La sombra del Escarmiento (1936-1940), por Txema Arinas.

10525942_629563840499782_2028354973544843461_nPor una elemental gratiud, traigo aquí la nota que ha escrito Txema Arinas sobre La sombra del Escarmiento (1936-2014). A Txema Arinas le estoy muy agradecido por el comentario (no voy a hacer ninguna broma afectuosa) y acierta plenamente en el párrafo final cuando habla del muy reciente ataque al monolito en recuerdo de los fusilados del monte Ezkaba y a la apertura de la fosa de Elía de la que se han rescatado tres cuerpos de los asesinados en la cacería organizada tras la fuga del Fuerte de San Cristóbal, de 1938. En Navarra quedan muchas fosas sin abrir y muchos cuerpos sin rescatar.

“Hoy creo que un escritor no puede dejar de lado aquello que siente necesidad de escribir por temor a indisponerse con sus convecinos o conciudadanos, a perder el favor de los poderosos o el de quienes no tienen poder, pero están armados de poderosos prejuicios que les empujan a encontrar culpables donde no los hay y sobre todo a no tratar a las personas como lo que son por sí mismas y sus obras, sino por su origen familiar, étnico o geográfico. Nunca escribes a gusto de todos, nunca eres por todos aceptado, escribas o dejes de escribir. O te sobras o nunca es suficiente, y si para unos eres del Opus, para otros eres batasuno, o falangista, y vivirás de por vida bajo sospecha; poco importa que las acusaciones sean groseras o faltas de la más elemental verdad. Un clima amable el de mi tierra… y de otras también. El horizonte de la pequeñez y la mezquindad y de la violencia a ellas aparejada es ancho.

A LA SOMBRA DEL ESCARMIENTO – Miguel Sánchez-Ostiz

Yo no sé si esté párrafo entresacado del libro A LA SOMBRA DEL ESCARMIENTO puede ilustrar mal que bien el espíritu, el tono, la intención del mismo. No lo sé porque podría haber entresacado multitud de ellos a modo de pinceledas de lo que el lector se puede encontrar en un libro que surge a raíz de otro del mismo autor, EL ESCARMIENTO, y en el que se nos habla desde el presente sobre un hecho del pasado sumamente doloroso y controvertido: el plan perfectamente urdido y llevado a cabo por el general golpista Mola y sus secuaces para dar un escarmiento a sus enemigos más allá del frente de batalla y con una crueldad inusitada, tanta como para que sus consecuencias perduraran en el tiempo, hasta nuestros días. El ESCARMIENTO habla de cómo se gestó, dónde y por quiénes. No es un libro de Historia con sus aluvión de datos y sus pujos academicistas, no, es un libro que narra hechos históricos, muchos de ellos sobradamente conocidos, a través de los ojos de unos personajes novelados y contemporáneos que el autor pone en escena. Por otro lado, LA SOMBRA DEL ESCARMIENTO es un libro en el que el mismo autor nos habla tanto de sus razones para emprender la escritura del primero, de los obstáculos a los que tuvo que enfrentarse para hacerlo, como de las consecuencias de haberlo escrito y del por qué de éstas. Creo que es algo muy poco frecuente en la literatura española esto de que un autor se digne a revelar al lector los pormenores de la gestación de un libro, que se atreva a confesar incluso las dudas y problemas del antes y después de ésta. Pero es mucho más, en realidad no se trata sólo de EL ESCARMIENTO en sí y de las vicisitudes a las que su autor ha tenido que hacer frente como responsable del mismo. A LA SOMBRA DEL ESCARMIENTO es también un libro que nos habla de todo lo que atañe a la Memoria Histórica y en especial a las muy diferentes y controvertidas reacciones que ésta genera en todo tipo de gente, si bien hay que destacar las de aquellos que se oponen virulentamente a la misma y también, también, de los que parecen seguirles el juego a estos ya sea restándole importancia o simplemente permaneciendo neutrales, como si los que la reivindican fueran cuatro gatos obsesionados con el tema y además movidos por vete a saber qué oscuras intenciones. MSO habla de todo esto, y lo mejor de todo, como siempre, es cómo lo hace, con la franqueza y honestidad que caracteriza todo lo suyo, con ese lenguaje tan desprovisto de artificios y trampantojos tan del gusto de los del gremio, y por ello tan obstinado, certero, como sincero que hace que las cosas no sólo suenen a verdad, siquiera su verdad, sino que además retumben. Y es que no sólo nos habla de las intimidades de su oficio como escritor, llegando incluso a descubrir en público parte de su intimidad personal y familiar con el único fin de que al lector no le quede ni la menor duda acerca de la sinceridad de sus intenciones a la hora de escribir EL ESCARMIENTO, sino que también procura acercarse a los motivos de aquellos que repudian todo ejercicio de Memoria Histórica, aunque, si bien reconoce que “creo que las cuestiones de conciencia individuales no pueden ser objeto de juicio social o político. Como mucho, podemos hacer valer hasta dónde llega nuestra capacidad de comprensión de hechos cuya urdimbre íntima desconocemos”, también es cierto que tras observar y sobre todo sufrir el proceder de los herederos ideológicos del franquismo, esto es, de verdadera acrimonía para con las víctimas y sus descendientes, además de una absoluta porfía en entorpecer cualquier intento de reparación a éstas, sólo puede llegar a conclusiones como a las que apunta en el libro: “Porque esa mugre se sustenta en el silencio obligatorio, en la impunidad asegurada y en el olvido. Los verdugos de ayer están desaparecidos en el entramado del sistema, amparados y favorecidos por los gobernantes de hoy. Hay que escribir con verdadero detalle la historia de lo sucedido. No cabe hablar de un perdón y un olvido, mansos y cómplices, que solo benefician a los verdugos. Eso no es justicia, eso es abuso.

¿Un libro que habla de más de lo mismo, de una Guerra Civil y sus consecuencias casi olvidadas, de temas que ya solo interesan a cuatro? Pues mira, casualidades de la vida que en realidad no lo son tanto, que se lo pregunten a los “patriotas” que ayer mismo atacaron el monolito en homenaje a los fusilados en Ezkaba, Navarra, coincidiendo, vaya por Dios, con la localización hace unos días en Eguesibar los restos de tres fugados del fuerte de San Cristóbal en 1938. Pues eso, unos quieren esclarecer la verdad de lo sucedido, rendir homenaje a sus muertos, hacer justicia incluso, y otros todo lo contrario, si es posible todavía ahondar mucho más en el daño infligido. ¿Quién es, pues, en esta historia el guerracivilista, el que va poniendo chinitas en el camino de una definitiva reconciliación?

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Cementerio de las botellas

P1150355En el Cementerio de las botellas, junto al Fuerte de San Cristóbal, el muro del rincón donde enterraban a los que morían sin confesión, cuando la prisión se convirtió en  hospital penitenciario.

Cementerio de las botellas… ¿Cosa del pasado?

Cementerio de las Botellas… ¿cosa del pasado?

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Esta mañana he subido con Josep Malivern, poeta y amigo entrañable, al fuerte de San Cristóbal. Malivern, que vive junto al mar Mediterráneo,  no lo conocía. Antes de dar la vuelta al fuerte, hemos bajado al cementerio de las botellas y lo primero que he visto ha sido el monolito que recuerda lo que eso fue y es, derrumbado. ¿La guerra y el franquismo cosa del pasado? Mentira. Si lo fuera nadie se molestaría en ir a un cementerio en pleno monte y derribar la piedra en la que de manera muy sencilla se recuerda lo que eso es: un cementerio en el que todavía hay enterrados presos que fallecieron cuando el fuerte fue sanatorio antituberculoso. Hace unos meses vi que alguien había esparcido cenizas junto al monolito. No sé bien en qué puede ofender un monolito como ese de recuerdo ni qué rabia, qué mentalidad de vencedores y vencidos puede abrigar quien lo hizo, quien lo hace por costumbre, porque esa no es ni mucho menos la única agresión que sufren los monumentos y placas que recuerdan, en el fuerte y sus alrededores, que aquello no solo fue una fortaleza militar por completo inútil, sino una prisión espantosa, de la que muchos salieron para ser asesinados en las cunetas y a la que otros jamás llegaron por lo mismo.
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En San Cristóbal

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Esta mañana he subido al fuerte de San Cristóbal con el periodista Fernando Garayoa y el fotógrafo Javier Bergasa (las fotos no son suyas). Nubes bajas, mucha lluvia, torrenteras y barrizal en los alrededores. Arriba no había nadie. La puerta cerrada y a un lado las flores secas del último homenaje a los fugados y asesinados de 1938. Por el camino de subida, guerra de banderas en los mojones y algunos recordatorios en los árboles de las cunetas. Se pinte como se pinte, y derriben los militares lo que derriben (para hacer desaparecer las huellas del penal de 1934 y de 1936-1945), ese fuerte será siempre el penal de la guerra y un matadero, antes y después de la Gran Fuga de 1938, el lugar al que no llegaban muchos detenidos, porque se quedaban en la subida; detenciones que causaba en las familias de los allí conducidos «la peor de las impresiones»: «Bienvenido al fuerte», glosaba el Diario de Navarra la llegada de «detenidos de calidad» que serían asesinados días después. Un lugar siniestro, un miasma, hagan con él lo que hagan, borren o dejen de borrar lo que quieren. Su historia, silenciada durante décadas, es hoy apabullante.

Aprovecho la ocasión para recomendar el blog “Laberintos en la memoria”, de Hedy Herrero, enlazado en estas líneas.