Kavafis leído en una taberna fantasma

De todas las versiones posibles de este poema de Kavafis, escojo la de la Ramón Irigoyen porque fue a él a quien primero le escuché recitar este poema, va para cincuenta años, por afecto y porque me consta su solvencia en la lengua griega… La extraña cargante, la excesiva frivolidad (Álvarez) y el mañana tengo mucho tiempo, y la soledad de una taberna verde y amarilla de luz, y moscas, en una casa que te dirán derribada, pero que tú sigues viendo en pie, como hace cincuenta años. Tú, el único parroquiano, que pide dos negronis inauditos en ese tugurio que ya estaba abierto cuando unas puertas más allá funcionaba el burdel de La Turca, Teodora Moazos Folakis, con su descapotable y sus galgos borzois. Burdel de papel y tinta ese: García Serrano acaricia su Mauser como si fuera un gato. Edificio derribado ese. Las puertas blindadas se las llevaron los gitanos para chatarra: Pamplonico gli campeoni! Dos negronis, uno para tí y otro para el fantasma que tenga a bien dejarse caer a esa hora muerta, a echar su trago fino y a trapichear con burlas feroces y melancolías profundas.

En la medida que puedas

Y si no te es posible hacer la vida que deseas
intenta al menos esto
en la medida que puedas: no la envilezcas
en el contacto asiduo con la gente,
en asiduos ajetreos y chácharas.

No la envilezcas arrastrándola,
dando vueltas constantes y exponiéndola
a la idiotez diaria
del trato y relaciones,
hasta que se convierta en una extraña cargante.

Maldita ciudad (José María Fonollosa)

Ojalá que llegara
el fin del mundo esta noche
y esta noche no acaba, no, nunca acaba
maldita ciudad, maldita ciudad,
maldita ciudad, maldita ciudad.

Fantasías. José María Fonollosa. Albert Pla. Maldita ciudad… Bah, ese es sonsonete de perdedor y de cuitado, un arrebato de mala lírica ya muy gastado. «Kavafis, que te den con tus ciudades y al I-Ching con su pozo de mierda, lo mesmo», me habría dicho Basurde, difunto. Parientes que de pronto dejan de serlo, que nunca lo fueron en realidad, cuadrilleros de la peor de las rondas de noche. Puertas cerradas. No llames, para qué. Te daban rejón aprovechando que dormías, dice mi loquico, me lo chamulla a la oreja, como el demonio que me invita a dejar misa y rosario y a seguir bebiendo – Viva La Cepa, Viva el Marrano, Viva el 84, sí, ese el de los granujas, y el Marceliano… no existen–, inquisidores de bobería, rateros de la palabra, tramposos que bailan aurreskus sobre las tumbas de los que sin duda habrían apiolado, memorias borradas como pizarras de escuela abandonada, cementerio abarrotado, árboles genealógicos agusanados, lo dijo Juan Konitzer, grande, en La Paz, una noche de poetas vaso en mano y viejos (viejas) guerrilleros, manos que quedan en el aire, garrotas debajo de la almohada, Viva Cristo Rey o Gora ta gore porque lo es y mucho, da igual, exactamente igual, aquí cuenta el compadreo, no la ideología, el pañuelico y los potes, el tendido y el sillón, la ventaja y el nosotros de sociedad gastronómica, la perra que os tiró, os habría dicho Zitarrosa, miopía la mía, falta de elemental precaución… ¿Que más? Mucho más. La edad del recuento no es agradable, pero los inventarios, por muy dementes que sean, alivian, vaya que si alivian, y si no, que se lo pregunten al loquico que vuelve con su momia a cuestas… en escena entra, ocultémonos que aquí viene.

Sólo yo voy sin rumbo en la calle
piso la ciudad, la insulto y la escupo
pero ese saber que nadie te espera
hace enemiga la calle desierta.

No, no soy yo quien lo dice, ni siquiera el loquico de Perorata del insensato, sino cualquiera que viva la propia ciudad como un cepo del que no ha sabido o podido (o querido) escapar, y sabe que se le ha hecho tarde para irse y también para ser ligeramente dichoso en ella. No hay poema que valga para ese trance (y mejor no hablemos de los lapos).