El buzón de Reyes

P1060039.JPG Este buzón para las cartas a los Reyes Magos lo ponían, tal vez hasta mediados de los sesenta, en el mes de diciembre en el centro del escaparate de la Librería Gómez, de la plaza del Castillo, de Pamplona, presidiendo un panorama de papel de regalo, estrellas, bolas, estilográficas y libros de precio. Luego llegaron los escaparatistas, alguno muy bueno, como Andrés Laspalas, que nunca entenderé porque no se dedicó a pintar. Aquel era un momento muy esperado que congregaba a mucha gente bajo los porches. Los críos entraban en la librería con su carta en la mano, se la daban a algún empleado y este salía al escaparate y metía la carta en el buzón. Emoción.

El buzón lo encontré en 1989 en un lugar insólito que yo había casi imaginado en 1982, cuando escribí la novela El pasaje de la luna. Estaba en un extraño edificio con el que luego he soñado muchas veces, la última esta noche pasada, un edificio peligroso, extraño, como un dibujo de Víctor Hugo. Habían sido los almacenes de la Editorial Gómez que en Pamplona fue la única con sus ediciones de José María Iribarren y otras medio vasquistas o vasquistas del todo, como algunas obras de Arteche. Algo curioso porque el dueño de vasquista no tenía nada; pero eso en la época de los euskaltzales no quería decir mucho.

Antes o además de la imprenta –donde Rafael Trenor y Jimmy Jiménez-Arnau imprimieron unos poemas en los sesenta–, don Felipe Gómez tuvo una academia de mecanografía en la que los alumnos hacían pruebas con dictados de discursos de Hitler y compañía (Decía el pintor Beorlegui que estudió allí). Lo recuerdo como alguien entrañable.

En su librería ejercía de censor el canónigo Fermín Yzurdiaga, el Cura Azul de la Falange, que se pasaba a mediodía a dar un repaso a las novedades, colocadas en la mesa del fondo, y utilizaba al dueño de pacífico oyente de sus encendidos discursos religioso-patrióticos ya de otro tiempo. Un verbo florido de veras que  le llevaba por los aires, de modo que se despistaba y de ese despiste me aproveché para llevarme Trópico de Cáncer, de Miller, del montoncito de libros condenados, porque la cajera de Miller no sabía nada.

Vuelvo al escenario del buzón. En aquel edificio que estaba dentro de otro que daba a la calle de Jarauta, estaban arrumbadas los plomos de muchas ediciones, cajas de libros sin interés (los lectores de Iribarren ya habían sido), papeles sin valor apreciable alguno, salvo la carta del general Dorregaray ordenándole a Mendiry  el fusilamiento de los prisioneros liberales, los dibujos de Francis Bartolozzi o de su esposo, Lozano de Sotés, y algunas caricaturas de maleantes que habían salido bien de la guerra. También había moldes de caramelos y chocolatinas porque aquello, que ascendía hacia los cielos de manera tambaleante, también había sido una fábrica de dulces. Daba miedo porque escaleras y pisos se venían abajo o cuando menos temblaban cuando las pisabas. En la realidad de entonces y en los sueños de ahora.

Si en mi novela El pasaje de la luna hubiésemos entrado al burdel de La Turca, Teodora Moazos Folakis –probablemente una refugiada griega de la represión de Esmirna en 1922– , por el 35 de Descalzos, y empujado una puerta secreta que había en su fondo, habríamos dado con El Teatro de la Luna –remedo del de El lobo estepario, uno de los libros que más me marcaron, hacia 1968– que ocuparía el lugar de aquella construcción fantástica. El burdel de La Turca aparece en la novela Plaza del Castillo, de García Serrano como el escondite donde acaba uno de los militares alzados que anda herido y huyendo la víspera del 18/19 de julio de 1936. La Turca era un lugar de referencia en el modesto barrio chino pamplonés al tiempo de la guerra… También la adornaban con un Bugatti y  unos galgos borzoi, Laffont se llamaba uno, y un chalet en un vergel Del Río, propiedad de un ricachón de Bilbao. Se cuenta que en 1936 le confiscaron el coche y lo pusieron a disposición del obispo o del cardenal Gomá… De las narraciones vaso en mano y la mirada perdida más allá del espejo de la barra, hay que fiarse lo justo, pero sin ellas, qué aburrimiento.

¿Y el buzón? El buzón me lo he encontrado en este Viaje alrededor de mi cuarto al que me ha obligado el confinamiento y en el que sigo, tal vez sin vuelta, porque para qué… A algún lugar llegaremos.

Dr Jeckyll y Mr. Hyde (un extraño caso)

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Cubierta de la edición sueca del Dr Jekyll and Mr Hyde (1921), de  Robert Louis Stevenson.

Es uno de mis relatos favoritos de Stevenson. Como idea me parece sugerente y soberbia. Somo dos, como mínimo, y algunas personas llevan eso a sus últimas consecuencias. Chesterton hablaba de ello en su ensayo sobre Stevenson, pero concluía que, al final, solo enterraban a uno de ellos. Hay gente que dice tener muy claro quién es, aunque no sepamos nada de lo que le sucede a puerta cerrada o en sus desvelos. Otro no lo tienen tan claro, pero se cuidan mucho de decirlo no vayan a tomarlos por locos. En El pasaje de la luna, un juguete literario que escribí y publiqué en 1984 (en la editorial de Valentín Zapatero),  puse en escena, a mí modo, a dos personajes que estaban no ya inspirados, sino tejidos sobre los de Stevenson. Descansa mucho que los gatillazos, las chapuzas y todo lo que es inconfesable, lo protagonice otro. Detrás estaba un ensayo, Le Double, de Otto Rank,  que compré en Las pulgas de París, después de darme un porrazo con un toldo y caer redondo, pero esta es otra historia…

ESCOCIA 2008 122