A sus paisanos (Luis Cernuda)

Por fortuna no es mi caso, pero el poema me parece muy bueno.

A SUS PAISANOS

No me queréis, lo sé, y que os molesta
Cuanto escribo. ¿Os molesta? Os ofende.
¿Culpa mía tal vez o es de vosotros?
Porque no es la persona y su leyenda
Lo que ahí, allegados a mí, atrás os vuelve.
 Mozo, bien mozo era, cuando no había brotado
Lengua alguna, caísteis sobre un libro
Primerizo lo mismo que su autor: yo, mi primer libro.
Algo os ofende, porque sí, en el hombre y su tarea.

¿Mi leyenda dije? Tristes cuentos
Inventados de mí por cuatro amigos
(¿Amigos?), que jamás quisisteis
Ni ocasión buscasteis de ver si acomodaban
A la persona misma así traspuesta.
Mas vuestra mala fe los ha aceptado.
Hecha está la leyenda, y vosotros, de mí desconocidos,
Respecto al ser que encubre mintiendo doblemente,
Sin otro escrúpulo, a vuestra vez la propaláis.

Contra vosotros y esa vuestra ignorancia voluntaria,
Vivo aún, sé y puedo, si así quiero, defenderme.
Pero aguardáis al día cuando ya no me encuentre
Aquí. Y entonces la ignorancia,
La indiferencia y el olvido, vuestras armas
De siempre, sobre mí caerán, como la piedra,
Cubriéndome por fin, lo mismo que cubristeis
A otros que, superiores a mí, esa ignorancia vuestra
Precipitó en la nada, como al gran Aldana.

De ahí mi paradoja, por lo demás involuntaria,
Pues la imponéis vosotros: en nuestra lengua escribo,
Criado estuve en ella y, por eso, es la mía,
A mi pesar quizá, bien fatalmente. Pero con mis expresas excepciones,
A vuestros escritores de hoy ya no los leo.
De ahí la paradoja: soy, sin tierra y sin gente,
Escritor bien extraño; sujeto quedo aún más que otros
Al viento del olvido que, cuando sopla, mata.

Si vuestra lengua es la materia
Que empleé en mi escribir y, si por eso,
Habréis de ser vosotros los testigos
De mi existencia y su trabajo,
En hora mala fuera vuestra lengua
La mía, la que hablo, la que escribo.
Así podréis, con tiempo, como venís haciendo,
A mi persona y mi trabajo echar afuera
De la memoria, en vuestro corazón y vuestra mente.

Grande es mi vanidad, diréis,
Creyendo a mi trabajo digno de la atención ajena
Y acusándoos de no querer la vuestra darle.
Ahí tendréis razón. Mas el trabajo humano
Con amor hecho, merece la atención de los otros,
Y poetas de ahí tácitos lo dicen
Enviando sus versos a través del tiempo y la distancia
Hasta mí, atención demandando.
¿Quise de mí dejar memoria? Perdón por ello pido.

Mas no todos igual trato me dais,
Que amigos tengo aún entre vosotros,
Doblemente queridos por esa desusada
Simpatía y atención entre la indiferencia,
Y gracias quiero darles ahora, cuando amargo
Me vuelvo y os acuso. Grande el número
No es, mas basta para sentirse acompañado
A la distancia en el camino. A ellos
Vaya así mi afecto agradecido.

Acaso encuentre aquí reproche nuevo:
Que ya no hablo con aquella ternura
Confiada, apacible de otros días.
Es verdad, os lo debo, tanto como
A la edad, al tiempo, a la experiencia.
A vosotros y a ellos debo el cambio. Si queréis
Que ame todavía, devolvedme
Al tiempo del amor. ¿Os es posible?
Imposible como aplacar ese fantasma que de mí evocasteis.

«Balada de la galleta marinera», de Guillermo Quiñonez

Este poema de Guillemo Quiñonez me gusta mucho, me devuelve los mejores días de Valparaíso, de la mano de Adolfo de Nordenflycht, querido amigo, poeta, allí en Cerro Alegre.

«Quiñonez se había enredado indisolublemente con Valparaíso» (Carlos León)

Canto que a nadie ha de interesar es éste.
Ahí reside su júbilo.
Ni al predicador inútil y solitario, ni a mí.
Ni a esa joven morena, toda sollozos, por un sueño venido,
seguramente, desde los ojos de un santo, tan santo,
Que nunca hizo un milagro.
Dos fantasmas le robaban los senos con las caricias de su amante.
Y nada de lo demás conmovió sus duros corazones:
ni la sortija china en la larga llama de su dedo,
Ni la tristeza latina de su boca.
A nadie ha de interesar: ni al bandido sin daga en el cinturón,
en el imprevisto instante en que le cortó el camino un ahorcado,
sin prisa, orinando, en su ancha soledad, desde un álamo,
por cuyas ramas bajaba el tiempo oro y cobre del otoño.
Y al intentar maldecir y volver por su puñal conoció la trágica
revelación: la voz y la palabra ya no eran en él.
¿Cuántos ojos lloraron en su cara, entonces?
Toda historia de bandidos tendrá siempre menos interés
que la de mercader inclinado sobre el mostrador hipnotizando a su víctima,
con la fuerza primaria de la víbora a su presa.
Schiller, el germano, ya sabía esto.
A nadie ha de interesar este canto: ni al avaro suicida,
al verificar en sus talegas una moneda de menos, tomada por su hija.
El invierno, ya está, ahí, como la calle al otro lado de la puerta,
vistiendo traje de bruma y gorra de frío.
Avanza, cargado como un dios mítico, con los fardos de un pasado desaparecido.
Pero su agonía se queda trasnochando para siempre en nosotros.
Ha sepultado recién al príncipe encantado del otoño, escenógrafo
de los suburbios del mundo, donde la lámpara de la tristeza jamás agotó su luz.
Y también los caminos rurales por donde van los arrieros
y vagabundos, con sus perros labrando cansancio, sed y hambre antiguos,
como el hombre desde siempre.
El invierno está ahí.
Avizora que una de las olas destroce el faro, para entrar al puerto.
Comodoro de alta mar y archipiélagos, su pericia y audacia
rechaza brújulas y cartas.
Su bitácora anota tempestades altas y naufragios profundos, nada más.
Los vendedores de tortillas y castañas calientes suben los cerros
de la edad del mar-océano.
En la niebla agoniza la luz de los faroles.
Y detrás del pregonar fragante a aguardiente, viene la lluvia.
El grillo levanta, entonces, su espiral de hielo.
El sapo, con su croar transforma el lodo en aéreo paisaje de cristal.
Sí. Ahí está invierno. Viste traje de bruma y gorra de frío.
Mi oído capta a través de los muros las toses de los ancianos,
cuyos pechos suenan a carreteras viejas o a engranajes mutilados.
Y los ojos descubren la voracidad del tiempo en los rostros de las mujeres,
ayer, solamente, admiradas.
¡Ah! pero los amores quedan dentro del corazón como el verde pasto
o el relincho muerto en el cuero de la bestia.
Y la gran luz negra en el fondo del ojo seco del cadáver.
Y el tiempo en la maquinaria rota del reloj.
Canto de abismos alucinados, precipicios y vértigos.
Semejante a esta latitud marinera de alma submarina,
tal la jibia, el coral, el hipocampo y su amazona, la sirena.
De arquitectura e ingeniería idéntica eres, Valparaíso,
a la del océano en tempestad.
Entre cerro y cerro anclan los huracanes a calafatear sus quillas
de alta sombra. Y a parchar las velas quemadas por la sal.
La oscuridad abre su párpado de aceite.
Oficia un canto funeral a otr /> La elegí entre varias traídas por mi padre al hogar.
Mi ternura, abundante, la clavó a uno de los muros de mi cuarto.
Era de rostro desventurado como las heroínas de los folletines
del siglo diecinueve, que precipitaron en sollozos y suspiros
a las abuelas fragantes a azucena e incienso.
Jamás las riberas de su origen me preocuparon, ni la lengua
en la que las mujeres arrullaron su venida al mundo.
Sabía, solamente, de su arribada en un velero,
cuya bandera ignorábamos todos.
los tripulantes marineros de yersey azules.
Bajaban a tierra cantando y fumando pipas,
el humo les entregaba la dirección de los vientos.
El mascarón de proa glosaba la pasión y el lirismo pagano
de los arrogantes armadores.
Quizá, fuera nórdica, de alma profunda como los espejos antiguos,
en cuyos interiores desaparecieron hombres, mujeres y atavíos.
Italiana, lírica, religiosa y penitente.
Francesa, gustadora de los licores color ámbar,
y, de los atardeceres perfumados de garúa.
Inglesa, rubia en libra esterlina.
Española, apasionada y sensual; rojo cirio en misa negra.
Portuguesa, soñadora y sentimental.
Pálida eras, galleta marinera, como las manos de una doncella
regresando de las tinieblas del amor.
Distante de las jarcias donde los vientos aúllan, sangran y se doman;
lejos de las tétricas sentinas, tumba de las iras
y de las maldiciones de los aparejos, espacio de terror
donde la muerte se asusta.
Destino de los capitanes posesos y de los marineros desertores
que enloquecían, mordidos por la sal y el silencio,
y devorados eran por las grandes ratas ciegas.
Sepulcro del grito, de la voz, de la alarma,
del gemido, por ningún oído captado en las noches de zozobra,
cuando las linternas de los entre – puentes
se apagaban y rompían como las alas de zancudos.
Fuera del mar, del olor a brea y yodo,
alucinada por las rutas solitarias, la pereza de los pairos,
las islas negras, verticales y sonoras,
habitadas por fantasmas golpeando campanas altas de plomo,
llamando a los lentos buzos rezagados, dentro de las escafandras,
con los ojos abiertos, llenos de sueños marítimos
de bancos de perlas y fabulosos galeones, se desgarraba sin voz.
Añorando el tráfico de playas enmohecidas
y las caletas de olas viejas, seguramente,
enfermó del mar y de sus maleficios.
Y una noche y un día, leal a su tradición,
se disolvió, en la larga humedad del muro de mi cuarto.
Día o noche en que el trueno reventaba y llenaba de terror
el vacío corazón de los seres.
La nostalgia del mar -océano y sus horizontes
le habían mordido el alma como a los perros de los veleros,
que bajaban a tierra con las tripulaciones
y se quedaban dormidos debajo de los catres de los lenocinios,
arrullados por la música febril de los somieres,
y, después, morían en los malecones, ladrándole a las velas,
cargadas de vientos, de todos los barcos.
En la épica y en las leyendas del mar
flamean las banderas de todos los piratas.
Se escucha, el estampido de todas las culebrinas.
Se coleccionan los cofres de todos los corsarios,
y la heráldica de la galleta marinera se perdió
en un silencio de agua y harina.
Lentamente, el mundo crece y se hace redondo
como una naranja adentro del invierno.
En las travesías, los vigías envejecían en las cofas,
sin lograr dejar en las cubiertas el grito augural
¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!
En ese minuto.
En esa hora, hubo un millón de siglos en un día.
En ese instante, están todos los cojones de España
encima de las olas o en el fondo de los mares,
amortajados en la canción de cuna gris -azul.
DON CRISTÓBAL COLON,
liendres y piojos en su larga cabellera de almirante
en los océanos y de las tierras, comenta a su corazón
la órbita universal de su soledad.
Los navegantes que regresan le han jugado a la brisca,
a los dados, vida y destino de la muerte.
Vuelven mascando tabaco. Y con presentes de monos,
doctos en gestos obscenos y loros letrados en sucias palabras.
Los reyes desairan a los embajadores.
Antes, se hacen mostrar un indio todo cobre
como la Cordillera de los Andes.
Y consultan a los teólogos si es pecado mortal
comer papas indígenas con costillas de cerdo,
y vinos cristianos.
Los gentiles caballeros demuestran a su dama su valor y osadía
acariciándoles la concha a la gran tortuga de las islas Galápagos.
De la carcajada. Europa se sumerge, hunde en el espanto
y la meditación.
En esa hora.
En ese tiempo, entra a la cámara de los capitanes
y a los putrefactos bodegones de las tripulaciones, la mujer.
La mujer de goma.
Elástica, flexible, serpiente, cazando insectos en el seco aire del verano.
Cintura delgada de madrigal.
Caderas largas de ola.
En los ojos la selva y el pasado del mundo.
Mujer de los equinoccios y de las auroras boreales.
Por ella, las quillas se internaban en los golfos.
Atraviesan, cabos, cruzan estrechos alcanzan islas.
Por ella, la Cruz del Sur. Y los cuatro pétalos de la Rosa de los Vientos.
Por ella, las islas de azúcar, canela y vainilla.
Los países de almizcle y esmeraldas.
Las tierras de oro: América, Cipango, Catay.
STELLA MARIS.
Mi corazón se ha abierto como una mano planetaria.
en afán de pintar todo el firmamento, para proyectarse
desde las estrofas de mi canto, al otro lado de la leyenda.
GALLETA MARINERA.
Tu recuerdo se había hundido con las últimas fragatas,
bergantines y veleros, de distintos deshechos y brújulas equívocas.
¡Bergantines! ¡Galeones! ¡Veleros! ¡Arboladuras!
¡Epifanías del espacio!
En el fondo de los océanos vuestra belleza, singular y mágica
como las olas urgentes de la luz, ignorada fue
por el alma de los hombres aptos sólo
para amar sus rostros pintados de vanidad.
En las cuadernas, los moluscos mudos y ciegos se reproducen alegremente
y se nutren de seculares maderas: roble, pino, teca.
Canto a lo desaparecido, a lo olvidado, es. ¡Oh tristeza!
Canto que a nadie ha de interesar es éste.
Ahí reside su júbilo.

Escribe Carlos León:
«Curioso personaje- este Guillermo Quiñonez, que tripulaba a Valparaiso. con su andar oscilante de marinero recién desembarcado, o mejor todavía, trasladado desde su barco. a ese viejo pontón que es Valparaiso. Es la ciudad que por obra y gracia de la poesia que es como decir de la magia (en ella
todo es posible y hasta la muerte suele
exlraviarse pues posee cementerios intimos
y entrometidos como plazas y plazas desoladas como cementerios y sus pasillos
parecen calles y sus calles, clubes sin
estatutos ni reglamentos…

Memoria I, Yorgos Seferis


  Y el mar ya no existe

Yo no tenía más que una flauta de caña en mis manos;
desierta era la noche, en menguante estaba la luna
y la tierra fragante después del aguacero.
Yo murmuraba: la memoria, donde se la toque, duele;
apenas si hay un poco de cielo, el mar ya no existe,
lo que se mata durante el día, por carradas se lo arroja detrás de la colina.

Distraídamente mis dedos jugueteaban con aquella flauta
que me regaló un viejo pastor porque le di las buenas tardes.
Los otros han olvidado ya el saludo;
se despiertan, se afeitan e inician el día de la matanza
así como se poda o como se opera, metódicamente y sin pasión.
El dolor es un cadáver como Patroclo y ya nadie se deja embaucar.

Yo pensé tocar un aria, pero me abochorna el otro mundo,
aquel que me ve más allá de la noche, en el corazón de mi luz,
tramado de cuerpos vivos, de corazones desnudos,
y el amor, que tanto pertenece a las Furias
como al hombre, a la piedra, al agua y a la hierba,
y aun a la bestia que enrostra la muerte asiéndola.

Así avanzaba sobre el sendero oscuro.
Me volví a mi jardín, enterré la flauta de caña
y nuevamente murmuré: un día, al alba,
la resurrección vendrá;
el rocío de esa mañana centelleará como centellean los árboles en la primavera.
Y otra vez será el mar… Y todavía Afrodita surgirá de las olas.
Somos la simiente que perece. Y regresé a mi casa vacía.

(De Diario de a bordo III)

«Andenes», de Jorge Teillier

Andenes

Te gusta llegar a la estación
cuando el reloj de pared tictaquea,
tictaquea en la oficina del jefe-estación.
Cuando la tarde cierra sus párpados
de viajera fatigada
y los rieles ya se pierden
bajo el hollín de la oscuridad.

Te gusta quedarte en la estación desierta
cuando no puedes abolir la memoria,
como las nubes de vapor
los contornos de las locomotoras,
y te gusta ver pasar al viento
que silba como un vagabundo
aburrido de caminar sobre los rieles.

Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
el pueblo donde querías llegar
como el niño el día de su cumpleaños
y los viajes de vuelta de vacaciones
cuando eras  -para los parientes que te esperaban-
sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.

Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
juega un solitario. El reloj sigue diciendo
que la noche es el único tren
que puede llegar a este pueblo,
y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
mientras el hollín de la oscuridad
hace desaparecer los durmientes de la vía.

De “El árbol de la memoria” 1961

La confesión de un granuja (Sergéi Yesenin)

LA CONFESIÓN DE UN GRANUJA
Noviembre de 1920
Traducción: Gabriel Barra y Jorge Teilier.


No todos saben cantar,
no todos pueden ser manzana
y rodar a los pies de los demás.


Esta es la suprema confesión
que puede hacer un granuja.


Ando intencionalmente despeinado
con la cabeza como una lámpara a petróleo.
Me gusta iluminar entre tinieblas
el deshojado otoño de vuestras almas.
Me gusta cuando las piedras de los insultos
vuelan hacia mí, como el granizo de una eructante tempestad.
Entonces sólo oprimo con más fuerzas
la pompa oscilante de mis cabellos.

Con cuánto cariño recuerdo
el estanque invadido por la hierba y el ronco tañido del aliso,
y que en algún lugar viven mi padre y mi madre,
a quienes todos mis versos no les importan un comino,
pero que me aman como al campo y a su propia sangre,
como a la llovizna que en primavera mulle los brotes.
Ellos les clavarían a ustedes sus horquetas
por cada injuria que lanzan sobre mí.¡

Pobres, pobres campesinos!
Seguramente ya están feos y viejos
y aún temen a Dios y las ánimas del pantano.
Oh, si pudieran entender
que su hijo
es el mejor poeta de Rusia!
¿Acaso sus corazones no se helaban
cuando sus pies desnudos tocaban los charcos del otoño?
Ahora anda con sombrero de copa
y zapatos de charol.

Pero vive en él, con ímpetus de antaño,
el mismo aldeano travieso.
Desde lejos saluda con reverencias
a las vacas pintadas en los letreros de las carnicerías,
y cuando se cruza con los coches de la plaza
recuerda el olor del estiércol en los campos natales
y está dispuesto a levantar la cola de cada caballo
como la cola de un traje de novia.

Amo mi patria.
¡Amo inmensamente a mi patria
!Aunque exista en ella la tristeza y la herrumbre de los sauces.
Me gustan los hocicos fangosos de los cerdos
y las voces estridentes de los sapos en el silencio nocturno.
Estoy enfermo de recuerdos de infancia.
Sueño con la humedad y la niebla de las tardes de abril.
Como queriendo entibiarse
nuestro arce se encuclilló ante la fogata del ocaso.
¡Cuántos huevos robé de los nidos de las comadrejas
trepando de rama en rama!
¿Será el mismo con su cima verde?
¿Será como antes tan dura su corteza?

¿Y tú, mi querido,
mi fiel perro overo?
La vejez te ha puesto gruñón y ciego
y vagas por el patio arrastrando tu cola caída,
tu olfato ya no distingue el establo de la casa.
Cuán queridas me son aquellas travesuras
cuando hurtaba pan a mi madre
y lo mordíamos por turno
sin sentir asco uno del otro.

Soy el mismo de antes
y mi corazón es el mismo.
Los ojos florecen en el rostro como azulíes en el centeno,
y al extender las esteras doradas de mis versos
quisiera decirles mis palabras más tiernas.

¡Buenas noches!
¡Buenas noches a todos!
La guadaña de la aurora ha enmudecido
sobre la hierba del crepúsculo…
Siento unas ganas enormes
de mear la luna desde la ventana.

¡Luz azul! ¡Es tan azul la luz!
En este azul ni siquiera morir importa.
¡Qué me importa parecer un cínico
con un farol colgando del trasero!
Mi viejo, buen y derrengado Pegaso,
¿acaso necesito de tu trote apacible?
He llegado como un amo severo
a cantar y glorificar las ratas.
Mi cabezota, como agosto,
vierte el vino burbujeante de los cabellos.

Quiero ser el velero amarillo
que va hacia el país adonde todos navegamos.

*** Del muro de César Rodríguez de Sepúlveda.

Tufos de tarasca

No por estar la Tarasca bailando ahora mismo en otra comunidad resulta por ello menos amenazante. La política española corre el riesgo de caer en el autoritarismo más descarado de la mano de la mala intención  y de una extrema estupidez representada eficazmente ahora mismo por la IDA al asalto no ya de la presidencia de su partido, sino de la presidencia del Gobierno y de la mano de la extrema derecha que ve con ella la oportunidad de entrar en él y hacer de las suyas. Corta de luces y chabacana, sin complejos,  Isabel Díaz Ayuso, la IDA, representa una nueva forma de hacer política que es viejísima o cuando menos muy vista. El suyo es un discurso político bronquista hecho a base de «mentiras, insultos, desfachatez y obscenidad», como señalaba un comentarista político hace nada. Sin escrúpulos y como representante de una masa social que en ella se aplaude a sí misma, que con ella ha conquistado una forma social en la que se encuentra cómoda. No está sola. Tiene hasta cabezas pensantes que la apoyan a sabiendas de su cortedad de luces. Alguien le escribe sus monumentales sandeces, sus proyectos de una sociedad peor.

Todo conspira para el desgaste del actual Gobierno: el golpe blando y continuado de los jueces, amos indiscutibles de la situación, el golpe mafioso de las eléctricas que advierten sin lugar a dudas de su poder político, el deterioro intencionado de los servicios sociales cargado de inmediato en el Gobierno de coalición… Gracias al desparpajo de una juez, la IDA se ha librado de la responsabilidad de lo sucedido en las residencia de ancianos que ella admitió en público gestionar: los testimonios aterradores de los ancianos sobrevivientes no sirven para nada. Han entrado en el terreno de las noticias falsas, las leyendas urbanas y los rumores. El discurso político de esta gente es hacer de la verdad, patraña, y viceversa.

Te repites, pero es que la realidad lo hace con insistencia abrumadora. Hartos. Baldados. La agenda mediática, el pase de hechos al que tú asistes como espectador, gira en torno a los mismos o muy parecidos despropósitos.  Tú te limitas a aplaudir, a abuchear o a patear la función. No hay mucha diferencia entre el comentario de pretensión sesuda o sarcástica, y la alborotada pileta de voraces murenas que son las temibles redes sociales.

         Y ahora Madrid y la madrileñofobia, que no es otra cosa que el rechazo por parte de madrileños y de quienes no lo son, pero temen ser tratados como tales, a una política más autoritaria y violenta que neoliberal, que también. Una banda de macarras con mando en plaza.  

Madrid, «rompeolas de todas las Españas», escribió Antonio Machado en un poema de guerra. En boca de la IDA, Madrid es faro, ahí es nada, faro de la España rojigualda, la una, española y muy española, la grande  y la libre, sí, pero de terrazas y cañas mil, en el que quiere encaramarse todo el mundo. Un cuadro  que así pintado mete no sé si miedo o asco. La IDA, ensoberbecida y encanallada de palabra, resulta amenazante con sus dislates porque si ahora mismo ve el milagro de un Madrid lleno de madrileños, ya hace tiempo que piensa en una estado español lleno de lo mismo y solo de eso, a sus madrileños me refiero, a los que ella considera buenos españoles, los auténticos, como el gandul de Abascal, que tienen la sagrada misión de borrar del mapa a los malos españoles que todavía son muchos, demasiados, pero no tantos como para tener una cómoda presencia parlamentaria que aleje el peligro de una involución política y social de envergadura, de cosecha propia y de reclamo de la extrema derecha que reclama sus medidas políticas a cambio de sus votos, hoy la memoria histórica, mañana la ley LGTBI, pasado las viviendas sociales o las prestaciones ídem, que pasarán a fondos buitres. Ellos no gestionan sentimientos, cierto, cierto, solo sus cuentas corrientes y las de quienes les mantienen en el poder. Madrid como negocio, como patio monstruoso de Monipodio. En sus manos peligran  las conquistas autonómicas y los derechos generados en su desarrollo. Todo lo que se haga para impedirlo será poco.

*** Artículo publicado en Diario de Noticias, de Navarra, y otros periódicos del Grupo Noticias, 19-IX-2021

Así pintaba la tarde

Estaba leyendo La noche que llegué al Café Gijón, un libro que me produce una tristeza enorme, como otros de Umbral, con páginas de hojarasca entre las que saltan a cada paso destellos luminosos de hallazgos verbales o juicios literarios certeros. Digo leyendo, hasta que tropiezo con un rabioso subrayado de cuando compré el libro en una librería desaparecida: «De las provincias, sí, hay que irse corriendo» (enero de 1978). Ni me fui ni en el fondo me he ido nunca, por muchas vueltas que haya dado. En esas estaba cuando han llamado a la puerta con golpes de aldaba, que para eso está. Era mi vecina Elurre Iriarte acompañada de un viejo, viejo amigo, el escritor vasco Anjel Lertxundi, Andu para los amigos y para siempre. Carajo, que me he emocionado. Hacía más de diez años que no le veía. Nos hemos puesto pelmicas hablando de forma atropellada de recuerdos de juventud y de jumentud, en aquellos años setenta: los primeros artículos de prensa, en Egin recién fundado, hasta que nos echaron, pronto la verdad, en Ere luego, los primeros libros, los veranos de Zarauz, los encuentros de Donostiastián, de Madrid, con Jorge, de Alberdania, de Barcelona cuando fuimos a presentar no sé qué y no apareció nadie y Gimferrer nos dijo que aquello parecía un poema de Joan Brossa… Carajo, insisto, qué suerte he tenido en la vida con mucha de la gente que he conocido y lo mucho que de ella he recibido. Será la edad, el tiempo del recuento y del descuento, el de las muescas que nos ha dejado el vivir como hemos podido, las pérdidas y las ganancias. La amistad hay que atraparla como al diablo, por la cola, y no dejar que escape a lo tonto, por rutina, por pereza porque mañana hay mucho tiempo y por el etcétera.
«Pues lo que uno busca en sus admiraciones, en sus amistades sinceras, es la corroboración de un deseo secreto: que alguien se salve del tiempo. Si no uno mismo, alguien, otro. Alguien querido o admirado, a ser posible».

Bayonesa

Cumpliendo con el vicio de pasar por Bayona en día de mercadillo de cochambres, pero luminoso, antes de regresar a casa perseguido por mi propia sombra a hacer un rato de poesía (mala) de la experiencia, o de dietaridescouilles, como si a alguien le pudiera interesar a dónde vas o de dónde vienes, o si te compras un libro o dos. Qué petulancia la tuya, aunque no tanta como la de Pinocho de Alzate, alias Dosdedosdefrente, representante de la gomina hispana y del cuento vasco, que es, en sus manos hamponas, peor que el chino (cuento) o que el de la pera de Murcia.

Por lo demás, qué vas a contar. Las cosas en su sitio, más decoradas, eso sí, que hace dos años, esos que se han esfumado como por arte de ilusionista apolillado y nos han dejado baldados, hechos pecios de nuestro propio naufragio. Todas las previsiones líricas y filosóficas se han quedado cortas. Nos despedimos en conocidos o saludados, en judas de sobremesas, y nos vemos, de lejos, en enemigos, nos desconocemos, nos damos miedo o asco. Somos –¡ellos, ellos…! nosotros no, nosotros angelicales– mucho peores de lo que pensábamos. Irremediables. De la calamidad hemos hecho negocio. No hay quien nos pare.

Ha fallecido Alfonso Sastre y las trincheras se enardecen, salen a relucir las navajas, esas que a Umbral le evocaban la Ñ de España. Nos rebanaríamos el pescuezo si pudiéramos, si saliera del todo gratis.

—¡Uyyy, cuánta solera tiene eso!
—¿Pero hay gente que compra estas mierdas?
Conversación de dos paisanas españolas ante el espectáculo de la cochambre, esa que un día fue la alegría de una casa y que ahora mete miedo, apesta a muerte –Eugène Dabit, sí,el de Hôtel du Nord, en su Diario–, a madriguera de fuina, a oficio de vaciadores de casas de las que los que quedan vivos huyen a la carrera. No hay recuerdos que valgan, hay herencias enojosas. Mala, pésima poesía. No somos RAMÓN.

Alfonso Sastre

Fallece Alfonso Sastre, dramaturgo de éxito y activista político mil veces reprobado, y las canalladas y baboserías de la España navajera no se hacen esperar, con total impunidad además. Las calumnias salen gratis dependiendo desde qué trinchera sean lanzadas. Y Alfonso Sastre llevaba más de cuarenta años en una mala trinchera, la del mundo abertzale, espinoso asunto ese, antes de que todo fuera ETA, durante y después. No hacen falta pruebas ni sentencias, con la acusación, basta. Se fue a vivir a Hondarribia, como José Bergamín, entre el rechazo de un país poco confiable (antes y después de que le colgaran los muertos de la calle Correo) y la acogida en otro mundo, fronterizo, conflictivo, frente a la bahía de Txingudi y a un país que le expulsó en 1977. Molestaba, irritaba, sus escritos sublevaban, era objeto de acusaciones sin fundamento, amenazas de muerte, insultos, desprecios, boicots, ninguneos… pero le sostiene una obra inapelable. Solo por la mierda que le echan encima merece la pena el recuerdo… No nos tragamos.


Han borrado mi nombre
de todas las listas existentes.
En el Registro Civil debe de haber
algo como una sombra leve
.
Pero a pesar de todo existo y ando
y consto por la fuerza
de mi sencillo nombre inscrito
en todas, todas, todas, todas las listas negras.

(Madrid, 13 abril, 1971)

Umbral, sigo (caza de citas)

«Se dice que lo autobiográfico solo da para cuarenta folios, pero lo que hay que conseguir es que dé para cuarenta mil» (Umbral en Retrato de un joven malvado)… Años que la había perdido de vista, a la cita exacta, claro. De joven la secundé con entusiasmo, cuando no me atrevía a hablar de mí mismo, ni de nada, si vamos a eso. Lo que sucede es que un día te aburres de tus cuarenta o de tus cuarenta mil páginas, y empiezas a escribir del que no eres, no fuiste y no serás por mucho que te empeñes, y sobre todo de lo visto, hecho diablo cojuelo que prefiere ver que ser visto y de lo que ni ves ni recuerdas y es invención pura.

Por cierto, qué casposo, que repugnante es ese Madrid descrito por Umbral, el ya del todo invisible de hace más de medio siglo, trampantojo puntillista ante el que el escrito aparece como un hombre a una bragueta pegado, que cansa, que deja perplejo, como si fuera un carnavalesco pene con patas que quisiera decirnos que así como Solana dejó dicho que la única e ineludible verdad era la fuesa, en su caso era el sexo, la cacería, el derribo… La moda, ya se sabe, el público, la clientela. Es posible que hoy no le hubiesen publicado.