Luces de bohemia (Valle-Inclán y Alfredo Sanzol)

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“La belleza de Luces de bohemia es la lucha por la dignidad, por edificar una obra a partir del desastre, de la descomposición, de la hipocresía, de la miseria, de lo precario. Luces es una creación que se levanta digna y entera, que no se rinde ni se resigna, que no se duerme. Es una obra que da testimonio, que acepta los límites y los usa para transcenderlos. No adula. Ni castiga. Es empática y es sarcástica. Es humor violento y tierno. La acción de Luces es el intento agónico de salvar la dignidad de sus personajes. De dar forma a un desastre informe, de ordenar con la risa un caos pedante y autoritario, miserable de dineros, de valores y de visiones.Luces nos ayuda a ver la forma que tienen los pesos que nos siguen hundiendo. Apunta hacia la vergüenza y la transforma en un logro literario, artístico, teatral. A la realidad de Luces nos gustaría ponerle encima la tela del olvido, pero Valle la levanta para convertirla en telón: Que comience el espectáculo”.

Alfredo Sanzol

 

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Valle, mejor referente de resistencia que Baroja, en el franquismo. Me acuerdo.  Censuras de palabras y prohibiciones. Un viaje a la juventud por tanto. El de salir a la fría noche madrileña como quien no pisa el suelo o como quien no quiere despertar. Sacudimiento de mentecatos… ¿Todavía es posible que el teatro sea un arma eficaz de lúcida resistencia ante el despropósito de la vida pública?

Una puesta en escena fabulosa la de Sanzol: los espejos como elemento narrativo casi o ni tan casi: por ellos pasamos, deformados o no, es lo de menos, hasta en la mirada ajena estamos… Aquí, hasta la fuesa final es un espejo. Y un texto fiel y con las picardías justas de agradecer. Me quito el cráneo, Sanzol, como dice le requetegolfo de Don Latino de Híspalis, una excelente interpretación la suya, como si me lo hubiese cruzado en algún lado, en esa ciudad imaginaria en la que vives a ojos cerrados… y abiertos.

Me tocó de cerca la obra porque esta tarde presento un libro que trata de Don Peregrino Gay, Ciro Bayo, le único de aquella tropa de hambrones que había viajado lo suyo y había salido del laberinto pegajoso de los cafetines madrileños y de la bohemia sórdida.  Y vestido de rayadillo, como los mendigos de 1900 porque no tenían otra vestimenta  que aquel uniforme de soldados vencidos… Alejandro Sawa, Pedro Luis de Gálvez (ejecutado), Ciro Bayo…  zarandeados por la mala suerte y por su propia sombra. Gente del 98, de Ricardo Baroja, amigo de Valle, no como su hermano.
A veces me he preguntado cómo habría sido el encuentro de aquellos dos personajes, Valle y Bayo, hablando sin duda de Bolivia por la que ambos pasaron.

Luces de bohemia es un esperpento, pero es una historia triste de una actualidad asombrosa, por muy esperpento que sea y por mucho que la sociedad de la que Valle habla sea la de 1900.  Me pregunto si no será esa la única manera eficaz de acercarse a esa realidad nuestra, la de hoy, la del despropósito que no cesa, los abusos, las mentiras, las mojigangas patrióticas que enseñan los fondillos, la de los ladrones y los perdedores sin remedio…

MAX: España es una deformación grotesca de la civilización europea.

DON LATINO: ¡Pudiera! Yo me inhibo.

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MAX: La tragedia nuestra no es tragedia.

DON LATINO: ¡Pues algo será!

MAX: El Esperpento.

Max Estrella, ese trasunto de Alejandro Sawa, blanco de la canalla reaccionaria de la España de Caín:
La Leyenda Negra, en estos días menguados, es la Historia de España. Nuestra vida es un círculo dantesco. Rabia y vergüenza. Me muero de hambre, satisfecho de no haber llevado una triste velilla en la trágica mojiganga.
A ver quién puede decir lo mismo… Los habrá sin duda, en los márgenes de la vida pública o dentro de esta. A unos los conozco y a otros no.

EL PRESO: ¡No es pequeña desgracia!… En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero.

MAX: Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol.

Y Rubén Dario, que cada día me cae más simpático, no por nada, no porque fueran las primeras poesías que escuché y leí en mi vida de muy niño, sino porque en este país de puritanos repulsivos y tartufos, fue el único a quien no le importaba confesar (Días de Mallorca) que bebía como un cosaco.
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Presentación de «Cirobayesca boliviana»

44705914_2113511078711865_5154385617659887616_nDe la editorial Renacimiento me preguntaron hace unos días a ver a cuántas personas había invitado al acto. No supe qué responder.  Sé que a algunas personas amigas les pones en un compromiso si les invitas a las presentaciones de tus libros y escapan como pueden de acudir al acto, porque, además, todo lo que les puedas decir sobre tus  viajes a Bolivia o sobre Ciro Bayo, tus amigos ya te lo han oído. Prefiero que a toro pasado me digan que nada sabían y me reprochen el no haberles dicho nada, y todos tan contentos. Para otra gente, las presentaciones de libros son un acontecimiento social, de grupo y cotarro, un pequeño espectáculo de cámara, y eso no depende de mí porque cómo vas a invitar a quien no conoces. El acto ha sido ya publicitado suficientemente en redes sociales, tanto por la editorial como por la librería que nos acoge, y aquellas personas que se interesan en mi trabajo ya saben que serán bienvenidos si acuden, si no, no voy a pasar lista, cada cual tiene sus motivos y estos barullos, por lo general, aburren, lo sé.

 

Addenda del día 29, después de la presentación: el presentador no se ha presentado y de la editorial no ha venido nadie. Agradezco mucho a las personas que asistieron y han soportado a la charla improvisada (chapa) que les he dado: Pilar Rubio, Helena Taberna, Jorge Isury… y a quienes no conocía hasta ese momento Gabriel Sánchez (erudito), José Martínez (Barojiano), el Marqués de Cubaslibres en buena compañía, el nieto de Pueyo el editor que editó a Ciro Bayo… Cordialidad, risas, qué más puedo pedir.

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Hoy me han llegado ejemplares de Cirobayesca, editada por  Renacimiento. Por fin. Lo digo porque hace ya seis años que me hubiese gustado ver ese libro publicado, pero por una cosa u otra no pudo ser. Mejor omito los motivos. Por fortuna me acordé de Abelardo Linares, aunque tardé en enviarle el original más de la cuenta porque estaba cansado de burlas, trapisondas y negativas por silencio editorial.

En lo fundamental son notas de un viaje a Bolivia del año 2011, aunque fuera completándolo en otros viajes posteriores, sobre todo por lo que se refiere a Ciro Bayo y sus publicaciones –tanto El Figaro como los artículos de prensa, pasando por las sesiones parlamentarias de 1895 por él redactadas… no tantas como se dice– que consulté en la Biblioteca y Archivo Nacionales de Sucre. No fue en ese viaje de 2011 cuando escuché hablar de Ciro Bayo y su Fígaro en Bolivia, sino en 2009 y gracias a René Arze Aguirre, que había sido director de la Biblioteca Nacional.

El lector de Cirobayesca encontrará versos inéditos de Ciro Bayo e informaciones sobre su vida y andanzas también inéditas. No está todo lo que puede decirse de Bayo en Bolivia porque, por ejemplo, no pude consultar los últimos artículos suyos publicados en la prensa de Santa Cruz de la Sierra a finales de 1897 o comienzos de 1898 porque los ejemplares se deshacían al tocarlos y casi ninguno se encontraban en la caja en la que se suponía debían estar. De aquellos artículos tiró Bayo para sus libros bolivianos.

captura-de-pantalla-2010-12-23-a-las-16-08-40Lo diga él o lo digan sus exégetas, Bayo solo estuvo en Bolivia entre enero de 1893 y finales de 1897, o muy a comienzos de 1898. Explico el por qué de esta afirmación: no estuvo en Bolivia al tiempo de la guerra civil de 1898. Por otra parte, asomándose al contexto de las actvidades de la explotación de la goma en la región del Madre de Dios, a la que él fue como maestro, se puede afirmar que Bayo no contó todo lo visto y vivido en aquel lugar remoto y violento en extremo, y que puso tierra de por medio en cuanto pudo.

Mi trabajo sobre Bayo no es ni mucho menos exhaustivo porque no tiene intención académica alguna. Ese no es mi terreno. Como dije en algún lado, yo no paso de ser más que un «investigador mochilero».

Lo demás son mis propias andanzas por Potosí, Sucre, el Lago, Riberalta, Madre de Dios… poca cosa en comparación a la hazaña de Bayo, que lo fue. Los suyos no eran tiempos para viajar a la aventura por lugares como Bolivia, país remoto entonces y poco conocido para los españoles, por mucho que el padre Armentia hubiese ya explorado el Madre de Dios.

Enlace a uno de los trabajos que Sergio Campos ha dedicado a Ciro Bayo del que he sacado la imagen que tal vez corresponda a su paso por la región de los Yungas de La Paz: «Agonía bajo las bombas»

 

Ciro Bayo y Pío Baroja, en La Paz.

Mañana tengo que hablar de Ciro Bayo y de Pío Baroja en la carrera de Literatura de la UMSA paceña, gracias a la generosidad de la profesora Ana Rebeca Prada. No sé si me sobra soroche o me faltan ganas para hablar de ese asunto, o va a ser hacerlo de algo que me va quedando cada día más lejos porque los reclamos de mi tiempo y mi escritura son otros. Cierto que les he dedicado a ambos autores varios trabajos, el último Cirobayesca boliviana, sobre la estancia de Ciro Bayo en Bolivia, pero también es cierto que Baroja me interesa cada vez menos y que de Ciro Bayo me interesa más su enigma biográfico que sus estrictas páginas literarias sobre Bolivia. ¿Por qué se siguen leyendo esos autores o por qué siguen estando presentes en el panorama literario español tan proclive a celebrar el pasado y cicatear el presente? Tal vez sea de eso de lo que merezca la pena hablar; sin contar con que hacerlo de esos dos escritores a estudiantes bolivianos de hoy sea poco menos que relatar empresas de extraterrestres. Mañana se verá.

Ciro Bayo y el tambo de Socabaya

En el mes de nero de 1893, CirBayo y Segurola, trotamundos, dromómano, escritor y poeta,  llegó a Sucre, a lomos de una caballería y con un cartel a su espalda que publicitada la hazaña que había proyectado: ir de Tucumán a Chicago a caballo para participar en la Exposición Universal Colombina que se celebraba ese año. Venía roto del camino recorrido y poco menos que con una mano delante y otra detrás, lo que le obligó a buscar alojamiento en un tambo, el de Socabaya, una posada pública para arrieros y mercaderes, almacén de mercaderías también, que estaba en los claustros o patios ruinosos de antiguo convento de San Agustín, desamortizado por el mariscal Sucre, quien  convirtió la iglesia en teatro, como el Omiste de Potosí. El tambo estaba muy cerca de la plaza del Khatu, donde se prodigaban herboristas y médicos kalawayas, que él llevaría a uno de sus relatos de viaje… Hoy el tambo es el colegio don Bosco, inaugurado en 1896, el año que Bayo deja Sucre para dirigirse a Villa Bella y Riveralta o La Cruz… asunto este del que me ocupo en Cirobayesca boliviana, el trabajo que le he dedicado a Ciro Bayo en los últimos años.  Bayo contó su vida en Bolivia como le convino, e hizo bien, pero dejó muchas zonas en sombra, y no relató de manera cabal ni sus polémicas ni su vivir entre dos fuegos sociales y políticos, los de liberales y conservadores, que desembocarían en la Guerra Federal.
A estas alturas me pregunto a quién le puede de verdad interesar ese escritor de la generación del 98, por decir algo, un raro entre los raros, en medio de un siglo de terrores, conflictos, migraciones, amenazado con la llegada de unos nuevos bárbaros que no es que estén a las puertas, sino dentro de la Ciudad. Ahora, las erudiciones son un lujo, una forma de supervivencia, una construcción cada vez más fantástica y surrealista, como sostenía Steiner. Me ocupo de Ciro Bayo en un país convulso, Bolivia, amenazado desde dentro por aquellos que hasta ayer eran sus valedores, convertidos de pronto en una oposición feroz y sorpresiva. Me ocupo de Bayo para lectores de un país, otro, el mío, en tan prolongada descomposición que esta misma es el fundamento del Estado.
Tal vez sea esta la última vez que me ocupo de investigaciones de medio pelo. No es mi oficio ni probablemente mi mundo. Se me ha acabado el tiempo para los juguetes literarios. Frente a reminiscencia, creación, invención. Frente al viaje ajeno, el propio viaje.

 

Ciro Bayo, sir Evenyn Wood y la coca

No sé cuál es el misterio de esas llaves prendidas en una de las puertas de la catedral de Sucre. Mañana pregunto. He pasado toda la tarde y buena parte de la mañana en la Biblioteca Nacional huroneando en papeles que tienen que ver con la estancia de Ciro Bayo en Sucre, entre 1893 y 1895, y en el Madre de Dios, entre 1895 y 1897, de donde no contó prácticamente nada del ambiente de violencia que, por fuerza, vivió de muy cerca, ni de quién era en realidad su empleador.
En Sucre, Bayo publicó una revista cómico-literaria, El Figaro, en la que hoy he encontrado un suelto asombroso. Relata Bayo, en 1894, que el general inglés, sir Evenyn Wood, acababa de experimentar, en las maniobras de Alderhost, con soldados voluntarios, el acullico  de hoja de coca, remojada en agua con llujta. El objetivo era ver cómo soportaban la sed. Hubo soldados que rechazaron el sabor amargo de la hoja, pero otros estuvieron encantados. Los resultados fueron tan satisfactorios que el general había elevado un entusiasta informe al alto mando británico para promover la propagación de la hoja de coca mascada no ya en los ejércitos y la marina militar y mercante de todos los países, sino entre la población rural… no sirvo para investigador, me tira sin remedio lo pintoresco, la excrecencia, el mueble de los muchos cajones, llenos o vacíos.

 

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IMG_2576Escribía Ramón Rocha Monroy en “Libros recomendables” (Los Tiempos, 19.9.2014 y La Prensa 22.9.2014):
Por invitación de la Vicepresidencia integro la comisión coordinadora de las 200 obras que se editarán para conmemorar el Bicentenario de Bolivia hasta el 2025. En la última reunión se han conformado tres comisiones y decidí adscribirme a la Comisión de Historia, con un ojo puesto en la Comisión de Literatura. Lo hago porque las sugerencias principales que llevo son históricas, y entre ellas hay al menos cinco libros que deberíamos integrar a dicha Biblioteca. Ellos son:
Cacerías, de Ciro Bayo, un autor español que recorrió el país de Tiwanaku al río Madre de Dios y dejó sorprendentes datos que recogió a su paso. Se le conoce el libro Chuquisaca o La Plata perulera, porque vivió allí de 1893 a 1895, cuando todavía era sede del gobierno, pero este original apenas pude hojearlo en el escritorio de Miguel Sánchez-Ostiz, quien escribe un libro importante sobre el personaje y procura desde hace varios años seguir sus pasos. Se lo dio Mariano Baptista, con su habitual generosidad y es un tesoro que no puede perderse por la calidad de sus observaciones.

Ciro_Bayo_web.31195557_stdHacía una semana que habíamos estado conversando en mi habitación de El Dorado acerca del libro que sobre Bayo en Bolivia escribo desde hace años sin que hasta ahora haya concitado mucho interés por parte de nadie. El editor boliviano al que se lo ofrecí no quería crónicas ni ensayos, sino novelas y cuanto más delirantes, mejor, con nazis y extraterrestres por el fondo del lago Titikaka… lástima, eso no es lo mío. Estuvimos hablando mucho rato, despué de cenar con Homero Carvalho en el Rincón Español, de Ciro Bayo, de sus viajes y de los nuestros, de empeños y proyectos literarios. Afuera hacia frío y las luces hacia El Alto titilaban. Bayo estaba sobre la mesa, en sus libros, en la pantalla del ordenador, en los cuadernos de notas…  El único español que tuvo curiosidad por recorrer lo que había sido la América española hasta hacia unas décadas. ¿Aventurero? Algo más y sobre todo algo menos o cuando menos un curioso aventurero que no duda en dedicarle un poema al obispo de su ciudad… Dos días después Ramón publicó en La Prensa un artículo en que recoge algo de lo vivido y conversado ese día:

“Miguel Sánchez-Ostiz.- Hay casos intensos de pasión por Bolivia en España, que a veces no aquilatamos como se merecen. Aquí llegó Andrés Segovia y dio un concierto en el Teatro Achá, como llegó el gran penalista Luis Jiménez de Asúa, invitado por el rector de la UMSS, Arturo Urquidi. Homero Carvalho insiste en que llegó Unamuno y entonces Miguel Sánchez-Ostiz dice que aquí estuvo Ramón del Valle Inclán en una troupe de teatro que recorría los países vecinos, como lo hicieron los Travesí, que llegaron de España y se quedaron para siempre en nuestro ameno valle.

Miguel llegó por novena vez a Bolivia. Fue jurado del Primer Premio Internacional de Novela Kipus, que culminó con éxito el 1º de septiembre con un jurado de campanillas, presidido por Luis H. Antezana Juárez e integrado también por el poeta y periodista paceño Rubén Vargas. Los tres coincidieron en premiar a Gonzalo Lema por su novela “Siempre fuimos familia”.

A Miguel lo visité en La Paz, en el Hotel Eldorado, donde el personal le tiene devoción y cariño, como toda la gente sencilla de esa grande y bella ciudad que a Miguel lo seduce. Lo llevé a El Alto por el Teleférico y entonces citó a Ramón Gómez de la Serna, con una frase muy suya, que hay en el mundo ciudades apocalípticas, y una de ellas es, sin duda, La Paz. No la ciudad del sur, carente de personalidad como cualquier otro barrio de residencias lujosas del mundo, sino la vasta Hoyada del centro, las laderas y El Alto. Con qué gusto subimos en teleférico y apreciamos el paisaje y cómo nos regodeamos paseando por la Avenida Panorámica de esa ciudad tan elevada. Le digo a Miguel que poco más allá están los brujos, que viven en pequeñas casetas de calamina y contesta que ya sabe, que siempre estuvo allí, mucho antes que construyeran esa araña maravillosa que tejerá su red infinita en siete líneas entre El Alto y los cien barrios paceños.

No hay rincón secreto de La Paz que Miguel no conozca y en eso ha revivido los pasos de otro español, Ciro Bayo, quien estuvo en Bolivia y la recorrió de Sucre a Riberalta y Cachuela Esperanza, donde vivió en el auge de la goma. Miguel se fue en un viaje anterior a buscar la cabaña donde vivía Bayo y no pudo encontrar ni ruinas, pero vi un libro para mí nuevo del escritor español, “Cien cacerías”, donde habla de su maravillosa forma de husmear en el alma secreta de nuestro país alto y bajo.

No es el único extranjero que se deslumbró en La Hoyada. Allí en el Jatun Qhatu, la estación del Teleférico, vimos a muchos turistas gringos que bajaban a esa extraña ciudad y de inmediato se nos vino a la memoria lo que contó Homero Carvalho, que Allen Ginsberg estuvo en La Paz en los 60s y dio testimonio de ello en versos maravillosos. Con lo tranquila que era la Hoyada en esos años y con lo agitada y apocalíptica que es hoy.

El cariño de Miguel por Bolivia se extiende a capitales europeas. Me cuenta que en un anticuario le mostraron un cofre de fotos donde aparece de forma inconfundible la ciudad de Sucre y la Escuela Normal de Maestros, junto a un señor de barba, una jovencita boliviana y una niña. Miguel no dudó en identificar al personaje, nada menos que Georges Rouma, fundador de la Normal. ¿Dónde irá a parar ese cofre? Pues al Archivo Nacional de Sucre, a través de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, a la cual me honro en pertenecer.

El Grupo Editorial Kipus aguarda esta obra de Miguel Sánchez-Ostiz, la tercera sobre Bolivia en la vasta producción del escritor navarro, que incluye a Ciro Bayo y ya lleva como 300 páginas en el original que pude ver en una computadora. Una corrección más y estará lista para este año.

Sí, hay muchas páginas escritas sobre Bayo en Bolivia y sobre los escenarios recorridos en los años que allí vivió, entre Sucre y la barraca San Pablo, en el Madre de Dios, más arriba de Riberalta, a donde fui en dos ocasiones. No fue ese el único libro de Bayo que me regaló Mariano Baptista, también el Por la América desconocida. En el Archivo Nacional seguí la pista de sus colaboraciones de prensa, de su revista El Fígaro, y de su “colejio” de la calle de Las Educandas… en Riberalta hablé largo y tendido con el nieto de Salvatierra, el gomero para el que trabajó Bayo… en Villa Bella…Captura de pantalla 2014-09-23 a las 09.22.37