La fotografía, ese veneno

the-traveler_800x450Una vez que te has hecho cazador de imágenes lo eres para siempre. Algo así dice uno de los personajes de Maria Larssons
Ese fotograma de la película de Abbas Kiarostami, Mossafer (The Traveler), de 1974, me interesa  no por nada, sino porque la cámara que sostiene el chaval es muy parecida a la primera con la que saqué fotografías y de la que todavía conservo un negativo en celulosa de fotografías sacadas en Bakaiku, hacia 1963, una Kodak Brownie, heredada. Recuerdo haber sacado fotografías, muchas, sin carrete, es decir que lo que me importaba era ver las cosas encuadradas en el objetivo. Y lo hacía de manera furiosa, era otra, quién era.  Años después, en 1967 empecé a sacar fotografías con una Zeiss Ikon, luego con una Rolleiflex prestada, y una vez más con la  Zeiss Ikon que reventó en Ordesa, en 1976. Los laboratorios donde las revelaba, ya no existen. Aquel mismo año  compré una Nikon EL2  con mis primeros dineros-dineros que gané como abogado. La cámara estaba dañada y me costó Dios y ayuda que el chorizo andorrano trasplantado a mi ciudad al que se la compré, me la cambiara. Por entonces, la banda de los poetas de Capitanía, me reprochaban mi afición a la fotografía, como algo impropio de un poeta a lo jolderlín, que era lo que se llevaba, luego se metieron a etarroides, pera esta es otra historia, de foto fija. . Por mi parte, tardé años en reprocharles no haber escrito ni una línea.  Qué manía la de cicatearle al prójimo sus pasiones. Me gustaba Catalá Roca, Doisneau, Cartier-Bressons, Brassai, a quien llegué a través de Henry Miller… de otros que me gustan no doy nombres porque vinieron luego y sería un mal pegote pasar por conneisseur primerizo cuando no lo era.  Me daba envidia Javier Campano, compañero de carrera, que había colgado los códigos y se había metido a fotógrafo.
En 1989 me la intentaron comprar en Cracovia.  Luego vinieron otras Nikon más modestas y las varias digitales que se estropean con facilidad y de manera irrecuperable, y que me acompañan en mis viajes. Sobre mi archivo de fotografía ha pasado de todo. Mucho lo he perdido en traslados, en carretes que se quedaron sin revelar en su momento y luego fueron irrecuperables, dijeron en el laboratorio, cuando los llevé a revelar. Archivar fotografías es complicado, creo que tienes que pensar que es algo ajeno a ti para, en muchas ocasiones, no salir a escape ante los rastros de lo vivido.  Si he sacado algunas buenas fotografías ha sido de casualidad. No me importa decir que salgo a la calle como quien va de caza, y que suelo lamentar el día en que me dejo la cámara en casa, sea la de bolsillo, sea la aparatosa Nikon D80 heredada que me ha dado más alegrías que disgustos. Pero aquella primera cámara, modesta, casi un juguete, aquella es la más inolvidable de todas, asociada sobre todo al mirar la realidad a través del objetivo y ahí atraparla, pero antes verla de verdad… no es fácil explicárselo a quien no padece esa pasión.

La fotografía y su riesgo (paceños)

La Mélancolie… el precio de una foto aceptable de la entrada mañanera de la cárcel paceña de San Pedro, la cárcel más loca del mundo. Un tipo malencarado con tres galones en la bocamanga del uniforme y cara picada, aliento avinagrado me ha agarrado violentamente de la zamarra y mientras me zarandeaba, me ha espetado: «¡Está prohibido sacar fotos! ¡Tiráte de acá y que no te vuelva a ver…!» Y no sé qué más, pero «de las mil putas», y con un empujoncillo de propina. La plaza estaba llena de escolares uniformados o vacilantes, ellas, encima de unos zapatos de tacón de aguja de vértigo, abrazados, algunos, a sus instrumentos musicales para el ir y venir de sus machacones desfiles patrióticos. Horas y más horas de charangas y desfiles.

En situaciones de estas siempre me acuerdo de Leo Ferré y de su canción La Mélancolie

C’est se r’trouver seul
Plac’ de l’Opéra
Quand le flic t’engueule
Et qu’il ne sait pas
Que tu le dégueules
En rentrant chez toi

y tú te cagas en su muertos cuando regresas a tu casa… Es igual, ahí está la foto que quería de la entrada atestada del lugar.

Sacar fotos en las calles de La Paz es una especie de deporte de alto riesgo. Sé dónde sacar y dónde no, y a quién es inútil pedirle permiso. Habré sacado unos cuantos miles de fotografías a lo largo de diez viajes, pero no diré que no haya tenido incidentes: con policías, con maleantes, con coqueras, con comerciantes, con un afilador, con quien pasaba por allí o con ese al que el cuerpo le pedía sangre, sobre todo con este, en cuanto te veía con una cámara en la mano. Hubo una época en que estaba prohibido sacar fotografías de mercados y otros lugares. Lo cuenta Christopher Isherwood en El cóndor y las vacas.

Ahora sospecho que lo que está atrapado en la red de esos miles de imágenes es mi visión de un mundo que he intentado describir en Chuquiago, Deriva de La Paz y en Cirobayesca boliviana. Un relato fragmentario y unas piezas documentales que pueden hablar por sí solas, no lo dudo, pero a las que siempre les faltará mi relato: el por qué, las circunstancias, el momento, el humor de quien aprieta el disparador. Me he engañado pensando que esas fotografías sustituían con ventaja el cuaderno de apuntes o el diario de viaje. La fotografía de campaña nos está volviendo perezosos de mirada. Y aun así qué difícil resulta sustraerse a la tentación del enfoque y captura de lo que te maravilla, abruma o sorprende, una cosa es la teoría y otra la práctica.

 

El cazador perplejo

POPE PATISERIA LIPSCANI 1La fotografía, escogida al azar de una riada, la saqué en mayo de 2007, en la Patiseria de la calle Lipscani, en Bucarest, en un rincón en penumbra frente a ese pope que escribía de manera compulsiva y que cuando le gustaba lo que había escrito, daba un deportivo gritito de alegría y se echaba, goloso, un trago de cerveza…  ¿Y? Y nada. Una sombra en la penumbra.
Viene esto a cuento de algo que escribo entre la perplejidad y la incredulidad. Hace unas semanas me di cuenta de que mi ordenador estaba la límite de capacidad. Al poco de enredar vi el motivo: más de 116.000 fotografías… ¿Para qué carajo quiero yo 116.000 fotografías? Para nada. Vahídos, un vértigo nada poético. He pasado demasiadas horas borrando y borrando copias de copias, series enteras… hasta lo que no tenía que haber borrado. Una pregunta a la que no he sabido responder: “¿Y esto para qué demonios lo saqué?”  La fotografía ha sido para mí un cuaderno de notas de la mirada perezosa. Algo así. No tengo tiempo para repasarlas una por una. ¿Por qué las he sacado? Por manía, sin duda. La manía de intentar atrapar lo fugaz, lo volatil, una luz, un rostro, escenas que me parecían pintorescas o memorables… un yo qué sé. Atrapar más que retener. Cazador, y encima furtivo. Capturar sombras para nada porque luego las imágenes raras veces me han servido para algo que se viera.  Cada vez que he escrito de un viaje no me he apoyado en las fotografías, sino en las  notas o en los recuerdos. Las imágenes, esas que dicen que valen más que  mil palabras –sí, sí, dale, dale hasta que pierdas estas y te quedes lelo–, me han producido una pereza insalvable. No soy fotógrafo, soy escritor.
Ayer salí de casa sin la cámara en el bolsillo. Dejando a un lado que no está en condiciones, me estoy todavía acordando de las luces de una tarde de otoño, con sol y nubes, en la sierra de Sarbil, en el Perdón, en Montejurra, en los montes de la Rioja… y me digo con susto que de haber sacado la cámara ni me acordaría ahora de esas imágenes ni muy probablemente las habría repasado jamás.