Chesterton de paso por Biargieta

cb3Llevaba tiempo detrás de esta cita. Había olvidado en qué libro de Chesterton estaba. Incluso la había modificado a mi conveniencia. La necesitaba como guía de una novela en la que se trata de Biargieta, ese barrio que abre sus puertas entre dos luces. Esta tarde, por fin, la he encontrado. Está en Autobiografía. Chesterton deambula por las calles de North Kensington y fabula sobre el pasado remoto de ese destartalado escenario urbano, una selva de ladrillos y cemento, y se detiene con la mirada cautivada ante un pequeño bloque de tienditas iluminadas… “Encontraba emocionante contarlas y darme cuenta de que contenían las cosas esenciales de la civilización: una farmacia, una librería, una tienda de comestibles y un bar. Y por último, para gran regocijo mío, había también una pequeña tienda de antigüedades erizada de espadas y alabardas…”… Yo por mi parte le he añadido un comercio de naturalista, cochas, fósiles, mariposas, un fumadero de opio dentro de una funeraria… pero esta es ya otra historia. La aventura comienza, las ganas de correr en la noche conducen el tiro bravo… ¡Y vaaaamonos!!

 

Otrosi digo: la ilustración es una antigua fotografía de la taberna de Charlie Brown, en Limehouse… pero esta es otra historia.

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Marionetas mexicanas

Captura de pantalla 2016-03-30 a las 08.26.00 Captura de pantalla 2016-03-30 a las 08.26.24Las venden en un comercio nocturno de Biargieta, ese barrio que abre sus puertas cuando las del día se cierran. Vienen de México y sus hilos se enredan como los de las vidas aturulladas que luego cuesta desenredar para que vuelvan a enredarse de nuevo. La primera que tuve vino de México vía París, la recibí en un acuartelamiento de Caballería (Cornejas de Bucarest), venía en una caja negra, un ataud festivo, porque lucía un títere de la Comedia del Arte en la tapa. 1972.  Todavía la tengo a mi espalda. Ha envejecido. Yo también. Me he acordado de eso viendo The Spikes gang, un western de Fleischer de aquella época. Me pasa que me pongo a ver películas y al rato estoy pensando  en otra cosa, las imágenes desfilan, pero alguna me lleva a otro mundo y para cuando vuelvo ya no sé por dónde andan las cosas, y da igual. Rip van Winkle de mí mismo que se mira en el espejo y no se reconoce. Hasta que fallezcas estás en las cosas con las que te rodeas, en tus reliquias, en tus tesoros de urraca, en tus pobretorios. Luego no. Esa es la historia.

Los libros del Portal de Francia

DSC_0027Los libros del Portal de Francia es una librería imaginaria que aparece en mi novela El Escarmiento. Quienes se han molestado en ir hasta el lugar de la ciudad al que hace referencia su nombre para verificar de qué comercio en concreto se trata, podrían haberse dado cuenta de que el lugar señalado de manera clara en mi libro, está cerrado. Por eso precisamente abrí en él una librería, negocio ruinoso hoy día: aquellas que han contado en nuestra vida han cerrado o naufragan de mala manera.  En Pamplona es inútil plantear juegos literarios. Si escribiera Caperucita roja, estoy seguro de que alguien me encontraría enseguida a la abuelita y al bosque. Lo mismo sucede con la casa de Antton Basurde, que desde que apareció la novela ha dejado de existir y está en rehabilitación por lo que Basurde, de momento, se ha trasladado con todo su museo a otra parte, como se contará en El botín. Imagino que cuando termine Biargieta pasará lo mismo con ese barrio que aparece (ya en No existe tal lugar) entre dos luces y más de uno irá buscando escenarios y personajes que solo existen en mi imaginación por mucho que me haya inspirado en otros vividos, tratados y padecidos.
coquetoEl caso es que en esa antigua Rúa de los Peregrinos tengo dos buenos amigos, uno librero de viejo, otro brocante bravo. Nos conocemos de toda la vida como quien dice. El librero me hizo ayer un regalo para mí precioso: esa edición de 1938 de El coqueto don Sancho Sánchez, libro que para mí tiene una significación especial por motivos personales y que yo leía de niño porque identificaba los escenarios del libro con otros bien precisos que me eran muy familiares, y con razón, pues en ellos vivía: mi abuelo paterno tenía buena relación con Biurrun, el autor de esa fantasía que ilustró A. M. Pascual y situó la pie de las torres de San Cernin. Lo cuento en Los barruntos de la botica, ensayo que acompaña la edición fasimilar del libro de Biurrun y que hoy escribiría en otro tono y otra dirección, desde luego. Ahora no sé yo si está el tiempo como para fantasías literarias. Tampoco lo estaba en 1938 cuando se publicó el librico. ¿Para qué está ahora el dichoso tiempo? ¿Para el alegato y la apuntación fiscal, para la rebelión escrita, para el libelo,  para el testimonio de la mugre, para defenderse de una agresión constante? A esto cada cual responderá como pueda y quiera. Sé para qué está para mí y con eso me basta.