Cartógrafo del desvarío

416ZWbJjR2L CADA nuevo libro de Cormac MacCarthy es para mí un misterio literario renovado –el de su irresistible poder verbal- y todo un acontecimiento para quienes le seguimos desde que quedamos deslumbrados con sus cabalgadas de muerte, sus acechos y cacerías. En sus páginas hay brutalidad y hay horror (y tabús violentados), cierto, pero no más ni menos de los que están al alcance de su vista y la mía, a poco que pongamos la mirada en los rincones menos frecuentados de la ciudad y la época que nos ha tocado vivir. Ahí donde no hay imagen vendible que valga. Sus historias no son novelescas. Ninguna deriva humana lo es en el fondo, a no ser que los descensos nada épicos a los infiernos lo sean, a no ser que poner la mirada donde nadie quiere ponerla o imaginar lo que sucede al otro lado de ciertas puertas, de ciertas losas, lo sea.

         Suttree es un novela de vagabundos urbanos, de perdedores que jamás han tenido nada, de despojados, de parias, de gente violenta que no tiene otra cosa que una violencia que choca contra el peso aplastante de la ley, y el orden, claro. Suttree es una novela del extrarradio, del desvarío sin remedio, donde la magia negra se da la mano con laas borracheras épicas y las peleas como ceremonias, la mugre con las historias de una ternura vertiginosa, y es sobre todo la novela de una busca continua y necesaria por la propia supervivencia en la que brilla la fraternidad humana, la hermandad del dolor, de las pocas palabras y de las palabras tan necesaria como una contraseña, de la ayuda efectiva que se puede prestar un ser humano a otro.

         Y como epicentro de esa deriva alucinada, Bud Suttree un personaje entrañable que padece sin remedio y está junto a los que padecen, que tiende su mano de manera fraternal y a él se la tienden, que sabe recibir y sabe dar. Cierto que resulta inolvidable. Suttree. Está en la ruta, en la de papel y tinta que frecuentamos usted y yo, y está allí donde la ciudad se desvanece.

         Claro está el estilo MacCarthy es el mismo, hecho a base de una pirotecnia verbal, única, insólita a estas alturas, hecha a base de precisión extrema, esfuerzo descriptivo más propio de los matices de un acuarelista maniático y de imágenes sorprendentes, y sobre todo muy hermosas, y hecho a base también de truculencias varias que a veces parecen el ojo de Francis Bacon, ahí donde horror y color se daban la mano. Ahí está la geografía de la que MacCarthy levanta una deslumbrante geografía. cartografía.

*** Addenda de 2020: este artículo lo escribí en Valparaíso, en junio de 2004, en un alojamiento de la plaza de La Matriz, y lo envié al Cultural de ABC, donde por entonces colaboraba, y no sé si llegó a publicarse porque nunca lo encontré. El libro tampoco lo tengo conmigo. Se quedó allá con otros cuantos. Me hubiese gustado releerlo ahora. Todo se andará.

Vuelta de Lezabe

dsc_0118Esta mañana me fui para Lezabe, un paraje del valle que me gusta mucho, pasando por Lekaroz y por Arrazkazan, el barrio al que fui a parar hace 21 años. Ese topónimo parece que hace referencia a cuevas o simas que nadie ha encontrado, y a mí me recuerda un episodio de la Primera Guerra Carlista,  cuando Espoz y Mina, en 1835, fusiló a unos cuantos vecinos de Lekaroz y pegó fuego al pueblo en venganza a que no le dieran información acerca de donde estaban escondidas piezas de artillería carlista; incendio que tuvo un testigo militar-literario: un jovencísimo oficial llamado Ros de Olano que dio cuenta del atropello. Nunca volveré a escribir sobre carlismo ni carlistas, al menos desde el punto de vista histórico, un asunto hoy hecho cortijo en manos de mafiosos, como tantos otros, una jauría erudita que muerde y escupe. Ya lo hice. Toca otra cosa, las páginas del último tranco, ese que puedes oler a nada que pongas atención.

Lezabe es un paraje muy boscoso, atravesado por un camino luego senda estrecha y cerrada que transcurre junto a un regacho entre robles autóctonos y americanos, castaños, muchos helechos y más silencio, unas caleras en ruinas como para escenario de atrocidades de Cormac McCarthy… siempre pienso lo mismo y me cuento alguna historia tenebrosa de venganza y demencia. Creo que fue en ese bosque cerrado, junto a la boca musgosa de una calera, donde imaginé mi novela La sima (luego Zarabanda). La senda es enrevesada, tal vez por eso me gusta, rodea árboles majestuosos, desaparece en algunos tramos tras una cortina de zarzas y lianas, y al final se abre, luminosa y va a parar al camino de Arrazkazan a Legate, y de ahí, por la pista de Arraioz, a casa. Es probable que quien me lea o vea estas imágenes, se aburra, yo no. No hay ni dos días iguales ni dos parajes que lo sean ni mucho menos el estado de ánimo es el mismo. Además, no estoy en Nueva York, ni conspirando y escachando famas en un comedero del barrio de Salamanca, ni manipulando premios literarios desde el consejo de administración de un periódico; estoy donde estoy, ni más lejos ni más cerca de nada, y desde ahí escribo, de otros asuntos, menos idílicos y más urgentes.

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