Cuestión de antepasados (fules)

Hace ya mucho, recuerdo, como si fuera mañana o nunca, la gente se compraba antepasados de prestigio. Recuerdo, sí. Los chamarileros vaciaban casas fuertes y palacios de cabo de armería, de familias que se esfumaban y vendían hasta las fuesas, y dejaban atrás recuerdos, retratos, muebles, ropas, menudencias… Otros heredaban palacios a medio vestir y, como aquel señorito de Malerreka,  compraba antepasados de cuerpo entero de otros siglos para colgar en la escalera de respeto de su caserón blasonado, pero  antes los paseaba en un descapotable blanco, con tocadiscos y con bar, sí, con bar, y vermú y ginebra, junto a su asesor en asuntos de alcurnia: Rafa Ablitas, Abliticas, conde. Se lo tomaban tan en serio que los fantasmas ajenos, acababan siendo propios.

Me acuerdo a menudo de ese poema de León Felipe que descubrí en 1968 en la voz de Paco Rabal y enseguida en las páginas de la Antología rota, prohibida entonces en España y vendida bajo manga en Madrid en plena calle Princesa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
y el retrato de un mi abuelo
que ganara una batalla.
¡Qué lástima que yo no tenga un abuelo
que ganara una batalla, retratado
con una mano cruzada en el pecho,
y la otra mano en el puño de la espada!
No tengo una casa solariega ni blasonada, pero tengo la mía, sin servidumbres indeseables, sin herencias envenenadas, sin obligaciones abusivas… mi casa.

[Caza de citas] Allí donde toques la memoria, duele… Yorgos Seferis, poeta, griego.

Ese maltrecho general del Ejército cristino, gristino, el de los guiris, se lo compré a Emiliano Maisterra una tarde de sol y primavera junto con Javier Olóriz, siempre entxapelado, ya difunto, después de la tertulia del café de perdidos en el Iruña: Carlos Ardaiz, que el señor embajador rojigualdo llamaba «Carla la Impía», Carlitos Arraiza y su inseparable Freddy, su sombra, y el Averías, entrañable redicho, antes de irse a requisar picaportes por la ciudad vieja… todos difuntos, todos. Con Javier habíamos formado intención de meternos a anticuarios, e íbamos a gitanos de extramuros que comerciaban con lo que no estaba escrito y frecuentábamos tabernitas de kulantxos y patios enramados (y hasta mínimos frontonicos) de otro tiempo… hay que joderse, qué fantasías. Javier me hablaba de aquella escritora catalana delincuente y suicida, Inés Palou, ¿quién se acuerda? Queridos amigos, fantasmas de buena conversación. Nadie me habla ya de los entresijos de una ciudad desaparecida, de antepasados y ejecutorias, de hidalgos rurales y levantiscos en casas palaciegas que se vinieron abajo y compraron los nuevos ricos del hormigón y las tragaperras, o los que fueron morrois o maisterras, y por tenacidad y esfuerzo son amos con mando en plaza. La rueda de la fortuna que airea que es un gusto la tierra, como si metiera en ella una laya poderosa: darle vuelta a la tierra, qué expresión más ajustada. El último en irse fue Freddy y ha dejado un hueco que nada va a rellenar. ¿A quién le cuento yo de aquella tarde de aburrimiento, fantasías y copitas que le compramos a Emiliano ese general que digo en burla es mi antepasado, porque podría tratarse del general Diego de León, de joven, primera lanza de España, fusilado por golpista, y que todo lo cumpliendo órdenes que quisiera, hizo una de esas imperdonables perrerías guerreras: quemarles las cosechas a los pueblos de Jurramendi y La Solana? Muchos años después, otro general, carlista este, Dorregaray, el enigmático, le dio órden por escrito* a Mendiri, de  fusilar a un grupo grande de prisioneros cristinos de la columna Navarro por haber dado fuego a las tierras de Val de Yerri… Hoy anduvo la muerte… ya saben, Alfredo Zitarrosa.

* Los erúditos suelen añadir «documento que poseo» para satisfacer su vanidad.

Rumor de casa abandonada

Rumores de casa abandonada: esas cosas dejadas atrás como si su antiguo dueño hubiese escapado de ellas con fortuna y a mí se me figuran pruebas de cargo, de uno de los peores cargos: son muchas las vidas que están salpicadas de cosas que íbamos a hacer y no hemos hecho, por pereza y porque mañana teníamos mucho tiempo, o porque descubríamos que no nos gustaban tanto como pensábamos o no estábamos capacitados para hacerlas… por ahí quedan los restos.

En la imagen, uno de los mosaicos de azulejos de La Palette, un bistrot de estudiantes hace cincuenta años, un bistrot elegante y caro ahora mismo, en recuerdo de Rafael Ablitas que andaba de méndigo in honoris, aunque a veces se lavaba y acicalaba lo imprescindible para ir, a beber sobre todo (nunca hay que comer con el estómago vacío) y picar algo, en casa de sus primos los Tayllerand-Perigord, París, 1972: Moriremos nosotros también.