación graciosa: «¡Ah, le cocodrilo!» y se ha vuelto A su casa a carcajadas. Ignoro qué historia puede haber detrás de ese nombre tan exótico: un excéntrico, un original, un rico americano, un humorista, un hombre de circo, un cazador…