«Aquí se detienen»

Duelo en el Valle de la Muerte En unas semanas este libro de poemas estará en la calle o en las librerías, o en ambos lugares a ser posible. Su título hace referencia a la leyenda de un reloj de sol que se encuentra en una casa particular de la localidad bajonavarra de Ainhoa. Un amigo, ya fallecido, me la tradujo hace años por «Corren veloces, pero aquí se detienen». Una invitación a vivir el presente allí donde esté, en la casa que creía era la de la vida entonces, hasta darme cuenta de que eso es para mí un espejismo: No existe tal lugar. Eso fue hace veinte años porque este libro reúne poemas escritos entre 1995 y 1999, y todos en Gorritxenea, la casa del valle de Baztan en la que vivía por entonces.

El libro, se publicó junto a otros ya editados en La marca del cuadrante, del año 2000, libro en el que reuní mi poesía editada hasta entonces junto con algunos títulos inéditos.  Este fue uno de ellos. Por eso, ahora  es como si se publicara por primera vez porque quedó, me temo, oscurecido por otros libros, y olvidado, cuando era el que más me gustaba de los reunidos, el que mejor expresaba mi sentimiento de arraigo y desarraigo, de rebelión frente a las leyes de las tribus y mi duda de haber encontrado o no mi lugar en el mundo, algo que alienta también mi reciente Fingimientos y desarraigos (2017) y que venía de lejos, pero que se resuelve en un decidido encomio de la errancia.

Prepararlo para su edición ahora, en circunstancias vitales bien distintas a las de aquellos años,  ha sido un viaje a aquella época, a sus vaivenes, gozos y zozobras, a aquel mundo fronterizo, de idas y venidas a San Juan de Luz, a la ciudad de los porches cepo, a  aquella casa ruinosa que olía a humo, a la brutalidad de los cuadrilleros porcheros y  fronterizos, al valor de la amistad… un viaje. «No hay regreso feliz, ni siquiera en el recuerdo», escribía yo hace cuarenta años. No estoy tan seguro.

Fingimientos y desarraigos (2000-2017)

Han pasado casi diecisiete años desde la última vez que publiqué poemas reunidos en un libro. En diecisiete años caben varias vidas. No es el mismo quien empezó a escribirlos en una casa del valle de Baztan, que al final no fue la de la vida, y quien los acaba de reunir, en el mismo valle, en otro pueblo, sabiendo que está de paso. En este tiempo ha  habido cambios de casa y viajes, y con ellos han cambiado los escenarios, los humores y las rutinas de vida; han fallecido ya muchos de los compañeros de ruta; los tiempos que parecían afables o aceptables en lo público y en lo privado se ensombrecieron de mala manera y eso creo que se nota mucho en lo que he escrito.

Nunca dejé del todo de escribir poemas.  Eso sí, hubo años en que no escribí gran cosa, versos sueltos, poemas truncados; los otros se fueron quedando a la espera de vete a saber qué. La desgana o la pereza, o las dos cosas.

Ajuste de cuentas hay, no voy ni a negarlo ni a esconderlo, pero sobre todo conmigo mismo, con empeños, afanes y grandilocuencias emocionales que han dado en poca cosa o en nada, y que en el momento de su escritura parecían poco menos que de vida o muerte. Pessoa está detrás de la primera parte del título, pero tampoco hace falta ser Pessoa para reparar en que no hay puesta en escena que no tenga algo o mucho de fingimiento, algo más que un lugar común. León Felipe por su parte, con  unos versos de su poema «Qué lástima»,  está detrás de los desarraigos.  Arraigo, desarraigo, puesta en escena, exabruptos, sí, conjuros, osadías, despropósitos, añoranzas, desahogos, burlas y exorcismos contra el desacuerdo con uno mismo que el paso del tiempo me hace ver que resultan a la postre ineficaces, por mucho poema que escribas.

*** El libro estará en las librerías cuando llegue septiembre…