El “Juan Fernández”

El pailebote Juan Fernández, que no sé si si fue el del colono suizo Alfred De img_2595Rodt, pero sí que entró un día en puerto por haberse amotinado la tripulación en alta mar, lo compré en la plaza O’Higgins, de Valparaíso, hace doce años. Acababa de regresar de un  viaje accidentado a la isla de Juan Fernández, la de Alejandro Selkirk, al que ya muy mayor, en una taberna de Londres, sumergido en su bebida, se le oía decir refiréndose a Daniel Defoe: “Me robó mi historia”. El amigo en cuya casa vivía pensó que había perdido la cabeza. Y el taxista que me subió a Cerro Alegre con el barco en brazos me miraba raro por el retrovisor: “¿A dónde va con eso?” “A Navarra” “¿P’a donde cae?” “En el norte de España” “Ah…” y miraba y volvía a mirar.
Luego, he contado ya en algún lado, mi amigo y yo, con varias morteradas de pisco sauers, algunas botellas de Casillero del diablo de por medio y varias parrilladas, construímos poco a poco una preciosa maleta de madera que viajó dando tumbos hasta Pamplona con el barco dentro. Las asas eran de Carretero, un guarnicionero como para poema de Pablo Neruda… Las cosas, ese misterio.
Me gustaba mucho el cachureo dominical de la plaza y el diario de las calles adyacentes: una insripción del monumento a O’Higgins que habla de igualdad y de fraternidad, el recuerdo de la luz del otoño austral de varios viajes, en uno de los cuales escuché a un grupo que con voz recia y rotundos golpes de bombo  el tiempo que va pasando como la vida no vuelve más, una canción de más de treinta años atrás entonces, más de cuarenta ahora. ¿Y el barco? Ah, el barco ahí sigue, quieto, rodeado de ex-votos o reliquias, veo hasta una fotografía, veo, en la que asoman las jetas de dos novios de la muerte bolivianos, alemán uno, italiano y pistolero de Montejurra 76  el otro; una foto tomada en el pequeño puerto de Largo, el pueblo natal de Selkirk; una calavera de zorro del día que ví  asombrado cómo habían arrasado, en el pueblo de Azcona, el panteón de mi familia paterna, y todavía me pregunto qué habrían hecho con las momias, en fin, cosas; un frasco de pichicata de hace cien años, fabricada en un laboratorio de Barcelona y vendida, entonces por lo legal, como atestigua Ramón J. Sender, que trabajó de mancebo de botica en Zaragoza;  una velita que me dió una mujer en el cementerio de la Reinvierea, en Bucarest, junto con una bolsa de pastas (que me comí)  porque la viuda que iba de entierro me confundió con un mendigo…  ¿Y la isla? La isla allá lejos, en el recuerdo, en las páginas escritas y en la certeza de que tienes que vivir las tierras que pises como si no fueras a regresar nunca más.

Cartas marcadas, gatos y perros encerrados (Diario volátil, 5)

Captura de pantalla 2013-06-11 a las 15.11.18Voces de sombra… Cadenas perpetuas… ojos por hijos, hijos por ojos…  A por las víctimas del terrorismo, a por sus votos, a traficar con su dolor… Gogol, Gogol… El gobierno garantiza que no habrá consulta en Catalunya. No tiene más que una forma de impedirlo, la fuerza. Companys estaba en la cárcel, salió de ella para ser president… La historia no es una pedrada… claro que lo es, y en la sien, o un golpe de  quijada de burro, de la gran quijada de la burra a brincos.

Dream-of-Monte-CarloLas cartas marcadas de la mano de Max Beckmann: cartas marcadas y juego amañado. Tibio editorial de El País sobre la ley de los matones y la amenaza de la arbitrariedad más absoluta por lo que a atentados a las libertades se refiere, en aras de la salud de un negocio millonario. Importa el negocio, no las libertades. Es con eso con lo que hay que contar.

otto_dix1Matones, sí, no policías privados ni vigilantes. Alguien que por dinero está dispuesto a pegar y maltratar, de la manera que sea y se arma para ello, es un matón, no otra cosa, por muy profesional que sea su actividad.

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Día fosco de ganas, húmedo, oscuro, con cornejas en el aire, cornejas de Bucarest, novela, novela, nunca dietario, esa gracieta solo se suelta con intención de hacer daño,  cornejas de Bucarest y cornejas de Estambul, cornejas y perros de Bucarest, los que ahora recogen a miles de las calles, da mucho gusto que te persiga o te muerda un perro en Bucarest, lo peor es si les miras cuando están cagando, me dijo un rumano, se mosquean y agreden, sí, no sé, pero la niebla cerrada solo invitaba a subirse de un bote al capó de un coche, hijueputa el perro, no el dueño, porque no tienen dueño, el perro, pobre perro enfermo y apaleado, con mataduras de mil peleas, rebañador de lo irrebañable, vagan de un lado a otro, como los quiltros de Valparaíso, igual, son mil leches abandonados que van en bandadas de un lado a otro y ahora los cazan y los sacrifican y son noticia, perros, enfermos.

El cazador perplejo

POPE PATISERIA LIPSCANI 1La fotografía, escogida al azar de una riada, la saqué en mayo de 2007, en la Patiseria de la calle Lipscani, en Bucarest, en un rincón en penumbra frente a ese pope que escribía de manera compulsiva y que cuando le gustaba lo que había escrito, daba un deportivo gritito de alegría y se echaba, goloso, un trago de cerveza…  ¿Y? Y nada. Una sombra en la penumbra.
Viene esto a cuento de algo que escribo entre la perplejidad y la incredulidad. Hace unas semanas me di cuenta de que mi ordenador estaba la límite de capacidad. Al poco de enredar vi el motivo: más de 116.000 fotografías… ¿Para qué carajo quiero yo 116.000 fotografías? Para nada. Vahídos, un vértigo nada poético. He pasado demasiadas horas borrando y borrando copias de copias, series enteras… hasta lo que no tenía que haber borrado. Una pregunta a la que no he sabido responder: “¿Y esto para qué demonios lo saqué?”  La fotografía ha sido para mí un cuaderno de notas de la mirada perezosa. Algo así. No tengo tiempo para repasarlas una por una. ¿Por qué las he sacado? Por manía, sin duda. La manía de intentar atrapar lo fugaz, lo volatil, una luz, un rostro, escenas que me parecían pintorescas o memorables… un yo qué sé. Atrapar más que retener. Cazador, y encima furtivo. Capturar sombras para nada porque luego las imágenes raras veces me han servido para algo que se viera.  Cada vez que he escrito de un viaje no me he apoyado en las fotografías, sino en las  notas o en los recuerdos. Las imágenes, esas que dicen que valen más que  mil palabras –sí, sí, dale, dale hasta que pierdas estas y te quedes lelo–, me han producido una pereza insalvable. No soy fotógrafo, soy escritor.
Ayer salí de casa sin la cámara en el bolsillo. Dejando a un lado que no está en condiciones, me estoy todavía acordando de las luces de una tarde de otoño, con sol y nubes, en la sierra de Sarbil, en el Perdón, en Montejurra, en los montes de la Rioja… y me digo con susto que de haber sacado la cámara ni me acordaría ahora de esas imágenes ni muy probablemente las habría repasado jamás.