Pedro Atienza, poeta

10653867_723075961104606_1065104030667190697_nSe fue y aquí queda, en sus versos. Mañana no hay tanto tiempo como parece. No hace falta leer a Kavafis para darse cuenta de que enseguida se hace tarde. La semana pasada compartíamos sobre nuestro lugar en el mundo en versos que él publicaba en facebook. Voy a echar en falta sus versos, sus me gusta y sus abrazos.

BALANCE INCONCLUSO DE UNA VIDA DESORDENADA
A quienes la cruzaron conmigo

Hoy quiero resarcirme del olvido
ir evocando cosas en desorden
que ellas mismas se troquen en el orden
del caos supremo del tráfago vivido

La casa solariega de la infancia
y mi abuelo durmiendo en la solana
el sonido en la charca de la rana
y la alfalfa señal de la abundancia

Las peleas de chicos a pedradas
y mi padre muriendo poco a poco
su cara descompuesta ya de loco
con la morfina entrando en andanadas

Mi madre recosiendo pantalones
cegada por el sol o en el ocaso
abnegada mujer a cielo raso
que sembraba la tierra en sus hondones

Los patios de Alcalá que ahora me ignoran
donde besé a una chica y tuve fiebre
escapando después como una liebre
pues supe que los besos también lloran

La noche de Madrid en los ochenta
ahíta de mandanga y de farlopa
y aquella casa donde ya sin ropa
un revolver por poco me revienta

Y los frises con cascos y con porra
corriendo a un grupo imberbe y desarmado
y en la espalda el disparo amoratado
que el alcohol a mansalva ya no borra

Los nidos de gorrión pisoteados
y la paga esperada de domingo
los pellizcos robados y el respingo
de mis fieles amigos alarmados

La radio los poemas el trabajo
enredados en duelos y alegría
y así pasando un día y otro día
deshaciendo la vida desde abajo

Los amores confusos y prolijos
carnales alevosos y dolientes
y los instintos puros que clementes
hacen que me confunda con mis hijos

Y al final y al principio está la muerte
en el vanal balance de mí mismo
la muerte de los míos y el abismo
que espera en cualquier parte esa es mi suerte

A cierta edad ya no hay cronología
tan sólo los recuerdos que se alzan
y en el olvido puro nos alcanzan
para que arda tu genealogía.

PEDRO ATIENZA
(Del libro “Cuaderno de la sierra”, de próxima aparición)

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La Dulce Venecia (Diario volátil)

P1050002Estaba ahí hace nada y Ramón Irigoyen, a final de los setenta, cuando era vecino encantado del barrio, le dedicó uno de sus poemas de Cielos e Inviernos (1979), para mí uno de los dos grandes libros de poesía de la década de los setenta, el mejor de los de su generación desde luego. Ahora es otra cosa, al local me refiero. La ciudad cambia, tú envejeces, te acomodas como puedes a los cambios, los celebras, pero a oscuras, a puerta cerrada, te quedas traficando con tus recuerdos, confundes las cosas, loqueas y sonríes, porque sabes que en ese territorio eres inalcanzable, creas otro mundo que solo se parece de lejos al que fue, un mundo a tu medida, cada día distinto incluso, que no te pueden quitar. Son las especias intensas de la imaginación las que dan verdadero sabor al plato de grisalla cotidiana: “Soy el portavoz de un mundo perdido, presente para mí”, lo canta con ferocidad Léo Ferré en Et basta! A menudo escucho ese monólogo. Me reconforta… no es poco. Ahora mismo no es poco encontrar algo que te reconforte.