El entierro de la sardina

la-mascara-y-los-doctores-1928 «El mundo todo es máscaras. Todo el año es Carnaval», sostenía Larra, que se mató un lunes de carnaval, con un fondo de griterío de máscaras y destrozonas, por mal de amores en la leyenda y novelería romántica o por desesperanza de un país a la deriva, enmascarado de mugres y mala fe generalizada, en el discurso civil del país siempre imposible, siempre a la deriva, siempre fallido. Francisco Umbral, que le dedica su Anatomía de un dandy, tan denostada por los hispanistas asebolados, viene a decir algo así como que Fígaro muere por asco de las cosas y dolor de España. Hoy no se mata nadie por España, hoy se muere en España, mucho, pero de otras cosas, a causa del mal gobierno, sobre todo, con o sin estadísticas enmascaradas. Hoy se muere de indigencia, de atención médica deficiente por falta de recursos y de propia mano, cuando no hay futuro ni presente; hoy florecen las muertes civiles, invisibles. Hasta de asco es difícil morirse del todo, por mucho y muy intenso que se sienta, pero nunca lo suficiente como para tomar la calle.

Larra en Carnaval, en la danza de la trampa, la burla y el engaño, pero de salón, algo alejado de ese carnaval madrileño de máscaras grotescas, brutales, violentas que le entusiasmaba a Gutiérrez-Solana y tras él, en su precisa huella, y en la de Goya, a Edgar Neville: Domingo de carnaval, una joya. Baroja también habla del carnaval en algún lado, como teatro de excesos de salón que le ponían malo, no sé si de envidia o de fobia puritana; también Cansinos-Assens lo hace, pero como escenario del ajuste de cuentas, y de poner el orden patas arriba. Erudiciones fules al vuelo. [Sigue, artículo publicado en Cuarto Poder, 29.2.17, aquí enlazado]

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