Veks van Hilik en Bayona

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 Me lo encontré ayer, en un callejón de Saint-Esprit, en Bayona, un lugar  que sugería todo lo contrario a un faro y al mar; al revés, los estaba pidiendo a gritos. Esas oscuridades bayonesas, esas trastiendas de las grandes casas burguesas, las de los negocios ultamarinos del XIX y la época del libre comercio. Las farras siempre las paga alguien, alguien que entra por el callejón y la puerta de servicio.

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Gilbert Arragon, librero, en Saint-Esprit

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Al final va a resultar que el único motivo real que tengo para ir a Bayona es  pasar por la librería de Gilbert Arragon, y más por las chanzas y el humor del librero que por lo que encuentro, que también, claro. Pero ese rato de risas y sarcasmos no tiene precio. Me voy con la idea de que es más lo que dejo, que lo que me llevo, pero eso ya qué más da, eso no tiene cura ni escenario preciso. La librería está ahora en el barrio de Saint-Esprit, el antiguo barrio judío de Bayona, el de la sinagoga y el cementerio, pero cuando la conocí, hace mucho, demasiado,  estaba en la Petite Bayonne, siempre atiborrada de libros en los que hay de zarpear que es un gusto. Con el tiempo se metió en el local de al lado, que era una carnicería y luego algo de bicicletas. Nunca he salido con las manos vacías: viajes (Monfreid), filosofía –aquellos Cioran leídos y anotados por un cura–, Céline (en sus panfletos antisemitas),  Cendrars, Muray, Bove, Jarry, Apollinaire, Perret… qué sé yo, buena parte de lo leído estos años viene de ahí. No se trata de titulos, ediciones, autores, ni bibliofilias, sino del rompecabeza de tu mundo literario, al que te agarras como puedes. Temo el día en que pueda encontrarme la persiana echada.

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Merodeando…

IMG_0125Merodear me gusta más que flanear, equivale a dar vueltas alrededor de algo y a husmear, al menos para mí. Pero el hecho es que esa escalera encontrada en los recovecos de la antigua judería de Bayona me recuerda algo, visto en sueños o intuido en el tiempo de los ojos cerrados. Me parece un buen emblema para este ir de ningún sitio a ninguna parte, de subir escaleras que no dan a puerta alguna como en aquella alucinación anunciada, en Aviemore, hace ya mucho. No hay puerta falsa que valga, sino un muro ciego, el de la propia vida, carajo, no hay otra.