Merodeos madrileños

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El primero que me llevó a esa librería fue Juan Manuel Bonet, a comienzos de los ochenta, cuando nos conocimos. Era prodigiosa. Le compré una obra de Alejandro de la Sota.  No recuerdo si tenía algo raro colgando del techo del  local que veo oscuro y atestado, pero así me lo represento: un caimán, por ejemplo, pero esa es la ilustración de Julio Caro Baroja para Inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox.  Era prodigiosa. Ahora, la librería Miranda la lleva su hijo, en la misma calle, pero más abajo, y esta mañana le estaban filmando en plan sesudo, mucho foco, mucha encuadernación. A mí entre tanto me ha ido adelgazando mucho la bibliofilia, como le he dicho luego a Sergio Campos, escritor y erudito, a quien no conocía y con quien he tomado un vermú de grifo en Casa Alberto, de Huertas, debajo de un cartel que prohibía cantar y bailar. De no haber tenido compromisos hubiésemos seguido charlando hasta que cantara el gallo. Yo, por dentro, he bailado cuando este erudito me ha dicho que le ha gustado mucho Cirobayesca boliviana. Miedo tenía porque este hombre sabe lo que no sabe nadie de Ciro Bayo y de otras sombras de su generación o de la de Eugenio Noel.

RAMÓN, en su Museo Portátil

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Reconciliarse con RAMÓN. Me gusta más de lo que he reconocido en los últimos años, sobre todo en su relación con los objetos y en patiperreo del callejero madrileño. A menudo sucede que cuando vas buscando una cosa, encuentras otra… como ese «RAMÓN, ante el Pombo» de  Damián Flores Llanos, en un rincón amable de su Museo Portátil (Centro Conde Duque), al que he ido de la mano de José Fco Megías Flórez.

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La última vez que vi su despacho fue en el Museo Municipal, hace mucho. Desde entonces, y antes, sus cosas han trotado mucho y quien pudo se llevó una reliquia. Juan Manuel Bonet (que fue quien me asomó a Pombo hacia 1981) tiene un magnífico trabajo sobre el torreón de Velázquez, donde anidó RAMÓN en sus diez últimos años madrileños, el despacho que más famoso se hizo, lleno de imágenes, de objetos heteróclitos, una auténtica cacharrería del alma, llena no ya de tiradores de la memoria, que también, sino de invención, de la evocación… Ramón interrogó a los objetos como nadie y le llevó la contraria a Proust, en su Tiempo recobrado. Para Ramón, los objetos estaban llenos de vidas.  El Rastro madrileño si no tenía secretos para él, estaba lleno de apetecibles misterios, encantos, sorpresas… las cosas le hacían señas desde la oscuridad o del fondo de las «penumbras de lujo» (Ruano). No hay colección que no sea a la postre una autobiografía. No hay «museo portátil» que no admita un viaje de la memoria… Viaje alrededor de mi cuarto, que no se haga tarde para emprenderlo.

La primera vez que vi su despacho fue en un reportaje dominical del diario Ya, que leía uno de mis abuelos. Debió de ser hacia 1963 0 1964. Me quedé asombrado y firmemente decidido a montar mi propia cacharrería porque ya venía envenenado con el reunir objetos.  Huroneé en desvanes, derribos, chamarileros, más tarde, mercadillos, pulgas… tuve y regalé o perdí.

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El objeto que más me ha llamado la atención en la visita de hoy ha sido ese diablo de la Diablada Boliviana, que estaba sobre la mesa de trabajo.  ¿De dónde lo habría sacado? ¿De qué baile? ¿De qué derribo? La última y primera vez que vi su despacho,  no estaba o no lo recuerdo, o entonces esa figura del diablo danzante de la diablada de Oruro no me decía nada… De Oruro o de la Tirana, donde también los llegué a ver, yendo desde iquique, el mar boliviano perdido. Ahora, después de haber visto bailar esa diablada, entre pólvora, metales, humos, saltos y brincos, es distinto, y sobre todo después de haber escrito sobre su dechado mi propia Diablada (hispano-boliviana).

 

«Deriva de la ría»

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Carlos Cánovas. Qué recuerdos más chungos los de aquellos días… «Deriva de la ría», otro trabajo fantasma, inútil, pane lucranda. La gente que lamenta haberte conocido… siempre es mutuo… Una época, años, que recuerdo con asco. De algunos puedo preguntarme si fuimos alguna vez amigos, de otros ni eso, meras comparsas de la cultureta del pueblón. Del catálogo que escribí para la exposición de Cánovas en Valencia nunca más supe, porque no tuvieron, ni él ni Juan Manuel Bonet, la cortesía de hacerme llegar un ejemplar, no ya en su primera edición, sino en la segunda, si es que la hubo. Lo primero para Cánovas, fue vender su catálogo navideño en la librería El Parnasillo, antro escachafamas,  a pesar de que mi nombre estaba mal puesto a mala idea, con plena intención de fastidiar, algo que fue muy festejado luego.

Artículos de viaje

rollos 2La fotografía la tomé en el Rastro de Madrid, un día de primavera de 1994, en compañía de Juan Manuel Bonet. Era un baúl de cuero negro que estaba repleto de mapas y cartas de navegación. Me pareció todo un emblema del viaje, del viaje inmóvil por entonces. Pau era para mí un objetivo literario, en la medida en que es el escenario por el que anduvo a la deriva don Tristán de Barraute, un personaje de una novela de hace trece años, En Bayona, bajo los porches. 

También fue en Pau donde me regalaron ese diario de navegación (fragmentos) de un navío español del siglo XVIII en su derrota por el océano Índico. Está incompleto y las últimas páginas están escritas con una tinta tan tenue que no pueden leerse. Hacía años que lo había perdido de vista. Lo he encontrado esta mañana en el barullo de la biblioteca cada vez más polvorienta y abandonada, y he pasado unas cuentas horas leyendolo como he podido a la busqueda de alguún detalle que me permitiera saber de qué barco se trataba y quién era el que lo comandaba. En realidad buscaba algo que me permitiera ir tras los pasos de Arthur Gorodn Pym, algún misterio.  El navío español anda entre las isla de la Reunión, Mauricio, la Piedra del Inglés, evita Madagascar y navega por el ïndico persiguiendo deportivamente a un navío holandés, el “Princesa Luisa”… la tripulación enferma y hay fallecidos sin nombre, hay que hacer aguadas, cargar carne, protestar porque les roban un ancla los franceses, hacer observaciones de latitud y longitud, anotar los vientos y la meteorología, páginas y más páginas de datos, los días corren con aquello que dijo Conrad, con la monotonía de una  vida entre cielo y agua, hasta que hay una serie de tormentas que obligan al barco a buscar refugio en Puerto Luis, en la Isla de Francia (hoy Mauricio), del rey de ídem, donde el capitán sin nombre se dedica a redactar una descripción física y naturalista de la isla en la que cuenta, por ejemplo, más de 40.000 esclavos, entre “moros y malavares”… entonces es cuando se me ha hecho la luz, que le dicen los rancios, y he sospechado quién podía ser el autor del diario y de ese informe. De hecho no podía ser otro en esas fechas (1786-1788): Francisco Muñoz y San Clemente, en su viaje, fundacional para la Compañia de Filipinas, entre Cádiz y las islas Filipinas doblando Buena Esperanza. ¿Y el barco? El Águila Imperial.
Arthur Gordon Pym no saltó de su estante de sombras, pero me pregunto cómo termina ese diario de navegación en un chamarilero de la vieja Pamplona, frente al antiguo Colegio de la Compañía, la ciudad en la que el marino ilustrado y naturalista, compañero de Alejandro Malaspina, nació en 1755 (y más cosas). Me he preguntado si no andaría de por medio un vendedor de momias que aparece en mi novela La flecha del miedo o un traficante de obras de arte, perseguido en algún momento por la Interpol, que exhibía un carnet rojo en cartoné de agente secreto de los servicios de Carrero Blanco, sin otro propósito, imagino, que acojonar al imbécil. ¿Novelerías? No, cosas que pasan y de las que te enteras si prestas atención. He imaginado, una cosa y otra, y se me ha ido la tarde recorriendo mapas, pasando una vez más por Juan Fernández, en el fabuloso viaje de Malaspina… lejos.

Madrid, ciudad de paso (Diario volátil)

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Madrid, en otoño, una luz, el borboteo del agua en el paseo del Prado, recién bajado del tren y el encuentro cálido con los tuyos y con un buen amigo que te lazarea por su mundo y sus escenarios de infanica y juventud, los compartimos, no son intercambiables. Los suyos fueron de vida, dura, los míos de puro paso. Melancolía… en escabeche, como aquella de la que se pitorreaba en padre Isla en sus Cartas de Juan de la Encina.

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Ventura de la Vega, el Hiloguy y el Luarqués, Carmen Martín Gaite, actores de teatro, Ganbela y su apetito inextinguible, G-Flai y su gorroneo bravo, insultante, pintores fallecidos… la redecoración ha acabado con todo… Ah, y Cafrune, Cafrune, se me olvidaba, invitado a la farra, el tiempo que va pasando, como la vida, etcétera, sí, pero te va matando, nos ha arrollado a todos: el carro del heno era un pulguero en dirección a un chirrión, a un muladar de Regoyos después de la corrida. Y sobre la ruina, el trato amistoso de quien con generosidad te da una mano.

P1150404Digamos que es en Alimentación Quiroga, esquina Huertas con Echegaray, donde el narrador de Cornejas de Bucarest compraba as latas de mejillones en escabeche que acostumbraba a comerse metido en la bañera mientras se relamía de la husma bibliofílica del día. Lo tenía muy fácil. Vivía enfrente, en el 22, piso segundo, piso galdosiano, de censantes, honrado comercio de la plaza, etcétera. Aquel mil hombres que no sabía qué hacer con su vida, no tenía ni idea de hacía donde se dirigía su viaje.

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No todo en Madrid es imagen del descalabro nacional ni mucho menos y eso que los taberneros castizos todavía se preguntan por el qué van a decir los turistas de la basura que asoma en las esquinas. Pues qué van a decir los turistas. Lo que ya saben, lo que vienen leyendo en los periódicos: que han llegado a un país de mierda gobernado por maleantes, en el que a la conquista económica y al saqueo a pedo de burra se le llama inversión extranjera; a un sólido mundo para ricos y solo para ellos se le llama emprendimiento y en el que la clase más pudiente no vuelve al lugar en donde estaba porque nunca se había ido: revolución de las tapas, mientras los que deberían armarla porque las tapas, esas tapas, no van a ir con ellos jamás,  son apaleados, sometidos por el miedo y como mucho queman unos contenedores… demagogia, bonita.

 

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Madrid, ciudad de paso, ciudad del pasado, ciudad de lo que fue, lo que pudo haber sido y no lo va a ser jamás, escenarios deteriorados, los tuyos, pimpantes los ajenos. Tienes la seguridad de que hagas lo que hagas no vas a tener un sitio: estar de paso. ¿Y qué importancia tiene esto? Ninguna dice la zorra al pie de la parra. ¿Para qué quieres un sitio en la piscina de las murenas? Al caer el día el poeta Hernández, acicalado, se dirige, calle de Serrano adelante, al copetín del día en el Círculo de Bellas Artes. ¿Habrías ido? ¿No? ¿Entonces a qué señalas?

Madrid, una luz amarilla de tarde, corriendo por las azoteas y los altos de las fachadas: la tuya, en esta ciudad, es un historia muerta y enterrada. Hay otra, ya otoñal, melancólica, de mucho lamerse las heridas y de reír en ese carro en el que dicen que nadie ríe, mezcla del heno y del cadalso.