El arte de la conversación (Magritte)

L’art de la conversation, Magritte, 1963. Se va perdiendo. Es un lugar común y con esa sentencia se obvia el fondo del asunto: lo vamos perdiendo, si es que alguna vez lo tuvimos, si es que alguna vez escuchamos de verdad, no como ahora, en este ruido, cruce de voces que se imponen las unas sobre las otras. Lo de las redes sociales no es conversación, es otra cosa, ni siquiera verdadera correspondencia, al margen de que tengamos muy poco que decirnos porque todo está sobre el tapete, todo está ofrecido al primero que pase. Lezama Lima hablaba de ese arte en Tratados en La Habana, un libro al que es un gozo recurrir, libro otoñal este para mí. Ahí habla de los hechizos de difícil conjuro que caen sobre la conversación: la auctoritas destemplada, uno de ellos, algo que hoy cunde, como cunde el compartir consignas, y las confidencias excesivas que son secuestros, falsificaciones. Nada que ver con los circunloquios, las fugas, los cuentos, las curiosidades compartidas… que requieren, me temo, una presencia física, un lugar adecuado, aunque mejor sea no desdeñar los encuentros al paso.

Conversaciones peripatéticas, diurnas y nocturnas, conversaciones de penumbra de gabinete, de sobremesa prolongada con humo de habanos y trago fino, o sin humo, o sin tragos finos, que dicen en Bolivia. Me asombro de la suerte que he tenido de haber conocido a personas excelentes y haber podido conversar con ellas.

En la Isla de San Luis la conversación,
serpiente que penetra en el costado como la lanza,
hace visible las farolas de la ciudad tibetana
y llueve, como un árbol, en los oídos.

Eso escribe Lezama en su poema dedicado a Octavio Paz, gran magrittiano.

¿Cómo recuperar aquella entrevista-reportaje a Lezama Lima en su casa de La Habana en la que flotaba el olor del lechón recién asado y de los habanos? En la edad del recuerdo, todo es desorden, almoneda.