«Los poemas de marzo»

Si no me equivoco, ese era el título de un conjunto de poemas que escribió o iba a escribir, un personajes de Cornejas de Bucarest, novela, ficción autobiográfica de primera y burla de pamemas críticas y otras. Pero lo cierto es que me gustaría que hubiese poemas de marzo o en marzo, como hace unos pocos años, cuando vivía en Arraiotz. Quieres escribir poemas, pero no puedes, las ideas y las palabras son fugaces, demasiado. Querer no es poder, al menos en este caso. Me gustaría meter el silbido matutino del mirlo en un verso o las fantasmagorías del bosque, pero no soy Georg Trakl y de la lluvia y su calma ya escribió Jorge Teillier.  Se fue febrero con sus carnavales, los lilos, los narcisos, la soulangiana, las peonías y el muguet andan brotando, y la camelia ya hace un par de semanas que empezó a echar flores. Un mes de trabajos para darle cara al jardín, y lo que falta… Comme le temps passe. Una obviedad de la que es difícil sacar nada, aunque te acompañe Frescobaldi: poemas de gabinete, poemas de caminante. ¿Y poemas de revuelta? Ganas no faltan ahora mismo. Octavio Paz advertía contra ese prurito y su mal envejecimiento a nada que estén demasiado atados a los hechos concretos que los provocan.

 

Brasillach

Comme le temps passe…  de pronto recuerdo que es el título de una novela, de amor y de guerra (PGM), del notable escritor Robert Brasillach, fusilado a la Liberación por activo colaboracionista con la Ocupación y por traición, pese a todas las peticiones de clemencia que tuvo, incluida la de Albert Camus. Lo leía hace años, más por ser un personaje de la novela negra del tiempo, que por su esteticismo y sus ideas políticas que me parecen repugnantes, incluidos sus elogios al golpismo franquista: Les Cadets de l’Alcazar. Odioso antisemitismo del periódico Je suis par tout… Una obra sólida, importante, de creación y erudición la suya (Virgilio), que su activismo político antisemita y las consecuencias que para él tuvo, ocultan. En Gilbert Arragon (de la Petite Bayonne entonces) se me escapó una muy maltrecha edición de esa novela, pero con una mención manuscrita que daba cuenta de que  esa mañana habían pasado por las armas a Brasillach. Vivir entre reliquias, mal asunto; es tanto como vivir en lo perdido. Y lo leído allí queda, como una rara bruma, engañosa. Pensaba que casi todo podía leerse con frialdad y distancia, por encima de las ideas venenosas, como si no fueran contigo, pero ahora mismo esas ideas regresan alimentando políticas sociales algo más que autoritarias. Estaba equivocado.

 

Gilbert Arragon, librero, en Saint-Esprit

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Al final va a resultar que el único motivo real que tengo para ir a Bayona es  pasar por la librería de Gilbert Arragon, y más por las chanzas y el humor del librero que por lo que encuentro, que también, claro. Pero ese rato de risas y sarcasmos no tiene precio. Me voy con la idea de que es más lo que dejo, que lo que me llevo, pero eso ya qué más da, eso no tiene cura ni escenario preciso. La librería está ahora en el barrio de Saint-Esprit, el antiguo barrio judío de Bayona, el de la sinagoga y el cementerio, pero cuando la conocí, hace mucho, demasiado,  estaba en la Petite Bayonne, siempre atiborrada de libros en los que hay de zarpear que es un gusto. Con el tiempo se metió en el local de al lado, que era una carnicería y luego algo de bicicletas. Nunca he salido con las manos vacías: viajes (Monfreid), filosofía –aquellos Cioran leídos y anotados por un cura–, Céline (en sus panfletos antisemitas),  Cendrars, Muray, Bove, Jarry, Apollinaire, Perret… qué sé yo, buena parte de lo leído estos años viene de ahí. No se trata de titulos, ediciones, autores, ni bibliofilias, sino del rompecabeza de tu mundo literario, al que te agarras como puedes. Temo el día en que pueda encontrarme la persiana echada.

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